Marisa Rosado: Impresiones de un lector

Por Mario R. Cancel Sepúlveda/Especial para En Rojo

¿Por qué recordar a Marisa Rosado? ¿Qué nos dejó a aquellos que nos acercamos, en mi caso desde fines de la década del 1970, a su obra? Mi relación con Marisa no llamará la atención de muchos. No la conocí personalmente. Aunque durante mi carrera profesional, soy profesor e historiador, coincidí con ella en diversas ocasiones, nunca me aventuré a acercarme. No acostumbraba, tampoco lo hago hoy, abordar a figuras como aquella que siempre tenían gente a su alrededor. He vivido convencido de que al interrumpirlos sólo hubiera conseguido robarles tiempo y que aproximarme para pedirles un rato de conversación hubiera sido una petulancia. Además nunca he formado parte del circuito intelectual de la capital y, dado que vivo en el “lejano oeste” en un país en donde nada es lejano, acabé por acostumbrarme a pasar inadvertido. En ocasiones lo he lamentado, hoy es uno de esos momentos. Por eso mi reflexión sobre Marisa tiene la textura de un monólogo íntimo.

Una breve historia personal

Mi relación con Marisa se desarrolló como lector desde 1977 o 1978. Yo era un joven universitario lleno de preocupaciones políticas e historiográficas que ojeaba la “Iconografía de Pedro Albizu Campos”, una biografía gráfica del dirigente nacionalista, y una “Colección de obras” producto de un grupo de artistas puertorriqueños que giraba alrededor de aquella figura que apenas conocía. Imagen de Pedro Albizu Campos, volumen en el cual se encontraban, mostraba un balance cuyo sentido determiné más tarde. De una parte, el texto introductorio de Ricardo Alegría legitimaba la celebración de Albizu Campos por cuenta de uno de los artefactos de Operación Serenidad, el Instituto de Cultura Puertorriqueña. De la otra, una nota biográfica de Benjamín Torres y la antología de poesía organizada por José Manuel Torres Santiago con una muestra de poemas del 1930, el 1950 y el 1960 con la cual se cerraba el volumen, aseguraban un equilibrio precario entre el nacionalismo cultural oficial y el atemorizante nacionalismo político alternativo. Aquella publicación de 1973 que revisé en 1977 no me permitía ver a Marisa. Su mano estaba detrás de la selección de imágenes que llamaban mi atención tanto o más que los poemas. En ese sentido me enseñó el rostro de Albizu Campos, la huella de sus gestos y la forma que la plástica lo figuró para sacarlo de la reclusión a la cual había sido condenado tras su muerte en 1965. Mi deuda con Marisa, si alguna, comienza allí. 

No volví sobre sus textos sino mucho tiempo después. Durante la primera década de este siglo 21 mi intereses historiográficos cambiaron. Si antes me había llamado poderosamente la atención la segunda mitad del siglo 19 y sus expresiones de resistencia, desde aquel momento comenzó a seducirme la primera parte del siglo 20 y las suyas. Claro que entrambas había un eslabón ineludible: el 1898. Al cabo de los años he llegado a reconocer que la reflexión de Marisa estuvo presente de un modo u otro en los dos momentos. Durante la década de 1990, junto a Aline Frambes-Buxeda y Sylvia E. Arocho Velázquez, ella había sido una de las compiladoras de El Grito de Lares. Antología histórica-literaria publicado por Libros Homines en 1999. La palabra de Marisa hacía acto de presencia en una breve “Cronología del Grito de Lares” que servía de embocadura a una serie de documentos históricos e historiográficos en torno al tema. Una muestra fotográfica y de obras de arte complementaba la figuración de la historia propuesta por las compiladoras.

En principio la fórmula de esta publicación en torno a Lares de 1999 no difería de la de 1973 sobre Albizu Campos: el texto histórico, la imagen informativa y la creativa, y la creación literaria volvían a reunirse por lo que la exposición de la cual emanaban y el libro al que conducían poseían fuertes vasos comunicantes. La idea de que la memoria del pasado debía materializarse más allá de la palabra parece haber sido una de las claves de la concepción de Marisa sobre su relación con el trabajo historiográfico. Cuando en el 2005 las mismas compiladoras difundieron “Arte y carteles puertorriqueños sobre el Grito de Lares” ya no me quedaba duda al respecto. 

