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Mis heroínas

 

Especial para En Rojo

The second world-the world of literature-offered me, besides the pleasures of form, the sustentation of empathy (the first step of what Keats called negative capability) and I ran for it. I relaxed in it. I stood willingly and gladly in the characters of everything-other people, trees, clouds. And this is what I learned: that the world’s otherness is antidote to confusion, that standing within this otherness-the beauty and the mystery of the world, out in the fields or deep inside books-can re-dignify the worst-stung heart.”  Mary Oliver

 

Por suerte existen las heroínas. Sin ellas la vida sería puro desconsuelo. ¿Cómo encarar el encierro sin esas almas apalabradas que divierten, reaniman y nos convencen, aunque sea por el tiempo de lectura, de que la existencia no es una sucesión de ritos fútiles, de que nuestras vidas no están trazadas, de que tenemos algo de agencia, aunque mínima, y de responsabilidad, muchísima, por lo que hacemos durante el periplo en la tierra? Esta apología a la lectura como consuelo al miedo a la muerte, al terror al contagio y la enfermedad, y al triste  aislamiento es una celebración de los personajes que me han brindado júbilo durante la pandemia.

La alegría es un sentimiento efímero, un pestañeo necesario. La alegría aquí es del orden del asombro. Me hacen felices, o me felician, para tomar prestado un neologismo familiar, las estupendas protagonistas. Aquellas mujeres de palabra y papel (o píxel y pantalla), trazadas con fuerza, maña y mucha inteligencia, me conmueven haciéndome pensar que otras formas de vivir son posibles. Son también las que me entretienen en el sopor de la inmovilidad obligada y el encarcelamiento coronavirusiano. Me salvan del cinismo que provoca la especie humana porque me maravillan sus formas de estar en su mundo, ese otro mundo de la ficción.

Las heroínas que busco poco tienen que ver con la definición clásica del arquetipo mítico estudiado por Joseph Campell en The Hero with a Thousand Faces(1949), a saber: personaje (masculino, obvio), que, con la ayuda de un mentor, inicia un viaje o aventura a un mundo sobrenatural donde se enfrenta con fuerzas que vence y pruebas de las que sale victorioso, y quien a su regreso compartirá su recompensa o don (saber) con el resto de los mortales.

Mis heroínas, las que prefiero, las que me aprietan el alma, las que escojo como compañía en mis horas de enzorramiento total, de tristeza absoluta, de ansiedad nocturna, y vienen a mi auxilio, tan cumplidas, de 2:00 a 5:00 de la mañana, son las que me sorprenden. Me asombran bien porque escapan a las formas más comunes de significar mujer a través de cualquiera de las tecnologías de género que nos conforman -radio, televisor, cine, literatura, artes gráficas, redes sociales-; bien porque se me vuelven humanas y verdaderas en su expresión, en su pensamiento, en sus acciones verosímiles y cotidianas, y me llevan a tantas mujeres queridas, de carne y hueso, que han sabido burlar el dolor de la vida y continuar el viaje con alegría y pasión; o bien, porque fisuran o estallan en mil cantitos la ventana por la que me asomo al mundo y me obligan a desear otra forma de estar en él. Han sido muchas a lo largo de mi vida: Orlando, Jesusa Palancares, Annie John, Offred, Matilda Burgos, Daniela Astor, Harriet, Macabea, Xuela Richardson, Raquel Helena Hoheb, la mujer, la madre, la hija, Ella.  En estos meses de abulia, desgano y desesperación han sido muchísimas también las que estuvieron dispuestas a asistirme a cualquier hora. Solo nombro a las últimas que han venido a socorrerme.

Natividad Lama, protagonista de Lectura fácil de Cristina Morales (2018), hizo trizas, con su humor descarnado, mi tristeza y mi discurso feminista. La novela presenta la historia de cuatro mujeres con discapacidad intelectual que viven en un apartamento tutelado en la ciudad de la Barcelona contemporánea. Al lado de la Nati soy una dinosauria conservadora y cobarde.  Su lucidez discursiva, de un radicalismo impresionante, se manifiesta constantemente porque ella padece del Síndrome de las Compuertas que la obliga a vomitar lo que piensa. Este personaje brillante, capaz de un riguroso análisis sociopolítico del capitalismo salvaje, heteronormativo y patriarcal, que discurre sin pelos en la lengua para el asombro y horror de muchos, es una reelaboración de la bruja, estupenda figura cultural que representa el miedo a la palabra de mujer. Recordemos que la bruja trastoca el orden con sus hechizos. Amo a la Nati, no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice. Sus irrupciones volcánicas catapultan a cualquiera.  Así por ejemplo habla de la victimización de las mujeres en relación con la sexualidad: “¿es disidente sexual una tía supermaquillada y vestida como Beyoncé, una tía incluso con tetas de silicona y una liposucción practicada, que quiere que la miren y que se le acerquen y que la toquen porque esa mujer, simple y llanamente, tiene ganas de follar, no de conseguir dinero, no de conseguir un favor laboral, no de darle celos a otra, (…)

Esa mujer está provocando, está poniéndoselo fácil a los violadores, o como poco a los machos fachos o a los machos sensibles, que vienen a ser lo mismo, y está poniendo en peligro los pilares del feminismo negador, el feminismo de la negación, el castrador feminismo en el que la mujer vuelve a desempeñar, paradojas de la vida, el rol de sumisa, pues dota al que se le acerca con intenciones sexuales de un poderío fálico ante el que solo cabe no ya atacar, lo que constituiría una digna actitud luchadora, sino defenderse. La feminista castradora se presume a sí misma objeto de dominación por parte de quien quiere follársela, al que presumen en todo caso sujeto dominador”

Uff, qué paliza retórica, qué propuesta ultra al neurálgico debate sobre objetivación y agencia sexual.  Envidio la fiereza discursiva de la Nati, y deseo padecer, solo de vez en cuando, su Síndrome de las Compuertas para sepultar aguerridamente con palabras la necedad de tantos.

María, la entrañable protagonista de Las maravillas, de Elena Medel (2020), representa a las trabajadoras del sur de España de las últimas décadas. La pujanza con la que este personaje autodidacta sobrevive el mundo siempre hostil de las mujeres de la clase trabajadora y reconfigura su vida en la ciudad de Madrid es de admirar. Me conmueve María, que, sin aspavientos, sin poses melodramáticas, ha logrado sobrevivir y reivindicar su autonomía y libertad a través del trabajo político comunitario y a contrapelo de los entramados familiares que la obligan a la sumisión. María me transporta a los cuentos familiares de tantas mujeres que han debido abandonar a sus familias para sobrevivir. Atesoro que María no se piense víctima, muy por el contrario, que viva reconociendo sus responsabilidades para consigo.

Es verdad que estas últimas heroínas, -¿llegará el día en que las llamemos héroas?-, no han pasado el umbral a un universo sobrenatural -con el mundo que les ha tocado vivir es suficiente; tampoco han tenido un mentor que las encamine o aliados que las ayuden a superar sus pruebas -que son cotidianas y extenuantes. Sin embargo, han sabido muy bien regresar del periplo novelesco con un saber que han querido compartir conmigo, su carnal de este otro mundo.

Ya ven, de tanto cargar con ellas, de tanto manosearlas, traficarlas de la sala al cuarto, de la terraza a la cama, me olvido de que son palabras, figuras del lenguaje, tropos retóricos que me transforman. Y a veces, a eso de las cinco de la tarde, la hora de la melancolía, quisiera llamarlas para un café o una copa… si pudiera.

 

 

 

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