Oda a los domingos perdidos. El ‘Curtis Black Quartet’.

Especial para En Rojo

a los fieles: Ana, José, Medardo, Bastien, Joel, Johanna, Zeynep, Fara

0. John, oriundo de Jamaica, vivió un tiempo en Inglaterra y luego en Chicago. Trabajó como periodista, militó en el National Organization of Black Journalists, conoció a C.L.R. James, a quien correctamente coloca como una de las grandes mentes del siglo XX. Siempre me mencionaba sus estudios sobre Shakespeare y Hamlet.

Pero su pasión era el jazz, y por eso, ahora, retirado, venía todos los domingos a la parte de atrás de “Woodlawn Tap”, conocida en la comunidad como “Jimmy’s”, una barra cualquiera (y querida) en la comunidad de Hyde Park, Chicago, donde semanalmente se reúne el Curtis Black Quartet para tocar estándares de jazz. Curtis Black en la trompeta, Gabe en la guitarra, Jake en el contrabajo, Doug en la batería.

John, además, era de mecha corta. Esta noche, le irritaba particularmente un grupo de jóvenes que vinieron a aquella parte de la barra donde tocaba el cuarteto para hablar. “I can’t believe this attitude. Jazz isn’t background music for conversation”, me dijo, y volvió a hundirse y acomodarse malhumoradamente en su asiento. Pero así mismo, volvió a erguirse, inspirado. “Jazz music is conversation”. Orgulloso de esa frase espontánea, se paró, fue a donde el grupo, y, palabra por palabra, con molestia, repitió exactamente lo que me acababa de decir. Y con esa frase inició mi nueva educación en el mundo del jazz.

1.El Curtis Black Quartet era un grupo curioso. Con la excepción de Gabe, sus integrantes no vivían de la música; eran asalariados cuyo trabajo regular les restaba tiempo de su oficio musical. Hasta cierto punto, eso era parte del encanto y la magia: la música por sobre todo, incluso por encima de las propias obligaciones de la vida.

Tocaban todos los domingos, de 9pm a 12am, con un breve intervalo en el medio. Durante la primera mitad, tocaba solo el cuarteto; en la segunda, se abría la sesión para que cualquier músico pudiera participar. Ahí entraba, ocasionalmente, John.

Aunque solían intercalar alguna canción de bossa nova, de blues o de funk de vez en cuando, eran mayormente tres horas de puro “bebop”. Esto, la primera vez, me tomó por sorpresa. En Chicago, y particularmente en el sur, el bebop seguía siendo muy del presente. Se toca, no por nostalgia, sino por un impulso vital.

El compromiso dominguero para ellos era serio; llueva, truene, nieve, relampaguee, el cuarteto tocaba. Fueran 30 personas o 3, hacían su rutina, tocaban sus tres horas. La seriedad dominical, por otro lado, para nada implicaba mercadeo. En ningún momento los vi hacer ni el más mínimo intento de promocionarse. Como único alguien se podía enterar de estas sesiones era o entrando por accidente alguna noche o si notaba el pequeño afiche que se encontraba en una de las paredes de la misma barra, que parecía más parte de la decoración – del “pasado” de la barra – que algo de la actualidad.

No se promocionaban, pero tampoco se puede decir que era por elitismo o comemierdería. Había más descuido que otra cosa. No les importaba. Su compromiso era llegar y tocar la música que les apasionaba. No se cobraba entrada tampoco; solo repartían una jarra para recoger propina.

Curtis me dijo una vez que prefería que fueran 4 personas en el público a que fueran 20, porque sentía más íntimo el público; le tocaba a personas en concreto. Por poco más de tres años (mis tres años en Chicago), uno de esos cuatro gatos fui yo. En ocasiones, fui el gato solitario. Domingo tras domingo, desde las 9 en punto y sin irme antes de que acabaran, asistí. Así, poco a poco, llegué a conocer a todos los miembros de la banda, pero en particular a quien lideraba el cuarteto, a Curtis Black.

