Mirada al País: Salchichas, pan sobao y coronavirus

Por Alana V. Álvarez Valle

Especial para CLARIDAD

El despertador sonó a las 6:00 a.m. pero ya llevaba un ratito dando vueltas. Tengo que ir al supermercado y llevo días mentalizándome.

Dejé el desayuno listo para la familia, me atraganté algo y me preparé. Me recogí el cabello, verifiqué los bolsillos y llevaba todo lo esencial: hand sanitizer, guantes y mascarilla. En una carterita cargaba solo las llaves del carro, el wallet, la lista de la compra y un bolígrafo. Me despedí de la hijita cuadrúpeda, me puse la mascarilla, me encomendé al universo y ya antes de las 7:00 a.m. estaba en la calle desierta.

En estos días, ir al supermercado es todo un operativo. Desde que se declaró la cuarentena a mediados de marzo para atajar la propagación del letal virus COVID-19 —mejor conocido como coronavirus—, ir a comprar comestibles y artículos de primera necesidad es bastante complicado. Como boricuas tenemos prioridades diferentes a las de los gringos, así que tenía una lista bien específica. Debido a que recomiendan no salir de tu comunidad, tuve que conformarme con las tiendas del área y no pude ir al supermercado latino,que tiene todos los artículosindispensables.

“Chica, pero ¿por qué no ordenas por Internet?”, me preguntó una amiga hace unos días. “Es que las cosas que requiero solamente las tienen en un supermercado particular que no tiene ese servicio”. “¿Cómo qué cosas”? “Pues salchichas Carme…, habichuelas, calabaza para los guisos, sofrito, cubitos de jamón, y varias cosas más”, expliqué.

Tengo la suerte de que vivo con mi familia inmediata en uno de los estados de los Estados Unidos con mayor población puertorriqueña, y usualmente puedo conseguir casi todo lo que nuestro corazón y paladar anhelan. En tiempos de pandemia, pues… se hace lo que se puede.

Llegué súper temprano. Aunque había poca gente, no encontré todo lo que quería para mi tribu. Ahora me tocaba ir a la mega tienda, a la que odio ir porque se niegan a vender CLARIDAD, pero no había más remedio. También estaba media desierta. Muchos adultos mayores, y —para mi sorpresa– muchos boricuas. Reconocía mi acento por todos lados. Venía de parte de los y las empleadas y de la clientela. Creo que las boricuas vamos tempranito, “pa’ salir de eso”.

Me concentré en la misión y fui de inmediato al pasillo del papel de inodoro. Cogí un paquete y seguí camino. En el pasillo de los tintes de cabello, seleccioné como mejor pude. Porque como buenas boricuas, mi madre santa y yo preferimos tener el pelo ‘más o menos’ que con las canas, restregándonos en la cara que llevamos más de un mes sin ir al biuti. Taché mi lista para recapitular y me di cuenta que cometí el error de no comprar las bolsas de basura cuando estuve en ese pasillo. Tenía que regresar, ¡que mal rato!

Cuando llego, me asomo y veo a una empleada con palo de escoba en mano, parada cual guardia imperial, velando los papeles higiénicos. Me acerqué y entonces la escuché bien parcelera conversado con el empleado del pasillo de al lado. “Lo que pasa es que esta gente no entiende que es solo uno por persona y hay que estar diciéndoles”, exclamó en puro español boricua.

Entonces viró su mirada hacia mí y con cara inquisidora apuntó mi carrito con el palo. “¡Solo tengo uno!”, dije mucho más fuerte de lo que debía. “Pues ahí yo veo dos”, señaló con tono acusador la mujer que parecía sacada del Topeka de la Loíza. “Llevo un papel de inodoro y el otro paquete es de papel toalla. Yo lo que necesito es una caja de bolsas”, supliqué con las manos en alto. “Ah bueno. Pues, las bolsas están en el pasillo de al lado. Buen día, mami”, remató.

Con el corazón acelerao, fui directamente a la fila de las cajas registradoras. En mi camino, casi me tropiezo con un hornito que guardaba pan caliente. Me asomo y había pan de la famosa panadería sanjuanera, cuyo dueño tenía aspiraciones políticas. ¡Era pan sobao de Puerto Rico! Por poco lloro de la emoción. Recordé que no me podía tocar la cara y me espabilé.

Aunque había fila para pagar, no estaba muy larga. Le hablé estrujao a un gringo que estaba a menos de seis pies de distancia, a pesar de las grandes X que los marcaban en el suelo. Quería decirle “No se pegue que no es bolero”, pero me resigné con un: “Please sir keep your distance”(“por favor guarde distancia”).

Por fin es mi turno en la caja registradora y comienzo a descargar mis productos. Le hago un comentario a la cajera y entre la mascarilla y el acento, no me entendía. Me fijo en la plaquita con su nombre: Yomaira. “¿Hablas español”?, pregunté. “Sí, claro”. “Boricua también”, pensé para mí. “Tuve que raspársela así a ese señor porque se seguía acercando”, le comenté. “Ay mija, esta gente no entiende. Y esto se va a poner peor. Dios nos coja confesaos”, manifestó. “Amén y usted cuídese”, contesté sorprendida de mi misma por sonar exactamente como mi abuelita. (Parece que la pandemia saca el “cristianismo cultural” a pasear.)

Llamé a la familia al llegar para que prepararan la cadena humana. Mi esposo y yo con pañitos desinfectantes en mano, limpiamos, pasamos los artículos, el nene los llevaba hasta la cocina y la abuela los acomodaba. Me quité –afuera– los zapatos, (adentro) el abrigo y la mascarilla y los heché en la secadora; me lavé las manos con jabón por 20 segundos.

Terminé de acomodar la compra y me dispuse a hacerme mi desayunito formal. Me senté a la mesa con tremendo sándwich de jamón, queso, y huevo en pan sobao, aplastao en la plancha, como lo hacen en la Borinquen Bakery en New Britain y en las panaderías de mi terruño.

“¿Cómo te fue? ¿Cómo está la calle? ¿Hay mucha gente? ¿La gente está con mascarillas?”, me preguntaron. “Dame un breik plis. Déjenme disfrutarme este manjar y les cuento”, respondí con la boca llena.

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