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Mirada al País: Salario mínimo y enredos salariales

Especial para CLARIDAD

En Puerto Rico los salarios bajos no se traducen en actividad productiva ni generan mayor empleo. Lo que sí provocan es más “competitividad” de parte de la economía informal y ampliación tanto de la dependencia como de la emigración, señales inequívocas de subdesarrollo.¿No es esto lo que se ha estado acusando continuamente? ¿Acaso no se ha estado advirtiendo durante muchos años? ¿No se señalan una y otra vez a la economía informal, a la dependencia y a la emigración como fenómenos sociales debilitantes que dramatizan la carencia de desarrollo sano?

Resulta elocuente que durante la última década la distribución funcional del ingreso refleja una reducción considerable en la partida que corresponde a la compensación a empleados y un aumento significativo – absoluto y relativo — en la que se define como “ingresos procedentes de la propiedad”, que incluye ganancias e intereses. Las crisis no golpean a todo el mundo por igual. Algo anda mal, ¿no creen? (Para constatar tales tendencias basta referirse al Apéndice Estadístico del Informe Económico al Gobernador 2020, Tabla 11, publicado por la Junta de Planificación).

Durante el siglo 18 cuajó la idea del “laissez-faire” (dejar hacer) como principio para asegurar el orden socioeconómico con el mínimo de costo y esfuerzo público. Decía entonces el filósofo utilitarista Jeremy Bentham: “Si la fuerza de la sanción física es suficiente, el empleo de la sanción política será superfluo”. La sanción física no era otra que el hambre. En otras palabras, se postulaba que si se dejaba libre al mercado el aguijón del hambre lograba un “sano equilibrio laboral”. Hoy, en el siglo 21, no son pocos los que, sin el más leve asomo de sonrojo, invocan la misma filosofía: favorecen el salario más bajo dictado por el hambre – le llaman mercado — y resienten toda reglamentación y todo programa social del gobierno, excepto si se traduce en subsidios, exenciones tributarias y en protección para ellos. ¿No es esto lo que postulan los llamados neoliberales?

Aunque no se exprese con la claridad ni con la crudeza del filósofo del siglo 18, persiste entre algunos la idea de que el castigo de la pobreza y la inanición, no el salario decente ni las buenas condiciones de trabajo, es el mecanismo más eficaz para lograr un mercado laboral funcional. Aún estipulándose el clásico conflicto de clases – la diferencia entre los objetivos de los asalariados y los patronos – no deja de sorprender semejante idea ya que pone en riesgo los propios intereses de la clase empresarial. Esto lo percibió claramente Henry Ford, el legendario magnate de la industria automotriz de hace más de un siglo.

En el año 1914, cuando el salario medio en la manufactura estadounidense era alrededor de $2.50 al día, Ford encabezó los titulares al aumentar el salario de sus empleados a $5.00 al día, una especie de mínimo empresarial cuando no existía el salario mínimo federal. Este tendría que esperar hasta la década de 1930. Los círculos empresariales se escandalizaron. ¿Cuándo no? El Wall Street Journal catalogó a la iniciativa de Ford de “crimen económico”. En realidad, a Ford no le animaban motivos altruistas. Su único propósito era allegar más ganancias vendiendo más automóviles. Pero vale la pena citarlo porque al justificar su posición utilizó dos argumentos, uno relativo a la eficiencia y el otro al consumo, que se anticiparon a la teoría del salario eficiente de la economía laboral y a la teoría de la demanda agregada de Keynes:

Pagando mal a los hombres, preparamos una generación

                             de niños subalimentados y subdesarrollados, tanto

                             físicamente como moralmente; tendremos una generación

                            de obreros débiles de cuerpo y espíritu y, que por esta causa,

                             se mostraran ineficaces cuando entren a la industria. En

                             definitiva, la industria pagará los gastos. Nuestro propio

                             éxito depende, en parte, de lo que paguemos. Si repartimos

                             mucho dinero, este dinero se gasta. Enriquece a los comerciantes,

                             a los detallistas, a los fabricantes y a los trabajadores de todo

                             tipo, y esta prosperidad se traduce en un crecimiento de la demanda

                             de nuestros automóviles.”

Y así fue, con alzas y bajas, durante buena parte del siglo 20, sobre todo luego de la Segunda Guerra. Pero alrededor de los años de 1980 comenzó el reinado de la doctrina neoliberal y su política de precarización del trabajo: sustitución de empleados regulares por empleados bajo contrato, reducción de beneficios marginales, proliferación del trabajo de tiempo parcial y el empleo de carácter contingente, congelación de convenios colectivos y deterioro salarial. Los salarios se han desconectado de los aumentos en productividad. Los sesgos en los usos de las nuevas tecnologías y en el proceso de globalización no han favorecido a los asalariados. Prima la desregulación o llamada flexibilización de los mercados laborales conjuntamente con el progresivo debilitamiento de las organizaciones sindicales. Para colmo, las estructuras tributarias se han erosionado y se han tornado menos progresivas, lo que abona a la injusticia distributiva y al empobrecimiento de los servicios públicos o infraestructurales.

El salario mínimo federal, vigente desde hace 12 años, es de $7.25 por hora, equivalente a unos $1,256.00 mensuales. ¿Es suficiente? No. Como tampoco lo son los propuestos localmente que comenzarán en enero de 2022 con $8.50 ($1,472.00 mensuales) para en los próximos dos años aumentarlos a $9.50 ($1,645.00 mensuales) y $10.50 ($1,819.00 mensuales) respectivamente. Y esto antes de todo descuento y presumiendo que se está trabajando a tiempo completo. No obstante, algo es algo…

En realidad, a diferencia de lo que se argumenta desde ciertas atalayas, los obstáculos al desarrollo y a la llamada “competitividad” no están proviniendo de los niveles salariales sino de otros factores. Entre estos cabe destacar, en unos casos, el deterioro y, en otros casos, la inexistencia de la infraestructura física y de la infraestructura social. Parte de los costos de la actividad económica – tanto de patronos como de trabajadores – es función de de los servicios infraestructurales.

En la instancia de la infraestructura física, sobre todo si se trata de una economía insular como la de Puerto Rico, hay que comenzar por la transportación, desde la marítima hasta la terrestre. ¿Prevalecen estructuras de monopolio en el manejo marítimo? ¿Cuán eficiente es la operación en los puertos? Con relación a las carreteras no hay preguntas; solo contestaciones negativas. ¿Cuánta confianza hay con el servicio de energía eléctrica?

En torno a la infraestructura social, como servicios de salud y educativos, el camino no es menos escabroso. Si algo rige a la inversión, tanto interna como a externa, son estos servicios. ¿Dónde está el plan universal de salud? ¿Por qué, desde antes de las huracanes, los terremotos y el virus, las escuelas pisan y no arrancan? ¿Se está consciente de la necesidad de cuidos para niños y hogares para personas mayores?

Las insuficiencias no se deben a falta de recursos. Obedecen a prioridades trastocadas, a politiquería, a corrupción, a malgasto, en fin, a décadas de cacería de rentas. Confiemos que ahora no vayan a quedar también enredados en mezquindades salariales.

 

 

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