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Miel que me das: “Epitafio a Heráclito” – Calímaco

Epitafio a Heráclito

 

Me dijeron, Heráclito, de tu muerte

y lloré, recordé cuántos soles

se hundieron con nosotros, hablando

tirados en la cama, y tú, parece,

mi huésped de Halicarnaso,

hace tiempo eres sólo polvo de las cenizas.

Pero tus ruiseñores te guardan;

Hades, que todo lo roba, no podrá echarles mano. 

 

Anth. Pal. VII 80, en traducción de Cristina Pérez Díaz

Dibujo en tinta sobre papel de Emanuel Torres

Nota de la traductora

En esta nota, quiero proponer, para mayor goce, una lectura comparada. Propongo leer el epitafio de Calímaco junto a dos epitafios del siglo XX, uno de Constantino Cavafy y otro de Manuel Ramos Otero, que cito a continuación:

 

Tomb of Evrion

(Cavafy, en traducción de Edmund Keeley y Philip Sherrard)

In this tomb—ornately designed, 

the whole of syenite stone,

covered by so many violets, so many lilies—

lies handsome Evrion,

an Alexandrian, twenty-five years old.

On his father’s side, he was of old Macedonian stock,

on his mother’s side, descended from a line of magistrates.

He studied philosophy with Aristokleitos,

rhetoric with Paros, and at Thebes

the sacred scriptures. He wrote a history

of the province of Arsinoites. That at least will survive.

but we’ve lost what was really precious: his form—

like a vision of Apollo. 

 

Lorca

(Ramos Otero, cito aquí sólo parte del poema del Libro de la muerte)

Ahora mismo estoy vestido de novia

y enfrento las lunas del ropero

mi tierna soledad no es tu homenaje

el hombre que achicharra mi boca

enchumba con fango mis encajes

y navega conmigo en las cunetas.

No nos mueven el cielo ni el infierno

sino el olor sudoroso de este mundo.

Hemos parido flores en la nada

y la ilusión nos nace del veneno.

Ahora que tu vida es un museo

de páginas de polvo y miedo yermo,

soy Maricón del Mundo

y asesino palomas para invadir al viento

que se cree muralla cuando paso.

Sé que por ser esclavo soy señor

y nosotros del destino somos nuestros,

que los vientos alisios precipitan

el machete fatal de mi abanico.

¡Qué bueno que estás muerto Federico!

Que no serás el siniestro invitado

de nuestra bacanal guerrera.

Tu reino de la espiga

sucumbe a la zafra del bicho y de la espada.

 

Hay, de Calímaco a Manuel, un hilo insospechado. 

En la Alejandría del siglo III a.C., Calímaco escribe un epitafio a Heráclito de Alicarnaso, que también era poeta. Recurre al tropo de la poesía y del acto de escribir sobre piedra (epitafio) como garantes de inmortalidad: “tus ruiseñores”, dice Calímaco, “te guardan”, y con ello apunta a la inmortalidad de los poemas del amado Heráclito, jugando con la palabra griega para ruiseñor, ἀηδόνες, que comparte etimología con el verbo “cantar” (ἀείδω). Menos obvio es el homoerotismo velado en el uso de la palabra λέσχη, que significa tanto “cama” como conversación”, y por eso la traduzco como “hablando tirados en la cama” (muchos traductores optan por oscurecer la presencia de la cama y transmiten sólo el sentido de “plática”). Heráclito es además, un “amigo”,  un “huésped” y un “extranjero” (la palabra en griego reúne las tres connotaciones) en la Alejandría en la que se situaría el epitafio. Así que el breve poema moviliza y reúne varios tópicos: la muerte, el homoerotismo, la escritura poética como inmortalidad, y la extranjería del amante/poeta. 

