Molar

Por Hugo López Cabral

Cuando Sonia me llamó para decirme que había conseguido un apartamento fuera de la residencia de estudiantes me alegré. El alquiler era muy razonable y compartiendo una de las dos habitaciones con Natalia el negocio era bueno. La mala noticia es que me llamaba para que las ayudara a mudarse. Era viernes. ¿Qué tal mañana? Dije que sí sin mucho ánimo. Ustedes saben que mudarse es el infierno. Y aquel sábado fue como si asistiera desde lejos a una extraña función allí. Un infierno íntimo. Doméstico, quizás.

Recluté a Josep y a Nicolás, compañeros de casa justo frente a la estación del tren. No eran unos tipos muy dados al trabajo duro pero entre los tres haríamos un equipo  más o menos efectivo. El viaje desde Stony Brook que nos pudo haber tomado cinco minutos nos tomó quince. Tomamos la Sheep Pasture Road para evitar la NY 25A W que era territorio de un patrullero muy celoso de su trabajo y ya conocía aquel Datsun anaranjado por dos décadas. Su carrera policiaca la había cimentado multando a estudiantes latinoamericanos por andar en una carro viejo que afeaba el paisaje. O porque el tubo de escape estaba colgando. Cualquier cosa.

Aún con el atraso llegamos a Port Jefferson muy temprano en la mañana. Aparcamos el auto que había pertenecido a dos generaciones de estudiantes graduados entre el servicio postal y la iglesia presbiteriana. Caminamos por la Prospect hasta la esquina de la High Street. Subimos un minuto hasta la esquina con la South y allí, en una casona que nos pareció enorme, había un apartamento que daba al patio. Rodeado de árboles. Como era el inicio del otoño ya se veían las hermosas combinaciones de amarillo, dorado, rojo y malva que anunciaban la caída de las hojas.

El apartamento de Sonia y Natalia quedaba hacia el patio trasero dela casona, en un segundo piso -el primero era un almacén de utensilios de jardinería- y tenía un balcón pequeño, acogedor, justo frente a la copa de un árbol. 

Me hice voluntario para ordenar los libros en la sala. Era cuestión de abrir las cajas e ir colocando los libros por tamaño. Luego ellas se encargarían de ordenarlos por tema. Josep y Nicolás harían el trabajo fuerte de mover los pocos muebles que ya estaban allí como si fueran piezas de un rompecabezas.

Como era temprano ayudé a Sonia a preparar unos pancakes y café. Me contó que la muchacha que vivía allí hasta hacía una semana se tuvo que ir de prisa. Su novio, o su ex novio, la había amenazado luego de golpearla en un ataque de celos. Ella aprovechó que el hombre había ido a trabajar para llamar a la casera y decirle que no volvería a vivir allí, que huiría de Port Jefferson y si era posible, del estado. Una exageración, pensé, porque Nueva York es bastante grande como para perderse. 

-Parece que vendía productos de limpieza. Mira el baño y el closet del pasillo. Tengo para medio año.

-¿Ella o él? 

-Ella. Él trabajaba aquí cerca. Era chef o bar tender en el Tiger Lily. 

-¿Y cómo tú sabes tanto de esa gente?

Porque cuando la casera nos estaba mostrando el apartamento llegó un muchacho a preguntar por él. Un compañero empleado del negocio. A mí me dio pena y hable un minuto con él. La casera lo trató como mierda.

Quizás justamente, dije yo, colocándome del lado de los opresores.

Cuando la cafetera comenzó a hacer gárgaras llegó Natalia. Nos sentamos a la mesa los tres, Sonia, Natalia y yo, mientras Josep y Nicolás solo quisieron café mientras seguían en lo suyo. Alguien llamó a la puerta. Escuché cómo Sonia abría y hablaba con una mujer. Era la casera. Una profesora de literatura inglesa que poseía varias propiedades en Long Island. Entró. Saludó. Habló. Que si todo está bien. Que cualquier cosa ya saben. Y sin que nadie le preguntara contó, otra vez, la historia.

-Nunca supe que pasó con Mae. Una buena muchacha. El apartamento estaba a nombre de su pareja. Un cocinero que nunca me cayó bien. No contesta el teléfono. Mae se fue hace tres semanas y me debía un mes. Y ese maldito no aparece. Creo que me quedaré con la fianza. Al menos la muchacha dejó el apartamento perfecto, muy limpio.

Sonia le ofreció café pero lo rechazó. Tenía prisa.

Luego de desayunar ordené los libros mientras Natalia pasaba una aspiradora y luego Sonia pasaba un mapo en aquel lindo piso de madera. Eran minuciosas. Escoba, aspiradora, paño, mapo. Olor a pino. Innecesario. Todo me parecía inmaculado. Hasta la casera lo había dicho. Encontré una foto entre el librero y la pared de la sala. Supuse que eran Mae y su pareja. En tiempos mejores. Ella era rubia y sus ojos de ternera  miraban al joven con una suerte de devoción. Él llevaba una gorra de los Yankees. Miraba directo a la cámara. Una media sonrisa que se ladeaba en la comisura de los labios, a la izquierda de su cara. No eran ni atractivos ni desagradables a la vista. Pasarían inadvertidos en cualquier lugar. Sin embargo, los ojos del hombre eran muy duros. Tiré la foto a la basura. No creo que vendría nadie a buscarla. 

En la habitación del fondo Josep encontró un abrigo de NYU en buenas condiciones con una cajetilla de cigarrillos en el bolsillo izquierdo. 

