Mirada al País:Una casa no es una casa

Por Yoryie Irizarry/Especial para CLARIDAD

“One loves in proportion to the sacrifices 

that one has committed and the troubles 

that one has suffered. One loves the house 

that one has built and that one passes on.” 

–Ernest Renan, Qu’est-ce qu’une nation? 

El 7 de enero de 2020, Puerto Rico tembló. Un sismo de magnitud 6.4 sacudió mi Isla querida. Los primeros visuales, tanto vídeos como fotos, mostraron casas derrumbadas, destruidas, agrietadas y gente, gente mirando lo que fue su casa, lo que hoy ya no es. Mi primera reacción fue negación, ¡Esas son las fotos que se ven cuando la tierra tiembla en otros países! Internalizar que los visuales eran de Puerto Rico me tomó trabajo.

Ver las casas desplomadas me destrozó el corazón, casas que posiblemente se construyeron cuando todavía la clase pobre trabajadora podía comprar una casa que terminarían de pagar en 20 o 30 años. Las casas de nuestrxs viejxs, amigxs, compañerxs. Esa es una de las pérdidas que se siente cuando vemos una casa, nuestra casa, desplomarse y con ese desplome también se desploma la idea de que nunca más tendremos una casa que podamos llamar nuestra. 

Recuerdo mi vecindario en Carolina, pero también otros vecindarios, comunidades donde las historias parecían ser las mismas. “Hice la marquesina porque la nena se metió en un préstamo pa’ ese carrito y así poder ir a la universidad. No voy a dejar que se le moje o que se lo choquen ahí afuera”. Recuerdo el vecino que se retiró y, como a muchxs otrxs, el dinero del retiro no le daba, pues, hizo un cuarto grande en el patio de la casa y ahí puso su máquina, una sola, de hacer mattresses. Así muchxs de lxs vecinxs compramos sus matresses mejores y más baratos. Más abajo, en la grama de otra casa hicieron una casita pequeña, apenas suficiente para una nevera y una silla de taburete, con ventana para la acera. Ahí por esa ventana podíamos comprar limbers o dulces. También recuerdo la casita en el patio, a veces para los “casquivaches” o la podadora de grama o la lavadora y, casi siempre, las herramientas del “hombre de la casa”. Se guardaban cosas que sobraban o se usaban por temporada, como el árbol de Navidad color verde, plata u oro, las bombillas de Navidad o los gatos, calabazas y brujas en escobas, todos de cartulina o plásticos, para celebrar Halloween.

“Mi hija se divorció del marido y le hice esa casita arriba para que no esté sola con las dos nenas”, “Mi hijo se tuvo que casar y le hice el cuarto arriba, tú sabes, para que tengan su privacidad en lo que juntan para comprarse su propia casa”, “Al muchacho no le va muy bien, perdió la casa y yo le hice esos dos cuartos allá arriba; como quiera, esto es de él cuando la mujer y yo ya no estemos”. “Pues sí, tuvimos que hacer un préstamo para poner rejas porque se nos metieron una noche, suerte que habíamos salido”. “Acabando de pagar el préstamo para pintar, mira, ahora salieron unas goteras y filtraciones en el techo. Otro préstamo pues ahora hay que darle un ‘tratamiento’”. “Le hice una extensión a la casa para traernos a mami, que ya realmente no puede vivir sola. Acá la podemos atender mejor”. “Ese cuartito es para mi hermano que es el mayor, está un poco mal de la mente. Yo mismo puse los bloques con dos muchachos del vecindario que les di unos chavitos para que me ayudaran. La próxima quincena la empañeto”.

Pero es más que eso, “en esa sala estaba yo cuando me dijeron que murió abuela”. “Yo estaba en la cocina cuando escuché la mujer gritando y no hubo tiempo, parió ahí en el mismo cuarto”. “En ese balcón estaba la mecedora de abuela, desde ahí se pasaba el día mirando a quienes pasaban”. También las memorias se agolpan en nuestra mente, “en ese patio se celebraron las bodas de todxs mis hijxs”. “El arbolito que sembré con las cenizas de mami y que ya estaba grande, con el temblor se cayó de raíz”. Todas esas historias, y muchísimas más, de amor, de dolor, la casa, que poco a poco con el tiempo se fue deteriorando, a veces sin pintar, a veces con la verja medio caída, a veces con más goteras que nunca, con las ventanas rotas sin manecillas, pero siempre con carácter. Como también cayeron casas de los vecinos, la casa hermosa de la esquina, la del balcón para coger fresco en el segundo piso hecho de pilares, la casa que siempre estaba bien pintada y la de la doña que la ponía siempre las luces más bonitas en Navidad. Todas, casas, hogares, una constante en las vidas, a veces generaciones de las familias que las habitan. Muchas veces es lo único que tenemos, para dejarlo a los hijos y a lo mejor ellxs a algún nieto, si tenemos suerte. Pero todas esas historias, recuerdos, motivos temblaron y se perdieron, en segundos. Es como si todo se borrara frente a tus ojos y ya simplemente tú no tienes fuerzas de empezar de nuevo. Pero no puedes ni pensar en cómo comenzar a levantarte porque siguió temblando más de 1,000 temblores en 3 semanas. Más de 1,000 veces presagiamos que el próximo temblor sería el más grande. La incertidumbre en nuestra área sur es tan sólida y robusta como la Gran Muralla China. No puedo comenzar a imaginar el nivel de trauma masivo, individual y colectivo que han experimentado quienes perdieron todo. Pero que no pueda imaginar no quiere decir que me atrevería a negarlo. Por eso me dio tanto coraje cuando el incompetente secretario de Salud, Rafael Rodríguez Mercado, afirmó que no cree “que sea necesario un plan de respuesta masiva de trauma.” Cuánta insensibilidad e inconsciencia en sus palabras. Debieron botarlo. Es él, en sí mismo, un trauma adicional para las víctimas de terremoto en Puerto Rico. Como también lo son Wanda Vázquez y Mayita, quienes insisten en mentirle al mundo diciendo que las víctimas, que lo han perdido todo y que por tiempo indeterminado vivirán en los cuasi campos de concentración con horarios, puntos de chequeo, regímenes, horas de comida y toques de queda que este gobierno de mierda les ha preparado, están contentxs. Mientras, en sectores no afectados #SobranLasCasasVacías.