Cafavy, en la Alejandría de principios del siglo veinte (el poema que comparto aquí es de 1914), retoma el género de la poesía fúnebre de los epitafios y moviliza los mismo tropos. Evrion es “un Alejandrino”, y este gentilicio—que atribuido al poeta Calímaco y a sus colegas en la gran biblioteca aludiría a una poesía híper erudita, refinada, consciente de sí misma y de estar en la cúspide de una “tradición” (sistematizada como tal por los mismos poetas y bibliotecarios alejandrinos como Calímaco)—en Cavafy es código para señalar, además, a un homosexual en su construcción mítica de Alejandría como la ciudad sensual homoerótica. Pero Cavafy expresa una preocupación por la sensualidad física irremediablemente perdida con la muerte del amado, algo que en Calímaco apenas se vislumbra en la mención nostálgica de la cama en que yacieron y hablaron los amantes/poetas. Contrario a Calímaco, Cavafy es dolorosamente consciente de que la permanencia de la obra escrita nunca compensará del todo esa pérdida del cuerpo: “He wrote a history/of the province of Arsinoites. That at least will survive./ But we’ve lost what was really precious: his form—/like a vision of Apollo.” Finalmente, el amado Evrion era, como el Heráclito de Calímaco, también de sangre extranjera (“of old Macedonian stock”). Así que los tópicos se repiten: se trata de una escritura de poesía homoerótica y a la vez fúnebre que inmortaliza al cuerpo extranjero en la ciudad a la vez que inscribe su irremediable pérdida.

Ramos Otero, por su parte, desde el “exilio” en Nueva York—esa otra Alejandría, pero de las cunetas—en los primeros años de la década del 80, vuelve a los epitafios como género homoerótico. En una sección de El libro de la muerte (1985), en donde aparece el epitafio para Lorca que cito arriba, escribe epitafios para poetas homosexuales (en lo que podría comprenderse como una genealogía necrofílica—¿o Edípica?—que traza el linaje poético desde un género fúnebre). Si bien la relación entre Cavafy y los poetas alejandrinos del período helenístico como Calímaco es bien conocida, en particular en su uso del epitafio, no estamos acostumbradas a pensar en Calímaco al leer a Ramos Otero. Y la verdad es que no sé si Ramos Otero leyó a Calímaco, pero la relación con Cavafy es innegable, pues entre los poetas a quienes escribe un epitafio está este alejandrino del siglo XX (el poema es una reescritura del famoso “Ítaca”). Cito aquí, sin embargo, el epitafio a Lorca y no el escrito para Cavafy (Kavafis, escribe Ramos Otero), porque este último se preocupa más por el tema del exilio, mientras que el de Lorca es ferozmente sobre la homosexualidad. Es, podría decirse, un epitafio al clóset, como sugieren sin sutileza las últimas líneas del poema: “¡Qué bueno que estás muerto Federico!/ Que no serás el siniestro invitado/ de nuestra bacanal guerrera./ Tu reino de la espiga/ sucumbe a la zafra del bicho y de la espada.” Aquí el “bicho” no está en el clóset sino en lo abierto, como en toda la escritura de Ramos Otero, sin escondite ni decoro. A la permanencia museística de la poesía que salva a Lorca de la muerte (lo mismo podría decirse de Cavafy), el puertorriqueño opone la universalización de la mariconería: “Ahora que tu vida es un museo/ de páginas de polvo y miedo yermo,/ soy Maricón del Mundo”. Ramos Otero entonces se inserta en ese linaje extraño y difuso de poetas homosexuales que recurren al epitafio para inscribir su sexualidad en las paredes de la ciudad, siempre extranjera. 

El trabajo imbricado dentro del género del epitafio con los temas del erotismo homosexual masculino y de la poesía como permanencia frente a la finitud del poeta une a estos tres escritores y, en particular, a Ramos Otero con Calímaco, vía Cafavy. La Alejandría del siglo III a.C, la del siglo XX y el Nueva York de los 80 forman un mapa insólito, suspendido en las inscripciones sobre las piedras imaginarias de una ciudad de las letras sensuales y mariconas.

 

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