Mirada al País: Lo mismo de lo mismo

 

Por Eduardo Lalo/Especial para CLARIDAD

En días recientes un cartero grabó en su celular un vídeo y lo subió a las redes. El hombre empleaba unos minutos de su almuerzo para alertar sobre un hecho de mayúsculo escándalo. El gobierno, finalmente, luego de casi tres meses de encierro y de la interrupción de la actividad laboral, apenas comenzaba a expedir y enviar ayudas de emergencia para trabajadores que el encierro había dejado a expensas de menguados o casi inexistentes ahorros.

La situación es ya en sí misma un escándalo, equivalente a una ayuda de emergencia tan dilatada, tan desesperantemente esperada, que niega su alegado propósito. Es como si a un damnificado de un terremoto y de sus constantes réplicas se viera obligado a dormir sobre la tierra misma y a la intemperie, sin ni siquiera un toldo donde cobijarse, porque inexplicablemente hay toldos, duchas portátiles, miles de cajas de suministros y alimentos esperando en almacenes cerrados y secretos a media hora de camino. Es parecido también a los comedores escolares que, teniendo las vituallas en sus cocinas apagadas y clausuradas, sus responsables toman semanas en decidir si abren o no, para proveer al menos una comida caliente y diaria a millares de niños y adolescentes, cuyos padres la pandemia ha dejado aún más pobres que antes. Es parecido a un gobierno de Puerto Rico en bancarrota, dominado por la Junta de Control Fiscal, que con una celeridad impresionante, similar a la de un corredor de 100 metros o de un autócrata o, más precisamente en nuestro caso, al feroz vuelo de despegue de un “ganso”, que hace tan solo semanas unos constructores inversionistas y correligionarios del PNP, jóvenes talentosos predispuestos a las libras de más y al precoz infarto, al no sacarle los ojos a las pantallas de sus celulares, tabletas y computadoras, clavada su atención obsesivamente en el estado de su cuenta personal o comercial o política, lo que en su caso viene a ser lo mismo, en el portal cibernético de Oriental Bank, Maldonado y Rodríguez, como Bonny and Clyde, como pareja de azules o rojos menguados, pero deseosos en la gran democracia colonial del país ofrecida mediante invasión y control absoluto de nuestras vidas por Washington, ese gobierno con dama gobernante no electa digo, que estuvo dispuesto, es decir, que efectivamente aprobó y tramitó un desembolso de los primeros 19 de 38 millones para comprar a un meteórico sobreprecio, pruebas de coronavirus de las que, aparentemente, en el momento del tumbe no tenían una idea demasiado clara de cómo conseguir.

Es como la emergencia sufrida por el tenaz y obcecado deseante de un tú a tú definitivo y patético entre ciudadanos estadounidenses residentes en Puerto Rico y, entre otras simpáticas provincias, con los de Arkansas, Dakota del Norte o Alabama, exgobernador al que las multitudes hicieron tuco su cuatrienio y que, cuando buena parte del país estaba a oscuras, luego del proyecto de desarrollo económico mejor conocido como huracán María, envío con las correspondientes dietas a unos funcionarios de confianza a agenciarle una guagüita blindada por Texas, porque la veintena de vehículos a su disposición se le quedaba corta y la chapa de sus puertas rememoraba a la de los primeros carros japoneses que llegaron a Puerto Rico, allá por el comienzo de la década del setenta y que hacía pensar en el fino aluminio de un latón de galletas reciclado como maceta metálica de rosas de barrio. Emergencia digo, que lo llevó urgentemente a necesitar un maquinón de esos que con solo verlos con los cristales ahumados uno piensa en bestialismo, cuatro motocicletas de la policía y una guagüita muy parecida tras el maquinón con los oficiales reciclados de la Fuerza de Choque mejor vestidos de las agencias de la seguridad del Estado y del Partido; emergencia digo, que hizo en esa coyuntura posterior a la tormenta, sin dinero para prácticamente nada más que no sean los salarios y contrataciones infladas de los imprescindibles y los controlables por engrasables, a estar dispuesto a gastarle al pueblo de Puerto Rico ochenta y tantos miles de dólares en una guagüita blindada básica a la que se le añadirían unas chulerías de seguridad, extras de extras de extras, por unos módicos y bajos 150,000 dólares.

Por si acaso, por si no se ha dado cuenta todavía, por si ha quedado prendado del designio tan prístino como el corte de bisturí de nuestros goberdescarados y politibrones, el tema que cose estas heridas colectivas es la emergencia, es decir, según la que limpia y saca esplendor: “1. Acción y efecto de emerger. 2. Suceso, accidente que sobreviene. 3. Situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata.” Dadas las definiciones, pienso que el asunto más que un tema de comprensión tiene que ver con una duda razonable ante el concepto de “acción inmediata”. Así como está, la expresión es oscura e imprecisa, carente de sujeto beneficiante. Cabe preguntar, ¿la acción inmediata a quién o quiénes beneficia sin olvidar la máxima que en este renglón menos es más para alguien? Además “la acción inmediata” se da en un contexto, en el marco de un plan multianual que no debe sobrepasar nunca cuatro noviembres consecutivos.

Repito: en días recientes un cartero grabó en su celular un vídeo y lo subió a las redes. El hombre empleaba unos minutos de su almuerzo para alertar sobre un hecho de mayúsculo escándalo. El gobierno, finalmente, luego de casi tres meses de encierro y de la interrupción de la actividad laboral, apenas comenzaba a expedir y enviar ayudas de emergencia para trabajadores que el encierro había dejado a expensas de menguados o casi inexistentes ahorros. En todos los sobres debajo del nombre del ciudadano necesitado aparecía escrito “La misma” por decisión de un burocrabrón o un estucínico. Sin embargo, locos, niños y corruptos a veces tocan la luz de la verdad: la dirección es la misma desde que los amos se reunieron en 1898 en París y nos traspasaron como una finca. Desde entonces nos tratan como una situación de peligro o desastre que no requiere una acción inmediata, como lo mismo de lo mismo.