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Mirada al País: Prosumidores: trabajadores sin remuneración

 

 

CLARIDAD

Se les llama “prosumidores”. El término lo acuñó hace varios años el futurólogo Alvin Toffler para referirse a los consumidores que realizan una tarea generadora de valor en el acto de consumo, o en la adquisición de artículos y servicios, que sustituye un trabajo por el que antes alguien era remunerado. Claro está, la tarea no remunerada se traduce en beneficios para alguien ajeno al consumidor y al trabajador convencional.

Quizás el lector recuerde, sobre todo si peina canas, los numerosos garajes o gasolineras desperdigadas a lo largo y ancho de todo Puerto Rico que eran, efectivamente, verdaderas estaciones de servicio. Contaban con varios empleados para servir la gasolina y realizar el rutinario examen de los aceites del motor y de la transmisión así como del agua – ahora líquido verdoso – del radiador. Generalmente, también disponían de servicios generales de mecánica. En otras palabras, al automóvil se le echaba la gasolina a la misma vez que se le proveía mantenimiento preventivo junto a la mecánica primaria que pudiera necesitar. Ya tal tipo de garaje solo existe en el recuerdo de los que tienen algunos años y buena memoria.

Ahora es usted el que se ocupa de echarle gasolina a su carro. Nadie que no sea usted examina niveles de aceite o cosa que se parezca. Por cierto, para problemas mecánicos tendrá que ir a otro lugar que, muchas veces, no es otro que el caro e impersonal departamento de servicio del concesionario (“dealer”).

Algo similar sucede con las transacciones bancarias. El cajero personal ha sido desplazado por el automático y por el teléfono celular. Advierta que usted se pasa el día presionando teclas para recibir unos servicios que anteriormente le prestaba directamente un empleado.Es posible que de vez en cuando tenga la impresión que está transitando de “operación manos a la obra” a “operación manos al teclado”…

Pero los citados ejemplos de extracción de rentas del “prosumidor” ya lucen primitivos en el nuevo capitalismo de plataforma o digital. Usted, como consumidor, no paga los servicios de plataformas como Google o Facebook; usted les sirve como productor. Cada uno de los usuarios de tales plataformas genera un sinfín de datos que constituyen la materia prima que cobrará diversas formas, ya sea como publicidad o como información estratégica, para servirle – ahora sí, cobrando – a los verdaderos clientes, que van desde publicistas e investigadores hasta corporaciones y gobiernos.

Cada vez que el entusiasta usuario marca “like” en su Facebook colabora en tendencias transformables en beneficios para terceros; cada vez que confirma que no es un robot – la duda ofende – está trabajando para Google ayudando a mejorar sus procesos de digitalización; cada vez que genera información (ubicación, compras, búsquedas, mensajes, fotos, enlaces…) contribuye a la transformación de su intimidad en mercancía. Deja de ser propietario de un bien – su intimidad – y se convierte en mercancía y “prosumidor” o trabajador no remunerado de la plataforma, beneficiándose ésta y el aparato económico al que sirve.

Con el capitalismo digital se ha intensificado la concentración del capital. Valoradas en más de $5 trillones, las “cinco grandes” – Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft – presiden sobre las plataformas de comunicación social y dominan la orientación ideológica del mundo cibernético. Representan más del 20 por ciento del valor combinado de las 500 empresas más grandes de Estados Unidos, una concentración del mercado sin paralelo. Con la crisis del Covid-19 su peso e influencia, como el de algunas farmacéuticas, ha aumentado dramáticamente. Baste un dato ilustrativo: el servicio de videoconferencias de Zoom, que en diciembre de 2019 contaba con diez millones de participantes diarios, sumó trescientos millones de participantes diarios en abril de 2020. Este descomunal aumento sólo tomó cuatro meses. ¿Con cuántos participantes contará ahora, luego de transcurrido más de un año?

También ha aumentado significativamente el manejo digital de las cadenas de suministros, el trabajo y la educación a distancia y el control y la supervisión algorítmica de los trabajadores. Claro está, tales alteraciones han estado acompañadas de un crecimiento exponencial en la intensidad del uso de las plataformas y en el número de sus usuarios. Son muchos los que pasan más tiempo en el espacio virtual que en el real. Con el incremento de “prosumidores” aumenta, lógicamente, la valoración de las empresas que dominan las plataformas.

Si algo distingue al capitalista, llámese mercantil, industrial, financiero o digital, es su afán por acumular riqueza y concentrar poder económico, vinculado de manera inextricable al poder político. Durante las últimas dos décadas del siglo 20 y las primeras dos del siglo 21, con el desarrollo del capitalismo digital y la proliferación de “prosumidores”, se ha acentuado la desigualdad en la posesión de riqueza y en la distribución del ingreso. La división del ingreso entre asalariados y propietarios es cada día menos favorable para los primeros. Se trata de una tendencia global con variaciones en intensidad en los diferentes países.                                                                                                                                                                                                                                                              Valga recordar el viejo lema de los Médici: “Dinero para acceder al poder, poder para amasar más dinero”. Es decir, el capitalismo, aunque se disfrace digitalmente, como la mona vestida de seda, capitalismo se queda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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