Oferta Mefistofélica

Por Francisco A. Catalá Oliveras

Especial para CLARIDAD

La fantástica asamblea de líderes del país se llevó a cabo hace varias décadas. El único asunto en la agenda era lo que se anunció como oferta mefistofélica sin precedentes. Mefistófeles, imperiosamente convincente, habló con voz grave y firme a la vez que lisonjera: “Acepten el acuerdo que se les ofrece. Podrán modernizar su atrasado país con un programa de industrialización rápida e intensa a base de inversión directa externa inducida por exenciones tributarias y el privilegio de acceder libremente al mercado de Estados Unidos. No se transitará de las cosechas tradicionales a la producción de alimentos pero verán valles y colinas colmarse de urbanizaciones para albergar la creciente población. La que sobre –continuó Mefistófeles esforzándose por suavizar su potente voz– será bienvenida acá, en el Norte, justo donde tengo mis cuarteles generales. Después de todo, somos conciudadanos. Digo, me incluyo…por aquello de…”

Cuentan que entonces se escuchó un trueno ensordecedor y Mefistófeles calló. Luego se supo que el trueno no era otra cosa que un punto final para marcar una pausa. Es conocido que los grandes espíritus disponen de innumerables y poderosos recursos teatrales.

El silencio fue prolongado. El liderato, en trance fáustico, lucía sobrecogido. Por fin, uno de ellos, el que parecía más decidido, levantó tímidamente la mano. Intentó decir algo –a saber qué– pero, de inmediato, Mefistófeles lo disuadió con un gesto que indicaba que no había terminado. Es por todos sabido que a estos espíritus les disgustan las interrupciones, incluso de sus pausas.

Al reanudar su alocución cambió el tono. Se tornó conspirativo, estrategia adecuada para el reclutamiento de cómplices. Parecía, probablemente por efecto de sus legendarias artes taumatúrgicas, que toda la asamblea repetía sus palabras. 

Mirando fijamente con ojos enrojecidos a la concurrencia señaló, con cierta ironía, tal vez en alusión a la competencia espiritual o, quizás, como alarde de inusual modestia, que no esperaran milagros: “Esto no se trata de milagros. Todos tienen que poner manos a la obra. Puesto que la industrialización viene de afuera, para allá también irán las ganancias. No se preocupen. Algo les tocará… quiero decir que algo siempre se derramará hacia la economía del país. Claro, lo que se derrame lo irán recogiendo los comercios del exterior acompañados, no faltaba más, de algunos chinchorros locales. En realidad, los empresarios de aquí no dan para mucho… No se generarán suficientes empleos, pero por esto no hay que preocuparse más de la cuenta. La puerta de salida permanecerá abierta y, aun más importante, podrán acceder a algunos programas de asistencia pública. A cambio tienen que eliminar la cantaleta de la justicia social y predicar agradecimiento a la beneficencia. Además, no olviden circunscribir la reforma agraria al manejo de bienes raíces. Por poco olvido advertirles que cabe esperar daños colaterales. Siempre los hay. Por ejemplo, los procesos de industrialización y urbanización se acompañarán de deterioro ambiental. Hagan caso omiso del mismo. Invoquen constantemente el progreso y el desarrollo. ¡Qué la fuerza del mercado esté con ustedes! Ahora voy a cerrar con algo muy importante.”

La anticipación de “algo muy importante” suscitó la expectación necesaria. “Ahora viene lo bueno”, se decían unos a otros. Rememoran algunos de los que estuvieron en la diabólica reunión que imperaba una actitud infantil, parecida a la del niño goloso a la espera del dulce.

El Emperador de las Tinieblas bajó la voz casi al nivel de susurro de suerte que su propuesta cobrara la forma de un secreto entre cuates. Sin embargo, por extraño sortilegio, era perfectamente audible en todos los rincones del auditorio. Queda y lentamente, midiendo cada palabra, reveló el último punto del acuerdo: “Se creará una criatura política que se llamará Estado Libre Asociado que, por virtud de que el acto gestor se realizará en la naturaleza de un pacto, no será ni estado, ni libre, ni asociado ni… Es decir, representará la síntesis de ser y no ser, lo que equivale a nada. Ustedes se ocuparán de invocarlo como si fuera algo. Por otro lado, lo único que tienen que hacer es ceñirse al papel asignado en el drama de la Guerra Fría”.

El aplauso no se hizo esperar. Fue de tal magnitud que todavía hoy día se escuchan sus ecos. “Hemos logrado una salida”, exclamaban a coro los entusiasmados líderes. Mefistófeles estaba complacido. Estos espíritus gustan de aplausos y alabanzas.

Han transcurrido muchos años desde el mefistofélico acontecimiento. Durante algunos pareció que el país se iniciaba en la riqueza. Pero no tardó mucho en hacerse patente el terrible efecto de la subordinación política, de la confusión cultural, de la desaparición de la cultura de los pueblos pequeños sin el desarrollo de una efectiva cultura citadina, de la disfuncionalidad del mercado laboral, del desbarajuste demográfico, del descalabro agrícola, de la desnacionalización de los activos productivos, de la remisión de ganancias hacia el exterior, de la degradación ambiental, de la pobreza, de la desigualdad, de la profundización de la dependencia, de la erosión fiscal, de la insostenibilidad de la deuda, de la corrupción, de la descomposición social… A la evidente carencia de verdadero desarrollo se suman ahora los empobrecedores planes fiscales y ajustes presupuestarios ordenados por la Junta de Supervisión (Control) Fiscal y las reformas orientadas al desmantelamiento institucional protagonizadas por la administración gubernamental. ¡Qué dúo!

 El efecto de todo esto puede resumirse en una palabra: disolución. Los que detentan el poder dan la impresión de estar empeñados en desdibujar al país.

De haber anticipado semejante desenlace –como, de hecho, advirtieran algunas voces críticas– ¿hubieran aceptado los líderes de entonces la oferta mefistofélica? Imposible saberlo. No obstante, si para contestar esta interrogante se usara como guía la conducta y las aspiraciones de los hijos de la “unión permanente” –azules y rojos en sus diversas tonalidades– la respuesta se inclinaría hacia el lado afirmativo.

En realidad, unos y otros continúan con las mismas políticas de dependencia y de formación de enclaves de privilegiados fiscales. Ahora, gracias al entusiasmo de ambos con los beneficios tributarios provistos por las notorias leyes 20 y 22, se ha estado montando una comunidad de multimillonarios extranjeros con casas de lujo mientras los boricuas se ven obligados a emigrar. Siguen, tranquilamente, postulando la sumisión política como si fuera regalo de los dioses. No faltan propuestas descolonizadoras falsas y engañosas: unos abogan por la emasculación de todo un pueblo; otros añoran antiguos “pactos” y sueñan con nuevas ofertas mefistofélicas. La pura verdad es que les resulta más fácil la discusión en torno a las baratijas de la quincallería política que el esfuerzo que requiere el diseño del andamiaje institucional para enfrentar los problemas de fondo del país.

Mientras tanto, Mefistófeles, indiferente, se ocupa de otras almas. Su sentencia sobre Puerto Rico es clara: “Todo se ha consumado: promesas cumplidas, almas conquistadas”. Cuentan sus allegados que cuando le mencionan el tema se refiere burlonamente al “país de comedia” y rompe a reír a carcajadas de manera incontrolable hasta el extremo de bañarse en lágrimas sulfurosas. Es de conocimiento general –el que a estas alturas no lo sepa no tiene remedio– que estos espíritus malignos no tienen la sensibilidad para captar crisis o tragedias ni, mucho menos, para llorar ante ellas. Solo ríen…

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