-Estoy de suerte. Me voy a dedicar a esto. Se fue al balcón a fumarse uno. Lo consideró como pago por sus labores. 

A Nicolás, un poeta soñoliento, le bastaba compartir con nosotros. Era un solitario. Solo recuerdo haberlo visto acompañado por Micaela, una española muy alta y simpática que lo adoptó de mascota por un semestre. Se fue a España en las vacaciones de Navidad y nunca regresó. No lo vimos más triste.Lo vimos igual que antes. Ese día Josep compartió su cajetilla con él y escuchó como el bardo relataba el modo en el que la luz comenzaba a pintar de arrebol las nubes. Ya era el mismo de siempre.

Al caer la tarde los cinco nos sentamos en la sala. El apartamento estaba reluciente. Un gran trabajo en un espacio pequeño pero acogedor. Olía a pino y entraba bastante luz por la puerta corrediza del balcón. Josep y Nicolás se despidieron porque irían caminando al bar, Tommy’s Place que quedaba en la avenida y en el que hacían unas hamburguesas bastante buenas a buen precio. Les conté que de allí nos habían sacado a empujones hacía un mes porque la muchacha que nos atendía se reía demasiado de nuestros chistes. Un irlandés celoso. Nos fuimos a otro sitio para evitar problemas. 

Sonia se ofreció a cocinar pero ellos insistieron en ir a Tommy’s. 

-¿Cómo piensan regresar a Stony Brook?

-No te preocupes, me afirmó Josep. Nosotros resolvemos ese problema. Siempre hay un buen samaritano-.   

Las dos se fueron a la cocina y quedé solo en la sala recostado en el sofá. La luz entraba entre la cortina de la puerta corrediza formando un largo brazo naranja sobre el suelo. Noté algo raro. En una pequeña fisura entre la madera, cerca del librero, había un pendiente o una perla. Me levanté para recogerla. ¿Cómo no la habíamos visto? Estaba en medio de dos tablones. Me arrodillé. Lo traté de sacar entre el índice y el pulgar. No era una perla. Era un marfil con dos patitas. Lo acerqué a mis ojos de miope. Lo solté al instante. Era un molar. Sonó como si cayera al suelo una moneda falsa. Natalia entraba a la sala cuando me vio mirar al suelo con la mano abierta. Cruzamos miradas. Le señalé el punto blanco.

-¿Qué es? preguntó. 

-Es una muela. Una jodida muela. 

-No. No.

Ella no quería que fuese una muela. La recogí del suelo y se la mostré en la palma de la mano. Pegó un grito. Sonia se acercó espantada. ¿Qué pasa? Le mostré la muela. Me miró confundida. Llamaron a la puerta. Instintivamente cerré la mano fuertemente apretando la pieza. Oscurecía. Ellas me hicieron señas para que abriera la puerta como si de repente estuviera prohibido hablar. Miré por el ojo. Era un muchacho joven. Ah, por fin apareció el novio de Mae.  Abrí la puerta. El muchacho se sorprendió al verme. 

-Hola, busco a Tim. 

-¿Tim? Oh, no conozco a ningún Tim, le dije. 

-Vivía aquí hace dos semanas, com Mae, su chica. 

Ah, entonces ¿Se llamaba Tim? No, el no está. Parece que Mae y Tim se pelearon y cada cual se fue por su lado. El muchacho hizo ademán de entrar pero lo detuve. 

¿No me crees? 

Claro, te creo. Es que, bueno, nadie lo ha visto hace bastantes días y, tú sabes. 

Lo siento, le dije, pero nosotros acabamos de mudarnos. No conocimos a los antiguos inquilinos. La casera dice que se fueron de repente y le deben dinero. Sonia se acercó.

Hola- dijo, con una sonrisa.

Hola, soy Elisha. Estoy buscando al inquilino.

Hablé contigo hace unos días. ¿Recuerdas? Nosotras somos las nuevas inquilinas.

Como te dije, se acaban de mudar.

El muchacho tenía una mueca de desesperación muy tierna. Parecía que estaba a punto de llorar.

Si, claro. Entonces, ¿ustedes nunca vieron a Tim?

Yo no he visto a Tim ni a Mae.

¿Quieres café, Elisha? preguntó Sonia, que siempre ha tenido profundos instintos maternales para con los gringos con camisas de franela.

Oh, no gracias. Suspiró.

Yo sí quiero, expresé con sinceridad.

Bueno, si saben algo, ¿pueden llamarme a este teléfono? 

Sí, claro, le dije. Él extendió la mano para entregarme un papel en el que había anotado su nombre y su número telefónico. Yo, que soy derecho, levanté el brazo pero mi mano, que escondía el molar, permaneció cerrada. Sonia me miró sorprendida y tomó el papel.                                                                                 

Metí mi mano en el bolsillo del pantalón. Junté allí el molar con algunas monedas. Comenzaba a hacer frío. El muchacho miró por última por encima de nuestros hombros quizás buscando un recuerdo. Se volteó y se alejó caminando  con las manos en la cabeza. Nosotros permanecimos en silencio en el marco de la puerta. Pasaron cuatro, cinco segundos

-¿Soy yo o está comenzando a hacer frío?

No eres tú. Preparo más café.

Me quedé en la puerta mirando el camino que había tomado el muchacho por unos segundos. Con mi pulgar tocaba las patitas de aquella muela. Sentí escalofríos. Entré y cerré la puerta. Me acerqué a la cafetera para sentir el calor.