Mujeres Libertarias

Por Marta Aponte

Empecé a escribir estas líneas frente a una ventana, en el día siguiente al desvío de la tormenta Dorian, cuando se dejaban sentir el aullido del viento y el movimiento de las ramas de los árboles. No es raro que los efectos de una tormenta se sientan más cuando esta ya avanza hacia otros territorios. La reciprocidad entre sucesos distantes cobra sentido tras el paso del tiempo crítico. El planeta es un tejido de conexiones.

Son comparables los lazos entre las vidas humanas. Al paso de los años parecería que se olvidan; pero, en un solar acogedor, puede ser que se reciban, germinen, y se repliquen.

Esta serie, “Mujeres Libertarias”, es un monumento de amor a figuras sobresalientes. La empatía construye una confluencia entre tiempos. Son retratos concebidos como homenajes a mujeres que Delia Cabrera Cruz, la artista, “enamorada del dibujo y del rostro humano”, destina a la memoria social. Destacan en primer plano las luchadoras nacionalistas; pero la serie se mueve por inclinación natural hacia retratos de obreras, artistas, educadoras, mujeres de letras. Son 38 cuados, afinados en la frecuencia vital de la artista, que ha sido y sigue siendo maestra, orientadora, militante sindicalista, activista en las jornadas por la liberación de presos políticos.

Me atrevo a conjeturar que el compromiso de la artista algo tiene que ver con un rasgo de nuestra sensibilidad, afín a una geografía de archipiélago abierto que los mapas coloniales nos han cerrado, pero que existe y persiste, desde el hambre de una jibarita pobre de altura llamada Dolores Lebrónn Sotomayor hasta las historia familiares trasplantadas por doña Josefina y don Bernardo a los oídos de Lucy y Alicia Rodríguez y recogidas con lealtad por Carlos Quiles en su relato testimonial Memorias de Josefina.

Algo de silvestre tiene ese amor a unos lugares que resisten y se reproducen contra vientos huracanados y marejadas. Comparto con Delia las impresiones de una infancia campesina, experiencias de dolor y también de euforia de la belleza. En mi caso son el legado de las historias de la niñez y la orfandad de mi madre. Para la artista Delia, una poderosa presencia de la tierra comerieña, de un camino bordeado de árboles, de la escuelita primaria. La estética de los primores de la tierra se replica en el jardín, donde siembra plantas pequeñas que florecen en colores vibrantes. Es un espacio mínimo, radiante como la casita del patio que es su estudio, su laboratorio de afectos. Esas vivencias personales de la belleza forman una manera de amar a la patria que a su vez alienta lo que el maestro Nelson Sambolín llama un “arte de la felicidad”. La serie de retratos podría ser un arte de la felicidad, o una fina variación del arte de la memoria.

La dedicación de la maestra Delia equivale a un renacimiento tras una vida de labores, pues hace apenas cinco años comenzó sus estudios de arte. Prefiere la técnica del dibujo y el género del retrato. Esa inclinación tiene que ver, me parece, con la práctica del arte como búsqueda y revelación. Los lápices de grafito, el lápiz blanco, los lápices de colores, el carboncillo y la sanguina son medios modestos, humildes, escolares. Evocan la educación elemental, la alegría de trazar por primera vez las letras poderosas. En palabras suyas, los retratos de las mujeres libertarias se proponen “visibilizar a mujeres que han sido defensoras de la libertad, en particular a las militantes nacionalistas, a las forjadoras de la patria”. La invisibilización es un trauma; el desentierro de la imagen un acto de justicia. Se trata, pues, de un proyecto artístico educativo.

Esa intención, hacer visible lo que siempre ha estado ahí, y que se nos oculta para apuntalar con el olvido las estructuras del poder colonizador, se relaciona de manera asombrosa con los medios y el método de la artista. Su punto de partida es la contemplación de un retrato previo, de una fotografía. La foto de la mujer que Delia escoge retratar es ya un fragmento de tiempo capturado por un ojo anterior ausente. Porque la fotografía es la captura de un instante que equivale a una aparición fugada de la luz en el tiempo. Un tiempo que la foto documenta y que el paso de las horas, los días y los años deshacen, sin disminuir el enigma de la foto sobreviviente, recortada del instante que documentó.

