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Mirada al País: Contradicciones

Especial para CLARIDAD

 

¿Cuántas veces se siente, a la misma vez, deseos de irse y quedarse, de hablar y callar, de reír y llorar? Se trata, dicen, de “sentimientos encontrados”. Se vive con profundas contradicciones subjetivas y entre procesos sociales objetivamente conflictivos. Lo peor que se puede hacer es ignorar o negar tales conjuntos de factores opuestos. Es de su comprensión que se gestan vías coherentes de acción. De lo contrario prima, a nivel individual, una disociación esquizofrénica e impera, en la instancia social, la incapacidad para reconocer conflictos de interés y definir políticas orientadas por el bien común.

El reconocimiento de las contradicciones tiene un abultado expediente en la historia del pensamiento económico. Dice Marx refiriéndose a la economía clásica: “Es su último gran representante, Ricardo, quien por fin toma conscientemente como eje de sus investigaciones la contradicción de los intereses de clase, la contradicción entre el salario y la ganancia y entre la ganancia y la renta del suelo…” De igual manera Engels, para demostrar que de envolturas fantásticas pueden nacer ideas geniales, cita al socialista utópico Fourier – “…la pobreza brota de la misma abundancia” – y así le acredita un manejo magistral de la dialéctica. Le corresponderá a ambos, Marx y Engels, dedicar gran parte de su esfuerzo intelectual a desentrañar las contradicciones fundamentales del capitalismo: la coexistencia de la producción social con la apropiación individual capitalista y de la organización dentro de la empresa con la anarquía mercantil fuera de la misma. De éstas nacen los vaivenes económicos, las necesidades insatisfechas, el desempleo, la desigualdad, la pobreza, la inestabilidad de precios…

Muchas contradicciones se expresan en la esfera del consumo. Tal vez, aunque muy escuchadas, no se conozca el origen de expresiones como “consumo conspicuo”, “emulación pecuniaria” y “derroche ostensible”. Las acuñó Thorstein Veblen, economista y crítico social estadounidense, durante el tránsito del siglo 19 al 20. Para Veblen los ricos eran meras criaturas antropológicas cuya conducta exhibía ostentación derrochadora y excesos ridículos de toda índole. Estos patrones de conducta suelen emularse a través de toda la estructura social. Ahora se denomina “consumismo”. Lo peor es que se cultiva la valoración exagerada del producto junto al desprecio al trabajador que lo hace posible.

Las contradicciones se manifiestan en múltiples formas a lo largo del espacio y el tiempo. Estados Unidos, por ejemplo, se destaca por sus altos indicadores de desigualdad en la distribución de riqueza e ingresos, los más elevados de todos los países clasificados como desarrollados. Como muy bien señalara el prestigioso economista Joseph Stiglitz, uno de los rasgos centrales de la economía estadounidense es la “enorme disparidad salarial entre géneros, razas y grupos étnicos”. En pocas sociedades se invoca tanto la igualdad con resultados tan desiguales.

En Puerto Rico siempre ha llamado la atención que con su programa de industrialización por invitación coincidió, en su momento de mayor crecimiento – décadas de 1950 y 1960 –, un enorme flujo emigratorio, corriente que ha continuado en los “años malos” del siglo 21. Operación Manos a la Obra sacó más manos del país de las que puso a trabajar. ¿Contradictorio? Definitivamente. Como ahora también lo es el hecho de que la Junta de Supervisión (Control) Fiscal imponga, con una mano, medidas de austeridad y, con la otra, conceda y autorice contratos leoninos solventados por fondos públicos de un gobierno en “bancarrota”. Mientras se estrangula a la Universidad de Puerto Rico se beneficia a numerosos cazadores de rentas. Cuando, ante la prolongada crisis económica y las extraordinarias dificultades provocadas por huracanes y sismos coronados por la pandemia, más inteligencia se necesita, más se desprecia.

Como tantos otros fenómenos, la pandemia ha acentuado la desigualdad aquí y fuera de aquí. Mientras se han perdido millones de puestos de trabajo las bolsas de valores han estado en continua celebración. El mercado de acciones y valores no es la economía. Su actual pujanza demuestra lo que es: una bestia calculadora cuyas prioridades no están necesariamente en correspondencia con el bien común.

Los beneficiarios del sistema se afanan por ocultar las contradicciones del sistema. Hasta diseñan “ayudas” – crónicamente necesarias ante la persistencia de la pobreza y la desigualdad –, pero no para erradicar los problemas de fondo sino para tornarlos tolerables y así evitar “exigencias peligrosas”… Son predicadores de la armonía social. Algunos creen, con un fervor increíble, en la capacidad del mercado para lograrla de manera automática, sin mayor gestión pública. Pero el camino hacia la justicia no se despeja ocultando o negando conflictos. Se despeja acusándolos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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