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Miel que me das: “Yo digo que son los pasos” – Safo

Yo digo que son los pasos

 

Hay quien dice que un ejército de caballos, hay quien dice

que de hombres de a pie, o de naves, sobre la negra tierra

es lo más bello que hay. Pero yo digo

que es aquello que se ama. 

 

Lo cual es facilísimo ilustrar:

pues la mujer más bella, Helena, al ser flanqueada 

por un hombre bellísimo dejó 

al mejor de los hombres

 

y se montó en el barco con dirección a Troya

sin recordar ni a su hija ni a sus padres, 

para nada, sino que [        ]

la desvió.

 

[     ] pues [       ]

ligeramente [       ] 

ahora recuerdo a Anaktoria,

la que no está.

 

Cómo preferiría ver sus pasos

sensuales, la luz jugando en su rostro

y no al ejército Lidio y las armas

de los soldados de a pie.

 

[       ] pero es imposible. 

 

Frag. 16 de Safo en traducción del griego de Cristina Pérez Díaz

Dibujo original en tinta sobre papel de Emanuel Torres

 

Nota de la traductora

El amor puede pensarse como un problema de ritmo, depende de la armonía de los pulsos. Como dice una canción de Ile: “yo no sé si tu rumba vaya con mi mambo”; o la de Cafetacuba: “el amor es bailar”. En un coro del Hipólito de Eurípides (ver mi traducción en la columna del 30 de marzo de 2021), el coro le ruega a Eros que nunca se le aparezca “arrítmico”. El adjetivo que Eurípides utiliza (ἄρρυθμος) tiene connotaciones tanto musicales como estéticas, éticas y políticas, pues la palabra “ritmo” en griego antiguo significa, además de sonido o movimiento que sigue una medida, también “proporción”, “simetría”, “mesura”, “orden”. Según Esquilo, carecer de ritmo al hablar equivale a ser ininteligible (ver mi nota al fragmento 317 de Íbico, publicado en esa columna el 12 de abril de 2021). Anacreonte escribe en uno de sus poemas que odia a quienes tienen un “ritmo telúrico y difícil” (ver mi traducción del fragmento 71 publicada en esta columna el 13 de julio de 2021), refiriéndose, al parecer, a una disposición pesada en el carácter que se manifiesta en la falta de levedad en el habla y los pasos, esto es, en una disposición no conducente al erotismo, que en la poesía griega siempre se expresa con palabras indicativas de suavidad y ligereza. 

En este fragmento, Safo se acerca al problema del deseo desde una dirección similar, enfocándose en el movimiento de los pies de los amantes. Los pies y su movimiento marcado por el ritmo juegan un papel esencial en la guerra (los soldados de a pie o la infantería se mueven hacia adelante marcando un mismo ritmo con sus pasos), en la danza y en el erotismo. Jugando con esto, Safo abre el poema con la mención de la infantería, cuya denominación en griego (πεζοί) contiene la raíz de la palabra pie (πούς), como un complemento de otro tipo de pasos que vendrán más adelante: los pasos de Helena y los de Anaktoria. 

Los pasos de Helena aparecen el poema implícitos en los verbos “montar”, “dejar atrás” y “desviar”. Enamorada de Paris, se “montó” en el barco que la llevaría a Troya. Al describir a Helena como la mujer más bella, esposa del mejor de los hombres, enamorándose de un hombre bellísimo, el poema parece sugerir una cierta desmesura. Esta se manifiesta también en sus pasos, pues al montar el barco, Helena “deja atrás” a su hija y a sus padres y se olvida de ellos, lo cual en el contexto en que este poema fue escrito es un gesto de ruptura, pues las obligaciones sociales de la mujer eran principalmente procrear hijos y enterrar a sus familiares. Safo deja claro que a Helena, al montar el barco, algo o alguien la “desvió”. El sujeto del verbo se ha perdido, el corchete indica que faltan palabras que no son legibles o que hubo quiebres en el papiro precisamente ahí. Pero la poesía griega es siempre una mezcla de convencionalismos tomados de los mitos e innovaciones introducidas por quien escribe. Así que en algunos casos no es difícil especular: a Helena la desvió ya sea Paris, Eros, o Afrodita, o algo por el estilo. En cualquier caso, sabemos que se trata de alguna fuerza erótica. El movimiento de los pies de Helena, impulsados por el amor, es, depende desde donde se mire, uno de alejamiento o uno de aproximación: ella se aleja de su esposo (“el mejor de los hombres”, i.e. Menelao), pero se acerca a “un hombre bellísimo” (Paris). 

Paris, a su vez, también mueve sus pies hacia Helena en el verbo “flanquear”, como si se tratara de dos ejércitos que se acercan. Y, en efecto, de dos ejércitos se tratará la cosa una vez que el rapto de Helena por Paris dé lugar a la guerra de los Aqueos contra Troya (aunque esto no se cuenta en el poema, sino que se presume que quien escucha ha escuchado también la Iliada). Así que en los movimientos de los pies de Helena y Paris están imbricados tanto la danza erótica del acercamiento como la marcha bélica de los ejércitos que les seguirán. La desmesura de los pasos descarriados de Helena tendrá consecuencias también desmesuradas: el saqueo de Troya y la quema de la ciudad. 

Pero Helena y la guerra de Troya son un complemento para el objeto central del poema: Anaktoria. Tan pronto Safo recuerda a Anaktoria, se introduce nuevamente el tema del erotismo con el uso del adverbio “ligeramente”, aunque las lagunas en el texto transmitido no nos permiten saber a qué exactamente se refiere con él. De nuevo, las convenciones poéticas nos permiten suponer que el verbo que modifica ese adverbio podría con mucha probabilidad tener algo que ver con el baile. Pero Anaktoria, como Helena, se ha ido. En lugar de sus pasos sensuales (¿pasos de baile?), a la amante abandonada sólo le queda, como a Menelao, la visión de la guerra. 

 

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