No Rest for the Wicked

 

 Por e.s. ortiz-gonzález / Especial para En Rojo

Tiene unos 70 años. Ojos azules que aún destellan pícaros a pesar del rumbo que ha tomado su vida. Nos saludamos, me siento a la mesa.

Es una reunión. 

No sabía de él hace unos dos meses, exactamente después de mi trabajo como monitor para un programa de corte de árboles. Él trabajaba para ese programa como arborista. Todos los días que estuve allí, me enseñó a diferenciar las distintas especies de árboles. Cómo hacer un corte correcto a las ramas dañadas. Cómo determinar el ángulo de 30 grados o más, para poder cortarlo. Si no tiene los 30, no lo toques a menos que esté enfermo, me insistía. Cuando tenía dudas, su conocimiento generoso proveía una respuesta. Su generosidad no tenía cupo.

La semana pasada me sorprendió recibir una llamada suya. Al cabo de dos meses, las llamadas diarias preguntándome cuándo el trabajo comenzaría una vez más, cesaron. Cada vez que llamaban, respondía: no sé mano, a ver si pronto, yo estoy trabajando en una finca, sí mano, está chévere pero es sol a sol, la chamba promete, si esto amplía de seguro te llamo, claro que sí, bye. 

El último viernes en la finca nos reunieron, nos pagaron la última nómina, lo siento muchachos, esto se acabó. En mis dos más recientes trabajos, ya uno bajó horas. Llamé ayer. Lo siento, bajó producción, si suben horas le llamamos, y click en medio del ah ok, estaré pendiente, gracias. Hoy estoy sentado frente a mi amigo el arborista.

Llego unos minutos tarde, y aprovecho para pedir el café antes de que se ofrezca a pagarlo. Está en la mesa leyendo un libro sobre venta en redes. Extiendo la mano, qué tal mi pana, levanta la vista, sus ojos azules, profundos. Qué bueno verte, cómo va todo, son la embocadura para una pequeña cháchara. Me cuenta sobre sus padres, ambos víctimas del Alzheimer, de su depresión, de la vida de jubilado, de cómo el retiro apenas le da para vivir de mes a mes, sus hijos, de que va por las mañanas a la playa a saludar el sol como modo de enfrentar su tristeza. De esta gran oportunidad que le da la vida ahora que tiene algo más de 70 años.

Me lo temía. En la llamada de la semana pasada, el tono del arborista sonaba urgente: cómo estás, sí la situación está bien dura para todos, quiero hablarte de una oportunidad. Cuando escuché esto último, estuve a punto de contestarle no me interesa mano, lo siento. No pude. La urgencia en su voz, mi deseo de que fuese para otra cosa y no esto que veo venir. Ok, te veo el lunes. Sí, puntual, no te preocupes.

De la cháchara intempestiva, un silencio. Su mirada se encontró con la mía, lo vi dudar. Tengo deseos de irme. Sin embargo, decido mejor ser un oído. Le pregunto de qué se trata esto, a ver, te escucho.

Se desborda algo atropellado, de lo que rescato: es una gran oportunidad, es una gran compañía, estamos a través de todo el mundo, en Puerto Rico hacemos el 80 por ciento de sus ventas, no es una estructura pirámide. Me mira, desvía la mirada. Le tiemblan las manos. 

Recuerdo cómo sus dedos tocaban con suavidad la corteza de un árbol cuando me explicaba su etimología, cómo tomaba una hoja, la maceraba y la llevaba a mi nariz para que oliera. No había temblor en esas manos, sino una gran vitalidad que se renovaba a su vez con nadar al amanecer antes o después de saludar al sol.

Le sonrío al arborista. Ok, te escucho. Con la aprobación, saca de su bulto un cuaderno con láminas, que en términos gráficos muestran rostros apesadumbrados, agobiados por una crisis económica, unas manos que soportan a otra, unos rostros felices, llenos de luz, de bienestar: rostros donde la abundancia, el sol, da de lleno. En la primera foto impera la sombra. En la tercera foto no hay trazo alguno de sombra. 

Pienso en los meses de renta que debo, y que siguen acumulando. Hoy, antes de encontrarme con el arborista, la casera marcó mi número 6 veces corridas.