2. La primera vez que hablamos del asunto, Curtis me dijo que debían llevar probablemente 10 años tocando todos los domingos en Jimmy’s. Al par de semanas, cuando una amistad que llevé le preguntó, le contestó que 15 años. Poco después, en una escena similar, contestó 20. Eventualmente le pedí que contara bien y dejara la mierda, y me dijo que más de 30.

Hacia mediados de los 1980, un quinteto, liderado por un saxofonista, decidió que tocaría todos los domingos en aquella barra. Pero el saxofonista solía querer tocar las mismas canciones, y luego de par de domingos, cuando Curtis, parte del quinteto le cuestionó por qué no tocar otras, en un exabrupto renunció. (Parece que está en el aire ser jazzista, tocar en Jimmy’s y tener mecha corta.) El quinteto se convirtió un cuarteto, y desde entonces llevaba el nombre de Curtis Black Quartet.

3. Doug, el mayor del grupo, trabajaba en la editorial de la Universidad de Chicago. Se le encargaban, en particular, los libros extraños: buscar libros extraños, convencer a la editorial de publicar libros extraños y finalmente editar libros extraños.

Era tremendo conversador. Hablaba muchísimo. Escuchaba poco. Tenía dificultades para oír. Quizás por eso la facilidad con que la batería ocupada todo el espacio sonoro cuando llegaba su tiempo para solear. Era, como baterista, excéntrico, siempre interesante; “he plays around the groove”.

Era probablemente el más social del cuarteto, y siempre buscaba hacer conversación durante la pausa. Por él, probablemente, fui conociendo a los demás.

4.Curtis era de Nueva York, pero empezó su bachillerato en la Universidad de Chicago. La universidad históricamente ha tenido un periódico estudiantil, conocido como el Chicago Maroon, aunque nunca ha tenido programa de Comunicaciones. Cuenta Curtis que, en su época, para formar parte del Maroon, dejabas la universidad por un rato para dedicarte al trabajo que implicaba el periódico estudiantil. Luego, volvías y terminabas el bachillerato. Él, sin embargo, nunca reinició sus estudios.

La Universidad de Chicago, en ese sentido, aparte de permitirle fundar el “Popular Jazz Front”, una agrupación de izquierda de jazz, lo inició en el periodismo. (Nunca hablamos mucho del vínculo que veía y vivía entre la política de izquierda y el jazz. Alguna vez me dijo que, en el ambiente en que se movió cuando joven, tocar jazz era como oponerse a la Guerra en Vietnam. En la práctica, creo, buscaba mantener esa relación.)

Trabajó como taxista por algún tiempo, pero fuera de eso siempre se ganó la vida a través del periodismo. Vivía de un artículo semanal de tema político en un periódico local, The Chicago Reporter. Su columna era bastante leída y conocida, particularmente dentro de los círculos progresistas. Todo esto lo vine a saber luego, a través de mis amistades del sindicato de maestros y de los círculos socialistas, o de sus camaradas que venían a verlo de vez en cuando y me hacían los cuentos.

5. Jake, el contrabajista, es el integrante más joven del cuarteto, y el último en llegar. Recuerdo que la primera vez que fui, todavía la banda no tenía bajista regular (se encontraban en transición), y los estaba cubriendo Bob, que también se daba la vuelta una vez cada dos meses. Como suele pasar con los músicos, Jake más o menos se parece a su instrumento: alto, brazos largos, serio, los espejuelos siempre se le bajaban mientras tocaba.

Le tomó unos meses afincar con la intensidad del bebop, pero su entrega fue total. Era psicólogo familiar, me dijo alguna vez, aunque estaba viendo cómo podía dedicarse a la música, idea que – si recuerdo bien – no le gustaba mucho a la esposa.

