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SobreLandfall(2020, Cecilia Aldarondo)
Por Ashley Pérez García/ Especial para En Rojo

Por su naturaleza, el cine a menudo medita sobre el recuerdo. El cine documental lo lleva en la palabra misma. Mi madre siempre me ha dicho que los puertorriqueños tienen memoria corta, pero los desastres no se olvidan fácilmente. Mientras escribo cae el agua de Isaías, y los vientos me obligaron a aprender que algunas de las ventanas de este nuevo apartamento no cierran por completo. La temporada de huracanes apenas comienza, pero llevamos meses con cajas y galones llenos de agua por el racionamiento. Las baterías están cargadas. Se compran pocas carnes por si se va la luz, pero no muy pocas porque ante la pandemia, no podemos ir tanto al supermercado. Reconozco que todo esto antes mencionado es un privilegio.

Hablamos del antes y el después de María. En otros países ese hito es la revolución. Sigo esperando que María sea el impulso de un último y renovado proceso libertador.Landfall, de Cecilia Aldarondo en colaboración con Lale Namerrow, parece compartir esta esperanza.

Comienza con Cecilia y Lale en la playa, sentades entre el mar y los condominios, estos como cajas de zapatos enterradas en la arena. Lale le muestra a Cecilia imágenes del verano del 2019. El teléfono les ilumina las caras, y es tan lindo cuando las imágenes en el cine son familiares.  A menudo me siento a recordar ese verano, a mirar mis fotos de la Calle de la Resistencia por la noche. Su conversación presenta lo que buscan plasmar, lo que ya sabemos: la rabia colectiva que estalló en el saqueo de un títere.

Landfallse describe como un retrato, y me gusta la palabra, porque ciertamente no es una explicación. Es para puertorriqueños, porque es entre familiares, amigos, mínimo conocidos, que nos sentamos a ver fotos, pegaditos para ver la pantalla del celular. Es para puertorriqueños, porque no nos hace falta ver las imágenes de María otra vez. El mar implacable bate contra piedras mientras Lale recuenta su experiencia del huracán. Habla en presente porque vivimos el desastre todavía.

El documental se mueve alrededor del archipiélago de Puerto Rico como testigo, sin intervención. Va de punto a contrapunto, la dialéctica innata en su lógica poética. Vendepatrias se reúnen en casas que un gringo comenta no parecen puertorriqueñas, pues así les gustan a los ricos. De estos hombres, pasamos a dos niñas y una mujer en el campo de Orocovis. Sumergen las manos en la tierra y aprenden lo que es la lombriz puertorriqueña – la más larga. Lombrices o gusanos en Dorado y en Condado, manos que laboran, boricuas que se defienden. El país y su simulacro, fragmentado en los televisores de un vestíbulo de lujo. La luz artificial de casas inhabitadas, y la nube que tapa el sol entre las ramas del campo. Los focos de un carro pasajero iluminan un barrio sin electricidad. Las cajas de botellas, los carros como ataúdes. Una escuela es rescatada por la comunidad, y cripto-colonizadores nos suplican que tomemos poder sobre nuestras vidas. Estructuras en decadencia guindan sobre el monte y el mar, su caída inminente; el imperio sobre la nación. Una persona viequense agarra arena negra y nos la muestra. “Es gratis.”

Landfallrecalca la importancia de nuestra historia colectiva, sobre todo la reciente, porque a veces pasan décadas en una semana, y recientemente han pasado siglos. No nos invita a revivir el trauma, sino a no olvidar lo que nos han hecho, a recordar la grandeza de lo que somos capaces como pueblo. Trenza el dolor con la esperanza, como lo hará el choque hacia el glorioso cambio. Habrán pintado sobre los reclamos de las paredes de la Calle Resistencia, pero estos ya han sido documentados. El viento amenaza los velos de las monjas en la playa. Cerca del final, bailan.

 

 

 

 

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