Maternidad submarina

Por Rima Brusi/ Especial para En Rojo

En algunas familias es una especie de Navidad. La madre, la abuela, la tía, la vecina, todas las madres reciben regalos, en algunos casos todas las mujeres de la casa, las sin hijos también, por aquello de que tienen útero, supongo. O suponen otros, porque nuestro útero no está ahí, a la vista de todos, para fortuna nuestra y para desgracia de los santurrones que están interesadísimos en él, pero igual la gente sabe o piensa que está ahí y suele emitir opiniones sobre él o darnos regalos a cuenta suya.

Una señora amiga le regala a todas sus hijas porque, sentencia, “algún día me darán nietos.” No sé si pensar en ese regalo como un talismán, una ofrenda, o el down payment de una especie de lay away, una hipoteca sobre el útero ajeno. 

Recuerdo que a mi abuela le regalaban aparatos electrónicos. No, no me refiero a tabletas o teléfonos “inteligentes”, sino a cosas como un horno/tostadora, una olla de cocción lenta con florecitas rojas, o una lavadora. El año de la lavadora estuvo marcado por mucho bombo y regocijo. Todos celebrábamos el artefacto ruidosamente, todos excepto por mi abuela, que lucía una sonrisa más bien boba y  que en algún momento le susurró a mi madrina que le hubiera gustado más “algo así como un perfumito”. 

Creo que se arrepintió más adelante de decir eso, porque a partir de entonces, se nos llenaba la casa de jabones, colonias, perfumes, cremas y kits con alguna combinación de las anteriores, y el día de las madres olía así como huelen, con tanta marca y tanta mezcla, los pasillos de las secciones de perfumería en las tiendas por departamentos: a insecticida.  

En los asilos de ancianos y en los muros de Facebook, el día de las madres es una especie de jardín. Abundan los ramilletes de flores reales y virtuales, acompañados por citas a veces buenas, a veces cursis, a veces apócrifas. Abundan también las flores en los estampados de las batitas que le encasquetamos a las bisabuelas para la ocasión (y para las fotos), y en los trajecitos que le encasquetamos a las niñas para visitar a las bisabuelas (y tomarse fotos). 

Por cierto: recuerdo las visitas a una de mis bisabuelas, Abuelitita. Nos recibía con un grueso y fragante tabaco entre los labios y una caneca de ron sobre la mesa. Si estaba de mal humor, nos enviaba a todas a “las ventas del carajo”.  Si estaba de buen humor, también, pero con una sonrisa. Ignoraba la mitad de los regalos, criticaba duramente la otra mitad y luego, si teníamos suerte, nos leía la baraja. Recuerdo que me anunció que me casaría con la sota (el diez) de copas, y que a mí no me hizo mucha gracia la noticia, porque el hombre (a diferencia de su colega, el once de copas) no tenía caballo.

A mí esas visitas me parecían bastante divertidas. Pero a mi abuela la dejaban muy triste. El gran Segismundo Freud dijo muchos disparates pero dijo también algunas cosas muy sabias, y una de ellas fue que el amor de una madre es una suerte de armadura para la vida. Mi abuela tuvo que navegar el mundo sin esa armadura. Fue un cangrejito ermitaño caminando el inmenso, hermoso y peligroso fondo marino, esnuíto y sin caracol. 

No me pienses cínica, lector. Al menos no demasiado. Tengo hijos. Celebramos el día de las madres con tres cosas que me gustan mucho: flores, bebida y comida. Hay abrazos y risas. También, inevitablemente, pienso con amor y compasión en el cangrejito esnú que fue mi abuela. Y, al menos últimamente, pienso un poco en el cangrejito esnú que soy yo misma, y en cómo mi compañero, mis hijos y mis amigas me regalan caracoles todo el tiempo y acompañan mi caminar en el inmenso, hermoso y peligroso fondo del mar.

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