Miel que me das: “El sello” – Teognis

El sello

 

Cirno, déjame que selle con mi estilo estas palabras, 

nadie podrá robarlas sin ser visto,

abaratando algo bueno por algo mucho peor.

Y cada quien dirá: “Este poema 

es el de Teognis

de Mégara, muy famoso entre todos los humanos.”

¡Bah!, no estoy de moda aún ni en los pueblos–

lo cual no es de sorprenderse, Polipaides, pues ni Zeus

place a todos, si se llueve o no.

 

Líneas 19-26 del “poema” de Teognis en traducción de Cristina Pérez Díaz

Dibujo original en tinta sobre papel de Emanuel Torres

 

Nota

Los versos atribuidos al poeta Teognis de Mégara conforman un cuerpo problemático. Hay quienes alegan que se trata de un mismo cuerpo coherente de poesía elegiaca, hay quienes se inclinan por la posibilidad de que lo que se nos ha transmitido es una colección dispar de partes de poemas pertenecientes a diversos autores que, por razones que la historia ha oscurecido por completo, vinieron a caer bajo el nombre de este único autor. La poesía de Teognis parece a todas luces pertenecer al período arcaico, es decir después de Homero pero antes de que la cultura ateniense prevaleciera sobre el resto del mundo helénico. Se le suele ubicar en el siglo sexto, sin embargo, unos versos en el corpus hablan de la amenaza persa, dando la impresión de que no pudieron haber sido escritos antes de las primeras cinco décadas del siglo quinto, cuando tuvieron lugar las guerras contra los medos, evidenciando así que hay más de un autor envuelto.

Sea como sea, la dificultad en atribuir autoría, tiempo y lugar a este cuerpo poético es graciosa, porque entre los fragmentos transmitidos se encuentra precisamente el que aquí presento, el llamado “Sello de Teognis” (sphragís), que se trata, presuntamente, de la primera manifestación de un cierto gesto autorial: el llamado “sphragís” (sello),  en donde el poeta “firma” el poema “sellándolo” al poner su propio nombre en la composición. Así que Teognis es a la vez el poeta que nombra por primera vez la firma y el poeta a quien no podemos atribuir la autoría de su cuerpo poético, más allá del fragmento firmado. 

Pero qué, precisamente, constituye ese “sello” que marca la poesía de Teognis como propiamente de él, inmune a plagios y transformaciones impropias, continúa también siendo objeto de debate entre quienes estudian esta obra. Mi traducción sugiere que es el “estilo” lo que constituye el “sello”: “déjame que selle con mi estilo estas palabras”. Aunque habría que tomarlo con pinzas, pues en cuestiones de poesía no conviene ser angostos de mente o tener, como dice la canción “estrechez de corazón”. “Estilo es el lugar en donde poso mi alma”, dijo el poeta peruano José Watanabe, y quizás el “sello” de Teognis sea el estilo, si se trata también de ese lugar atópico, y, sobre todo, del acto mismo de sellar, que Watanabe nombra con un verbo más sutil y más abierto: “poso”. 

Este cuerpo poético de Teognis, transmitido de manera inconexa, tiene en común, entre otras cosas, el metro en que está escrito: el elegiaco (una línea en hexámetro dactílico seguida por otra línea en pentámetro dactílico). La poesía escrita en verso elegiaco se remonta siempre a su uso original, el epigrama—poemas ocasionales breves, escritos sobre piedra u otro material duradero, ya para celebrar la memoria de una persona o de un evento, ya como ofrenda a los dioses, ya como anuncio de algo importante que debe estar a la vista de todxs (ver mi nota a la traducción del epigrama de Ánite de Tegea “Escrito sobre una piedra” (AP 16. 228)). Muchos epigramas funerarios y votivos incluyen también un nombre propio: no el del grabador, sino el de quien yace enterrado u ofrece la ofrenda. Así que la elección del metro elegiaco en Teognis acarrea ya una carga de sentido: por un lado, alude a una inscripción permanente–es difícil cambiar un verso una vez que ha sido tallado en piedra, y la piedra, pesada, es también poco susceptible a la movilidad; por el otro, la atribución del texto a un nombre propio es un gesto de fijar y autorizar.

La práctica de insertar el nombre propio del “autor” tiene su antecedente en Hesíodo, quien en el proemio de la Teogonía se refiere a sí mismo al decir que las musas heliconias “le enseñaron a Hesíodo una vez su cantar bello, mientras pastoreaba sus ovejas en el monte sagrado de Helicón” (Teogonía 22-23). La diferencia con Hesíodo está en que Teognis no sólo menciona su propio nombre, sino que además nombra el gesto mismo de hacerlo, al decir que pone un  “sello” (sphragís) sobre sus palabras. Más aún, como muestran las línea que le sigues a la mención del sello (“nadie podrá robarlas sin ser visto,/abaratando algo bueno por algo mucho peor”), ese gesto consciente tiene la intención explícita de impedir el plagio y la corrupción de la autenticidad de sus versos. Así que Teognis muestra una fijación por la estabilidad de su texto que no estaba presente en Hesíodo ni en ningún otro poeta pre clásico de quien tengamos noticia.

Que la solución de Teognis ante el problema de la diseminación es imperfecto lo prueba el hecho de que no podamos atribuirle con certeza todos esos otros fragmentos en donde no aparece su nombre. Sin embargo, como sugiere Louise Pratt, quizás se trata del optimismo de un poeta que veía con ojos nuevos, a la vez esperanzados y temerosos, la escritura sobre papel, que, contrario a los modos literarios anteriores (la piedra y la oralidad), permitía la circulación amplia de un texto prometiendo a un tiempo también su fijación en una versión oficial. 

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