El otro elemento que no podía pasar por alto era que su mirada del procerato insistía en el principio de que había una continuidad irrefutable entre pasado/presente, afirmación que se expresaba a lo largo del tiempo: Lares y Jayuya, Betances Alacán y Albizu Campos, los entornos de las resistencias del siglo 19 y el siglo 20, se interceptaban constantemente en los juegos de imágenes y textos que conformaban aquellas colecciones como si la causa común que aquellos habían representado y defendido hubiese demolido toda temporalidad. Esa concepción de la imbricación de la palabra y la imagen la acompañó siempre. Las exposiciones “Albizu vigente” de 2012 y “Albizu, palabra viva” de 2013, aparte de insistir en transformarlo en un motivo estético legítimo, buscaban confirmar la continuidad asumida llamando la atención sobre la actualidad y la pertinencia que el discurso oficial y las vanguardias intelectuales habían escatimado al icono nacionalista.

La compiladora y activista político-cultural que fue Marisa penetró también por medio de los recursos de la biografía la vida de Albizu Campos, una personalidad compleja que nunca se ajustó o acopló al Puerto Rico de la era de la gran depresión, de la modernización material dependiente, de la guerra fría. Aquel pasado contencioso con el orden dominante  tampoco facilitó la adecuación de su memoria en el Puerto Rico de la post guerra fría. Mi concepción de Albizu Campos en la historia y en la memoria de los puertorriqueños había desembocado en la imagen del “desencaje”: Albizu Campos era una dislocación por su vida de activismo anticolonial y un esguince seductor a la hora de la interpretación por la volatilidad política que generaba en unos y otros su recuerdo.

Cuando en la década de 2010 dicté una serie de seminarios sobre Albizu Campos, el nacionalismo, la política y la modernización en Puerto Rico regresé a los textos de Marisa. El nacionalismo y la violencia en la década de 1930 (2007) y la versión revisada de Pedro Albizu Campos. Las llamas de la aurora (2008), cuya primera edición era del 1992, estuvieron otra vez sobre mi mesa de trabajo. Aquellos libros poseían el tipo de narrativa puntillosa y meticulosa que la historiografía historia social y económica de la década del 1970 había dejado atrás y que los debates de la 1990 motejaban como metaficciones. La labor de Marisa poseía otro valor: no descartó la mirada incisiva a la intimidad y la vida privada de Albizu Campos, elementos que siempre me han parecido de cardinal importancia para la construcción de una imagen más ajustada de personalidades como la del nacionalista de Ponce tan propensas a la mitificación evangélica o al rechazo radical. En ese sentido, mi otra deuda con Marisa tiene que ver con la apropiación narrativa de las complejidades de Albizu Campos más allá de la vida pública, más polisémico y lleno de humanidad que el que había sacado de la fuentes documentales del estado y del nacionalismo mismo.

Una valoración final 

La virtudes de la obra de Marisa, son desde mi punto de vista, varias. La pasión por los “desencajes” -Lares, Albizu Campos, el nacionalismo político- que marcó su vida no es poca cosa. “Pensar” aquellos asuntos siempre ha sido y seguirá siendo un reto en este país. Ello me parece cierto lo mismo dentro que fuera del llamado ambiente intelectual. El cuidado bibliográfico y la insistencia de la autora en integrar la palabra y la imagen en el hacer interpretativo, me dice que ella era una maestra de vocación. Detrás de sus proyectos descubro la voluntad por transformar los signos de rebelión que llamaron su atención en parte integrante de la “cultura nuestra de cada día”. Si lo logró o no es en verdad irrelevante. Ningún signo del pasado puertorriqueño, ni siquiera los más cultivados por el orden, han conseguido ese rango y dudo que en algún momento lo adquieran. En Puerto Rico el “prohibido olvidar” y el “prohibido recordar” conviven en constante tensión. A la amiga de las palabras con quien dialogué en la lectura mi agradecimiento por su vida y por todas estas cosas. Esos ratos son mi tercera deuda con ella y esa sí es una deuda impagable.