La historia de la fotografía en nuestro pueblo remite al pintor Ramón Frade y al fotógrafo popular Tulio Alvelo, embellecedores de sus modelos. “Para Alvelo no hay tipos feos”, era el lema del fotógrafo. Sea cual sea la calidad de la foto, su contemplación da pie a todo un diálogo, a una respuesta precedida de una etapa de lectura e investigación de fuentes impresas, documentos, recortes, libros, con la paciencia que exige el encuentro de una sensibilidad dotada de imaginación con la otra sensibilidad imaginada.

Me impresiona en particular el trabajoso método del lápiz blanco sobre papel negro. Supongo -es un suponer, así me lo figuro yo- que cuando Delia se satura de datos y anécdotas, y tras perderse un tiempo en la foto que fuera el punto de partida, empieza la labor de hacer luz sobre la negrura total con la punta blanca del lápiz. Se acentúa la conversación previa con el cuerpo ausente de la modelo, que puede ser mujer consagrada por la historia, pero apenas conocida en su ser íntimo, o mujer enigmática, taciturna, o mujer legendaria. La mano escarba rasgos en la sombra y va añadiendo su propio rastro, el de la mirada de la artista. Ninguna obra es mero calco de la fotografía original, que ya era interpretación. Los rostros dibujados por Delia son de una hermosura que ella descubre en su encuentro no siempre fácil ni directo con la fotografía como llave a una comunicación que pretende “sacar el rostro del papel, sacar la luz y las sombras”. La cara como objeto legible, interrogable, dialogante. Entre el pasado anterior a la fotografía, el momento capturado por esta y el proceso del retrato se ubica el cuerpo sensible de la artista, se abre una conversación, se va iluminando la negrura como quien excava la tierra oscura en busca de una evidencia. No es la luz uniforme de un especio encendido con una lámpara eléctrica sino una luz fina, porque eso es el lápiz paciente como instrumento que puede formar primeras letras y que en el dibujo inscribe hilos, planos y contrastes.

El proyecto de Delia Cabrera ha despertado respuestas. Se ha exhibido en varios pueblos y ha provocado la curiosidad de maestras, estudiantes, ciudadanos y turistas. Sobre las mujeres libertarias, no se ha escrito aún todo lo que fueron esas vidas fascinantes. Este año celebramos el centenario del nacimiento de Lolita Lebrón. Fuimos contemporáneas y vecinas, porque Lolita y yo vivimos durante décadas en la misma isla. Con Paco asistimos a la celebración de su excarcelación en una iglesia de Manhattan. Coincidimos, pero nunca me atreví a visitarla. Este centenario, esta exposición, son maneras de volver a sentir su presencia. Sí estuvimos más cerca de Carmín Pérez, mujer entrañable que nos honró con su cariño. Culta, lectora, en una ocasión nos expresó el deseo de pernoctar en nuestro apartamento. Entonces vivíamos en la terraza del edificio que había sido su casa en los años cincuenta, en la calle Sol esquina Cruz. Un honor, que pudo haber dado pie a una entrevista, pero no me atreví, o no lo pensé. El retrato que forma parte de esta exposición capta la luminosa belleza cordial de Carmen.

Otro retrato fuerte es el de las hermanas Alicia y Lucy Rodríguez. Una cualidad noble de ambas es que siempre nos han hecho sentir que somos iguales a ellas, como si con sus vidas extraordinarias no hubieran trascendido a un plano excepcional que los demás apenas podemos imaginar. Gracias, Alicia y Lucy, por la presencia.

Como soy de cepa campesina me conmueve el temple del retrato de doña Leonides Díaz de Díaz, jíbara recia, que pasó 11 años en la cárcel y no vio la libertad de su hijo Ricardo, quien para usar una expresión campesina, recién acaba de dar el cambio.

Mujeres libertarias, con la aspiración colectiva y personal a ese estado de paz y justicia; la libertad que Martí definió como el derecho a pensar y hablar sin hipocresía. El derecho a no permitir abusos, a defendernos de agresiones, a dejar saber que en este pueblo vive gente. Mujeres libertarias pues, para citar a Delia, “fueron más allá de lo corriente y se hicieron sentir en una sociedad patriarcal.”

Marta Aponte es una de nuestras escritoras más importantes y una gran estudiosa de nuestras letras.