Mirada al País: El imperio sin máscara

Especial para CLARIDAD

Luego de finalizada la contienda electoral en EE. UU., en la que se dio por vencedor a Joseph Biden, tanto por el voto popular como en los colegios electorales(un proceso particular del sistema eleccionario estadounidense), el presidente Trump propagó el mensaje de que le habían robado las elecciones las cuales, según alegó, había ganado ampliamente. Actuando con su acostumbrada temeridad, incoó cerca de 60 pleitos en diversos tribunales de los EE. UU., buscando invalidar los resultados, recurriendo a alegaciones de fraude que no pudo sustentar con prueba alguna. Como consecuencia de ello, todos los pleitos fueron desestimados, incluyendo un recurso sometido por el fiscal general de Texas con el que pretendía invalidar los resultados de Pensilvania, Wisconsin, Georgia y Míchigan, estados claves en los que venció Biden. No obstante, Trump se mantenía públicamente desafiante, arengando a sus huestes y difundiendo su realidad alterna de que había sido víctima de un descomunal “robo”, que las elecciones habían estado amañadas y que nunca concedería la victoria a su contendiente. Ensu cuenta de Twitter calificó el proceso como: “Las elecciones más corruptas en la historia de EE. UU.”.

A pesar de que la victoria de Joe Biden a la presidencia era indisputable, restaba decidir el control del Senado de los EE. UU. El 5 de enero de 2021, se celebraría la segunda vuelta de las elecciones por dos escaños senatoriales en el estado de Georgia, que podrían conceder mayoría al Partido Demócrata. Para desgracia de Trump, los incumbentes republicanos fueron derrotados por Jon Ossoff, quien pasaría a ser el senador demócrata más joven de los EE. UU. y por el Reverendo Raphael Warnock, primer senador negro en la historia de ese país. Previamente, en un acto manifiesto de desesperación, Trump hizo una llamada telefónica que dio a conocer el periódico The Washington Post, en la que intentó presionar al secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensberger, a fin de que buscara “los votos suficientes” para revertir su derrota en las elecciones del 3 de noviembre. Raffernsberger le contestó que no había indicio alguno de fraude en la elección. Habiéndole fallado todas sus estrategias y enfrentando lo que, a todas luces, era una pronta y segura mudanza de la Casa Blanca, Trump convocó a sus seguidores a una marcha (“Save America March”) hacia el Congreso de los EE. UU., a celebrarse el 6 de enero de 2021, fecha en que el Congreso debía contabilizar y certificar los votos de los colegios electorales de cada estado. Esta votación le había dado una mayoría de 306 a Joe Biden contra 232 a Trump.

Cabe destacar, que desde que Trump se presentó como candidato a la presidencia de los EE. UU., una candidatura que muchos no tomaron en serio, este se caracterizó por su discurso incendiario, nacionalista, xenófobo, racista y elitista. Numerosos sectores de estadounidenses blancos y pobres se identificaron con el mensaje de que había que salvar a los EE. UU. de aquellos que amenazaban la existencia misma de un país concebido como eminentemente blanco, protestante y anglosajón. En sus alocuciones, Trump enardecía a los sectores supremacistas blancos a quienes protegía y alentaba en los cada vez más frecuentes incidentes de violencia racial y étnica. Proyectaba a los inmigrantes como narcotraficantes, gente que venía al país a causar problemas, a desplazar a los estadounidenses de sus trabajos y a amenazar la paz de la “gran nación americana”. Teniendo nada más y nada menos que al presidente de la nación como su indiscutible aliado, las hordas supremacistas se envalentonaron y se propusieron impedir, a toda costa, que ello ocurriera pues, contribuyendo así a hacer a América grande de nuevo (“Make America Great Again”). Los ataques racistas que, por muchas décadas, se realizaron en la oscuridad de la noche y que protagonizaban los encapuchados del Klu Klux Klan y otras organizaciones que operaban al margen de la ley, comenzaron a llevarse a cabo a plena luz del día y de cara al sol. Las muertes de negros a manos de la policía blanca eran cada vez más frecuentes y no era de extrañar que quedaran impunes. Los inmigrantes, considerados delincuentes, eran encarcelados, sus hijos arrebatados, enjaulados y expuestos a condiciones de vida deplorables. Hombres y mujeres, con décadas de residencia en los EE. UU., fueron separados de sus familias y deportados de inmediato. Otros tantos, vieron amenazada la posibilidad de permanecer en el país que consideraban su hogar. Trump convirtió la ya quimérica aspiración del “sueño americano” en una verdadera pesadilla.

El día en que se contaban los votos de los colegios electorales, cuando los puertorriqueños celebrábamos la festividad autóctona del día de los Tres Santos Reyes, los Estados Unidos enfrentaba uno de los sucesos más aterradores de su historia y que conmocionó al mundo. Trump, apoyado, entre otros, por sus hijos, su asesor, Rudy Giuliani, los senadores Ted Cruz y Josh Hawley, había incitado a sus seguidores a luchar, a ser valientes y a impedir que les arrebataran la victoria y, por ende, el país. Con ello, claramente, llamó a una turba con exceso de odio acumulado, a la insurrección. Ellos obedecieron. Decenas de fanáticos de ultraderecha asaltaron y vandalizaron el capitolio, amenazando la seguridad y la vida de todo aquel que se les pusiera de frente. Cinco personas murieron. La “mayor democracia del mundo”, la superpotencia que hace alarde de ser nación única y excepcional, saboreó un poco de la medicina que, a lo largo de su existencia como nación, ha dado de beber a muchos países del mundo: el desafío a los resultados de elecciones electorales y golpes de estado para derrocar gobiernos e instaurar dictaduras que respondan a sus intereses geopolíticos y neoliberales.  Estados Unidos se invadió a si mismo.

Mas, engañan al mundo quienes pretenden hacer creer que lo ocurrido es, simplemente, responsabilidad de Donald Trump y que acabará con su salida de la presidencia y residenciamiento. Trump tiene tras de sí a no menos de 74 millones de estadounidenses que refrendaron con su voto el fascismo, el racismo, la xenofobia, la misoginia, el odio, la violencia, la confrontación y la intolerancia, rasgos característicos de la sociedad estadounidense. Hoy, más que nunca, es la ruta hacia el Puerto Rico libre y soberano, lo único que nos protegerá de los efectos de esa crisis.

La autora es presidenta del Movimiento Unión Soberanista

 

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