Mirada al País: Grandes y Poderosos

 

Por Francisco A. Catalá Oliveras/Especial para CLARIDAD

Generalmente las noticias son copadas por monarcas, artistas y políticos, sobre todo cuando les va mal. Basta ver los medios noticiosos de Estados Unidos, llenos de las continuas e insuperables “metidas de pata” de Donald Trump, para apercibirse de esto. Por acá algunos legisladores están en competencia por las primeras planas, aunque ni voluntariamente ni por  muy buenas razones. En estos momentos, claro está, sobresale todo lo vinculado al Covid-19 – pruebas, contagios, rastreo, muertes, aislamiento, cierres… –, con la dosis sensacionalista de costumbre.

Las noticias en torno a la economía también se destacan, pero no tanto como los sainetes que protagonizan algunos miembros de la farándula y del mundo político. Sin embargo, los efectos adversos de los cierres parciales y totales provocados por la pandemia han logrado aumentar el interés en las mismas. En todos los países del mundo – con las diferencias de rigor – es objeto de discusión la contracción económica vinculada al virus. Y, como suele suceder en las crisis, las contradicciones se hacen más evidentes –mientras unos pierden otros ganan – y revelan con crudeza la verdadera naturaleza del sistema en que se vive.

Ha llamado la atención que en medio de la crisis los indicadores bursátiles han estado en ascenso. Claro está, ni la tienda de Cheo, ni el colmadito de la esquina, ni la barra Trago Alegre, ni el Chinchorro Buena Vista – ahora parcial o totalmente cerrados – cotizan en la Bolsa de Valores. No se pueden comparar con Apple, Microsoft, Amazon, Facebook o Alphabet-Google. En éstas tanto sus acciones así como sus operaciones están en alzada. El negocio en línea está de fiesta. Por ejemplo, cada detallista convencional que cierra supone más clientes potenciales para Amazon.

La carrera por las vacunas también ha alterado el juego. Hace menos de un año las villanas de la película eran las grandes empresas farmacéuticas. Eran acusadas de inflar los precios de los medicamentos, de invertir menos de lo necesario en investigación y desarrollo, de beneficiarse desmesuradamente de subsidios gubernamentales, de especular en los mercados bursátiles, de abusar de los precios de transferencia y de cuanta manipulación puede encontrarse en los manuales de delitos. Se decía que su reputación estaba al nivel de los asesinos en serie… Todo esto llevó a dos senadores del Congreso de Estados Unidos – uno republicano, presidente de la Comisión de Finanzas, y otro demócrata – a presentar un proyecto de ley para reglamentar y hacer más transparente a la industria farmacéutica. Hasta el presidente Trump se comprometió a firmar el proyecto bipartidista. Huelga aclarar que no lo hizo por las mejores razones. Se resumen en dos: su compromiso con el capital es, sobre todo, con el suyo y, más importante aún, las empresas farmacéuticas sobresalen por sus contribuciones a los candidatos demócratas, encabezados por el candidato presidencial Biden, lo que acusara constantemente Bernie Sanders   a lo largo dela campaña de las primarias.

De repente todo cambió. Los dos senadores se quedaron solos. El ánimo de sus compañeros congresistas, tanto republicanos como demócratas, fue alterado por el Covid-19, la catástrofe económica y las protestas antirracistas, todo utilizado efectiva y cínicamente por las grandes farmacéuticas  en sus gestiones de cabildeo. En un abrir y cerrar de ojos estas empresas han pasado de villanas a heroínas sin haber alterado un ápice su conducta, excepto que ahora cuentan con más fondos públicos para su “heroica” gesta en la lucha por dar con una vacuna para el Covid-19.

El asunto de las vacunas, junto a la proliferación del trabajo remoto y de la educación en línea, le ha venido de perilla a muchos de los grandes y poderosos. Hacen lo mismo con o sin crisis: crecer y amasar más dinero. Lo demás, lo que sea, bueno o malo, son sólo efectos colaterales. Se centraliza el capital: los grandes se hacen más grandes y los demás, los que sean, subsisten precariamente o desaparecen.

En tal enredo sistémico sobran los acólitos de los grandes y poderosos. Ya lo dijeron hace muchos años Marx y Engels en su usual tono acre: “La burguesía ha despojado de su halo sagrado a todas las actividades que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Ha convertido al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia en asalariados suyos”. ¿No es éste el espectáculo que incansablemente se repite una y otra vez?