6. Curtis estuvo en un seminario de El capital una vez, me dijo, en que los tres asistentes leían previamente, se reunían y se emborrachaban sin discutir ni una sola palabra. Cree que, dentro de todo, aprendió bastante.

Sabía de Claridad y del Partido Socialista Puertorriqueño, de los compañeros de la FALN que vivían en tal edificio que me mencionó. No sabía que el PSP se había disuelto. Le alegraba saber que publicaba artículos en En Rojo.

Era de esas personas que intuitivamente eran progresistas, y no se comían los cuentos de los liberales. Mucho de lo poco que aprendí de Chicago fue con él, con sus anécdotas sobre los movimientos políticos de la ciudad y los intentos progresistas poco duraderos, que, a su vez, llevaron a figuras liberales longevas, como el propio Luis Gutiérrez.

7. Gabe siempre fue un misterio para mí. Rumano de origen, llevaba ya mucho tiempo en los Estados Unidos. Es, sin reparos, de los mejores guitarristas que he escuchado, por su técnica y la variedad de estilos que dominaba. Antes de la sesión de jazz, me parece que tocaba piezas clásicas con una cellista en los hoteles. En los recesos los domingos, se mantenía tocando guitarra. Siempre fue bastante reservado. Yo solía pensar que, para que alguien tocara tan bien, tenía que estar algo mal de la cabeza.

8. “Who’s this Papo Lucca guy?”

La educación musical fue bastante unidireccional. Mi amor por Miles Davis, cuya música conocía de antemano, cobró forma y coherencia durante esos años. Llegué por ellos a Sam Rivers (¿habrá canción más hermosamente triste que “Beatrice”?), y así a muchos otros artistas.

Lo único que pude reciprocar en términos pedagógicos vino gracias a la Sonora Ponceña. A través del cuarteto conocí el Horace Silver Quintet. Tocaban, de vez en vez, “Nica’s Dream”, que Horace Silver compuso para cuando todavía estaba con Art Blakey and the Jazz Messengers. Le pregunté alguna vez a Curtis sobre esa canción. “You don’t know Horace Silver? His solos are like architecture”, me respondió. Poco después, llegué a “Song for my Father”, que todavía se me hace difícil apalabrar. En otro momento espero escribir unas páginas para En Rojo sobre esa canción.

Pero en esas búsquedas, descubrí (¿o rememoré?) la versión de la Sonora de Nica’s Dream. Se la envié a Curtis alguna vez, y fue con esa pregunta que me recibió la próxima ocasión en que nos vimos. “Who’s this Papo Lucca guy?” Siguió buscando música de ellos y quedó impresionado. Recuerdo que me enseñó un video que yo desconocía de Papo Lucca soleando en flugelhorn.

9. No suelo celebrar mi cumpleaños (costumbre vieja). Pero en el 2016, mi cumpleaños cayó domingo. Hice la excepción. Digo, hice lo que hubiese hecho de no haber sido mi cumpleaños, solo que invité a amistades a asistir al jazz con la excusa de la celebración. Pensé que resultaría en buena propina para el grupo.

Llegó un buen número de gente. Y llegaron varios músicos. “You’re birthday is on Sunday?”, me preguntó John. John llevaba varios meses sin ir un domingo a Jimmy’s por una disputa que tuvo con Curtis. “Yeah, I’ll go”.

Fue, también, Walter Jones, vendedor de seguros de vida durante el día, pero trombonista durante la noche. (Siempre me gustaba cuando Walter Jones se aparecía, algo que no ocurría tan a menudo. Curtis le había dado una llamada para que viniera ese día.) La segunda sesión estuvo nutrida de mis músicos preferidos de los años que viví en Chicago.

Hacia el final de la sesión, la banda me sorprendió con un obsequio: una tarjeta con sus mensajes y firmas, y una copia de “Ridgewood”, el disco que una encarnación previa del cuarteto había grabado en el 2002. Al regresar a la isla, tocar ese disco los domingos ha sido lo más que se ha acercado a la rutina dominical de Chicago.