Según van pasando las láminas, el arborista va ganando confianza. Con cuatro láminas me explica cómo se pasa de la revolución agrícola a la industrial, de ahí a la de internet a la actual, que es la revolución del emprendimiento. Todos tenemos la capacidad de emprender, sólo que algunos no lo saben, y necesitan que otro los guíe hacia su autorrealización. Emprender, y regresa a la lámina primera, es ayudarse a sí mismo al ayudar a otros. No es una pirámide, insiste. En la foto del medio en esa página las manos me recuerdan un triángulo. Parece un triángulo, digo. Sí, lo parece, me contesta. Guardo silencio.

En aquellos días que trabajamos juntos, el arborista y yo desarrollamos una estima mutua. Él me buscaba y yo lo escuchaba hablar sobre árboles. Una vez me confesó que le aterraba morir sin transmitir el conocimiento que tiene sobre árboles, que es vasto. Yo lo escuchaba y me dejaba formar, él señalaba con el dedo un árbol, decía su nombre en latín, su traducción, qué tipo de árbol era, si nativo o invasivo, si madera noble o no. Con él supe que contrario a lo que se piensa, la ceiba no está oficialmente protegida. No se toca, porque se asume lo contrario gracias a su referente en la cultura del país. Entre dato y dato, el arborista dejaba salir su melancolía, y llegamos a compartir tristezas e incertidumbres. Cierta vez que compartimos historias le dije: Fulano, es que there is No rest for the Wicked. Nos echamos a reír, y esa frase se convirtió en una constante entre los dos.

Entre láminas el arborista hace su presentación, mas guarda una última lámina. Su hablar ahora es sobre este líder carismático, puertorriqueño, comprometido con todos aquellos en necesidad de libertad financiera. En esos momentos recibe una llamada. Sí, estoy en esas con el potencial cliente. No doy crédito a mis oídos, un quiebre interno. Dolió escucharlo. Sí, gracias. Bye. Cuelga con una sonrisa. ¿Ves? Este líder carismátco es muy buena persona, comprometido con tu emprendimiento personal. Es bien accesible, te va a gustar conocerlo. Pasa a la última página. En todo esplendor, en letras bold, el nombre de la compañía. Hubiese querido equivocarme.

El arborista presiente mi corte, quizá se nota en mis ojos. Sonrío, mientras tartamudea, se nota que hace esfuerzo por retomar un hilo que ya sabe perdido. Necesito reclutar 20 personas, la mirada ahora es de súplica. Decido poner fin, con tacto. Lo siento, pero esta no es mi ruta. Por el respeto que te tengo decidí venir y escucharte, aún sabiendo que lo más posible era esta propuesta, y no me equivoqué. Pero no es lo mío. Espero entiendas.

Silencio. El arborista esboza una sonrisa, emprende un último ataque. El colágeno. Cómo vamos perdiendo colágeno mientras envejecemos, y lo necesario que es suplementarlo. Pienso, desde la escritura Occidente tiene una relación con el suplemento, con la promesa de relleno de una falta, de una carencia. La caricia de un suplemento. La caricia, que es, apenas un rozar. El suplemento no suple. La letra está echada.

Silencio. Doy unos leves golpes sobre la mesa, ha sido un placer volver a verte, ojalá algún día retomemos las clases que me diste sobre árboles. Sí, claro que sí. Al momento no puedo porque estoy en esto para poder emprender, en cuanto logre mi libertad financiera, podemos reanudar las clases. Claro que sí, todos estamos en esas, yo estoy buscando un segundo trabajo, ya tú sabes. Suerte, ya sabes que estoy aquí para cuando quieras emprender, el domingo estaremos en reunión de capacitación, la cabida es hasta hoy, si te apuntas estás a tiempo, no gracias, no es mi camino.

Salgo del café y tomo mi bicicleta. No rest for the Wicked. 

Detrás mío queda un árbol que persiste en vivir.

e. s. ortiz-gonzález es un poeta y librero puertorriqueño. Por décadas ha sido un riguroso lector y mantiene una relación amorosa profunda con los libros. En ese sentido ha sido maestro de muchos.