No hay comandos

Melanie Pérez Ortiz / Especial para En Rojo

Les recomiendo que no caigan en la trampa de la levedad. Esta galería de cuentos hay que atravesarla con calma, diseñando distintos derroteros que iluminarán lecturas posibles.

Como si se tratara de una pulsión, los miembros de un comando atacan en unidad. Siguen órdenes que vienen de otra parte. Deberían reaccionar como un ordenador o una computadora, de manera ordenada. Es decir, debería suceder que han recibido la orden o el comando y se desplazan de manera concertada hacia el objetivo. El término implica el orden de una guerra, la orden de un sistema cuya inteligencia está en otra parte.
Galería de comandos, escrita por Alejandro Álvarez Nieves es una colección de cuentos que desconcierta. Me fijo en la contratapa, donde dos escritores contemporáneos leen las mismas historias de manera muy distinta y empiezo a sentirme perdida. Para Frank Báez, el escritor dominicano, los personajes son repulsivos, veremos porqué. Para Cezanne Cardona, coterráneo nuestro, los comandos o unidades de ataque se han disuelto y los personajes andan desorientados buscando sus grupos. Yo leí la colección en el primer intento como una disolución del patriarcado, nuevamente, porque me evocó su hermoso poemario publicado hace pocos años por Travalis, titulado Quiebre de armas (2018), donde ya la voz poética claudicaba, abandonaba el patriarcado, transformando el héroe en algo lejano al híper macho del relato clásico. En fin, que el desconcierto que menciono es un indicio de que se trata de un buen libro, puesto que no se da completo en la primera lectura y hay que manosearlo bastante para ir sacándole lo que tiene que decir por medio de los relatos que cuenta.
Con la segunda o tercera lectura decidí que el desconcierto reside en que los personajes y la manera de contar sus historias son deliberadamente contradictorios y ésa es la cifra de la reflexión que nos plantean estos cuentos sobre lo contemporáneo isleño. Se trata de un libro pleno de violencia y ternura, de momentos iluminados desde poéticas cercanas cierto entendimiento que conviven con lo banal en ambientes que albergan las violencias que nos negamos a abandonar, tal vez porque nos ubican en una posición cómoda. En esa medida es también un libro incómodo.
Me recuerda los Cuentos de la universidad (1935) de Emilio S. Belaval, el narrador puertorriqueño de los años treinta que más se atrevió a meter la mano, precisamente, en las contradicciones entre la retórica oficial y la vida de su momento, en el campo, en la Universidad o en la Plaza Fuerte, aleph caribeño y latinoamericano de las contradicciones productivas y asfixiantes de las transculturaciones coloniales. Ello, porque, porque los protagonistas de más de un cuento son universitarios y además porque se trata de personajes atrapados por la sociedad que no los entiende, que no entienden, mientras hay una especie de guerra entre ellos y las estructuras atrapantes y violentas que forman el ambiente en que nadan. Es un pulseo que genera violencias que a veces parecen gratuitas sin que lo sean y que nos implican a los lectores en el proceso morboso de observar con una sonrisa burlona sus vidas, a veces graciosas desde un humor cruel, hasta que al final es nuestra vida la que se cuenta y la sonrisa deviene en mueca.
El individuo contemporáneo está en la admiración al tramposo que siempre gana de una manera vistosamente sucia hasta que el narrador y el lector se convierten en la víctima de este juego que anuncia que las reglas no son iguales para todos, que la realidad es un montaje organizado en concierto por los que creemos buenos y los que creemos malos, quienes dirigen el espectáculo público en armonía para que nos odiemos, para que reaccionemos con admiración o desprecio cuando nos toque de cerca la narrativa que nos hace víctimas y victimarios.
Se puede también ser nadador, acosado por una madre asfixiante y sentirnos libres en la soledad de la piscina de agua clorinada, aunque odiemos este deporte y sepamos que la libertad terminará cuando se complete esta precisa carrera a nado que coincide con la universitaria. Entonces la libertad es hacer lo que la madre le impone (nadar), antes de que la vida lo devuelva a la madre ya sin agua y sin cloro, y no queda claro, pero está clarísimo, cómo es que termina la libertad cuando se la consigue por fin.
A esa madre autoritaria nos sometimos todos los que tenemos ciertos años, cuando la psicología infantil se transformaba en chancleta, en varita de guayabo, en correa de cuero y más si nos crió una madre soltera. No había modo de escaparse de ella sin evadir la casa que es la que disciplina a la vez que protege de la intemperie. ¿O es la intemperie la que protege de la casa y disciplina?
¿Hacemos comunidad por puertorriqueños o es que hay compatriotas que nos dan vergüenza ajena? ¿Es que la liberación sexual libera? ¿Pueden los padres que nos han empujado a la vida dejar de atraparnos con su bondad? ¿Podemos evitar ser los chivos expiatorios de un sistema corrupto lleno de complicidades mudas, aunque haya instantes en los que nos pensamos depredadores?
Finalmente, la pregunta por el padre regresa en “#puertoricoselevanta”, cuento cuya fábula transcurre en las primeras postrimerías del huracán María, cuando todavía las calles estaban llenas de escombros; cuando todavía no sabíamos si nuestros seres queridos estaban bien; cuando no teníamos claro si nos iba a tocar un muerto de los que dejó el abandono por todas partes. Me recuerda el magistral cuento titulado: “No oyes ladrar a los perros”, del mexicano Juan Rulfo. En aquél cuento un padre campesino carga como en viacrucis el cuerpo moribundo de un hijo herido por sus asociaciones criminales. Acá, vemos al hijo que busca medios para llegar al hospital con el padre enfermo cuando no hay gasolina, ni caminos, ni recursos en el Centro Médico. Las historias son distintas, pero quizás sea la guerra civil la que me ponga el corazón pesado con nuestro patetismo actual al leer estos cuentos, tanto como me ha pesado alguna vez leer la realidad de pobreza absoluta (material y espiritual) en el México posrevolucionario.
Es galería porque se entra y se observan estos cuentos en un gesto idéntico a quien visita una exposición en cualquier medio de las artes visuales. Se mira en silencio tenso una pieza, se pasa a la próxima y a la próxima. Luego hay que volver a caminar hacia atrás, para regresar a ver un detalle de aquella pieza, y ya se vive con el ansia de a qué nos expondrá la próxima pieza mientras vamos atando cabos.
Les recomiendo que no caigan en la trampa de la levedad. Esta galería de cuentos hay que atravesarla con calma, diseñando distintos derroteros que iluminarán lecturas posibles. Los ambientes, las historias y los personajes retornarán, como advertía Frank Báez en la contraportada, porque lejos de ser inocentes, la insidiosa construcción de estos cuentos es un ataque a la falsa paz que hoy vivimos.