Si el protagonista de “El cartero de Neruda” entendía la felicidad celestial como el momento en el que se descubre el poder de la metáfora a través del amor, creo que yo la vería, también, como la comunidad que se crea cuando un grupo de personas escuchan buena música como conjunto. Fue una noche buena.

10. La vez que más hablé con Gabe fue, precisamente, la noche de mi cumpleaños. Fue entonces que noté que estaba completamente equivocado sobre su persona. No era la locura lo que explicaba sus habilidades musicales, sino la cordura. Me habló de lo que significaba la música para él, que amaba tanto el jazz como la música clásica, que la vida quería dedicársela entera a la música. En la borrachera – la mía, no la de él, pues parte de su cordura que equivoqué con locura se debía a su sobriedad constante – me parece que mencioné el budismo. Sonrió – quizás incluso le salió una leve carcajada – y me dijo: “Exactly. Complete concentration”. Me parece que nos entendimos muy bien.

11. Dos veces me he despedido para siempre de Chicago. La primera vez fue para junio 2016, poco después de haber aprobado mis exámenes de grado. Sin embargo, después del Huracán María, el salario y las obligaciones contractuales me llevaron a regresar a la ciudad de los vientos, aunque para despedirme nuevamente en marzo de 2018. En todo caso, cada domingo en la ciudad conllevaba retomar mi tradición de antaño, volver al lugar de siempre y disfrutar de música y amistades por el espacio de tres horas. Qué puedo decir, soy un animal de costumbre.

Mi última visita a Chicago fue en enero del 2020. Llegué, como solía hacer, un domingo. Entro a la parte lateral de la barra y me topo con otra agrupación de jazz. Algunos de los miembros los conozco – frecuentaban, también, los domingos – pero el conjunto era distinto. Había mucho público (cosa sospechosa), y no estaba Curtis Black.

Joel y Johanna, amigos a la vez de la isla y de la ciudad (ese es otro cuento) casualmente entran apenas un minuto después. Son quienes me dan las noticias. Ya hacía varios meses del suceso. Un domingo, Curtis, en uno de sus brotes de humor, terminó la noche y dijo que no quería regresar a tocar, que le dejaba ahora los domingos a Gabe. Ni Joel ni Johanna dijeron entender bien qué ocurrió. Desde entonces, no había regresado.

Le escribí el próximo día, sin decirle que fui la noche anterior, pero nunca me contestó. No hemos vuelto a hablar. No he regresado a Chicago.

12. A los 30 años, he retomado el bajo eléctrico. Desde que me inicié en la literatura, al entrar al bachillerato en Estudios Hispánicos en la UPR Río Piedras, el tiempo que me requería la formación y el estudio detuvieron lo que en un momento fue mi gran pasión en la vida. Llegué a pensar que había abandonado el bajo eléctrico. Pero resulta que al entrar a esta década, hubo una apertura al regreso.

Ya estoy lejos de pensar que le dedicaré mi vida a la música, como llegué a creer. Me conformo con la práctica solitaria en la casa, sin el anhelo de la experiencia pública de la música. Me acerco al instrumento con mayor madurez, aunque, se pudiera decir, con muy poca ambición.

Solo los domingos me permito soñar. En ocasiones, con “Ridgewood”, o escuchando algunas de las canciones preferidas de los domingos de antaño. Otras veces, sin música alguna; no necesito estímulo para estas fantasías. Me imagino, nuevamente, en la parte de atrás del salón, escuchando a Curtis, Gabe, Jake, Doug. No me sueño tocando en la tarima. Solo el estar desde el público, y desde el público pensar que quizás algún día pueda unirme allá arriba, aunque fuera una sola vez.

[Agradezco a la amiga lectora de los dos 5, por sus ediciones y sugerencias.]

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