Ofrenda a mi madrina

 

Por Rafael Acevedo / En Rojo

Una día, desesperado por el desempleo y las ausencias, me vi con una iyalocha. Solo con verme se comenzó a reír mostrando unos hoyitos en los cachetes. Yo también me reí sin saber de qué.

Ella me dijo que yo era un príncipe, que tenía miel debajo de la lengua y eso era mi salvación y mi perdición. Me dijo tantas cosas que estaban sucediendo (sin conocerme de nada) que accedí a dejarle una ofrenda a Changó, de quien era hijo y a Ochún, que me pretendía. Un melón, pidió Changó. Unos dulces, pidió Ochún.

Yo no creía en nada de eso pero me dejé llevar. Coloqué las ofrendas en una palma real al atardecer de un lindo día. Y siempre me quedé pensando en Ochún, como si fuera la dulzura de las aguas dulces que van a dar al mar, como el perfume, si se me permite, de las pomarrosas en la ribera de los ríos, como esos rumores cristalinos de los arroyos y las quebradas, y unas piedritas sobre unas piedras como si fuera un ebo.

Entonces en aquellos días que pudieron haber sido nefastos, los peores de mi vida, comencé a buscar abanicos de sándalo o plumas de pavo real, a mirar los pecesitos, y los camarones como si fueran hermanitos míos, a recoger conchas y caracoles y volverlos a colocar en la arena, a aprender a hacer botecitos de papel, respetar a los espejos, a las orfebres, las joyas, a reverenciar con respeto a los corales marinos, oler las sábanas, y tomar en las manos con cuidado pañuelos bordados. 

Comencé a buscar en el aire y en la tierra, en las orillas y en los montes, a ver si aparecían manillas de oro, una media luna, dos remos, una estrella, un sol y cinco campanillas como herramientas para estar vivo.

Recuerdo a mi iyalocha cuando veo la miel y me río con cariño porque sus palabras fueron para mí un alivio cuando estaba muy muy jodido y solo. Pienso en Ochún, coqueta, que me pretende, cuando veo calabazas. Me hace sentir cercano a una parte de mi cultura, a la que accedo sin demasiada alharaca. Me parece que todo enriquece mi entorno aunque no sea yo un creyente, un practicante. Cuando veo que alguien interviene a dulcificar una situación tensa, pienso en Ochún como quien rememora un relato que escuchó de niño.

Lo gracioso es que ella, la madrina, me dijo que era hijo de Changó y desde niño me han gustado los rayos, truenos, las grandes cargas eléctricas y la danza del fuego, pero no sé que implicaciones tiene que me sienta más a gusto llevándole unos pastelitos de dulce a la sombra, a la brisa, a la nada de Ochún, en la que no creo pero no rechazo.

Enríquez era el apellido de aquella mujer. Ya falleció según me cuentan. Gracias por hacerme sentir como un príncipe con aquel relato ancestral, con aquel cuento de que todo es eterno.

Calce ilustración: Las flores de Ochún por Mayra Abo