Pandemia y olvido: García Márquez en Puerto Rico

Por Rafael Acevedo / En Rojo

Estamos encerrados en casa, los que tenemos casa. Buscamos establecer un cierto orden, algo que nos permita establecer un ritmo a seguir.  Algunos de nosotros busca referencias a situaciones parecidas en la literatura. Aquí estamos en medio de un nuevo Decamerón o mirando como se cumple alguna profecía.

Sin embargo, lo que más llega a mi mente como una alarma de emergencia en este sexto día de encierro por causa del CodVid-19 es el olvido. El olvido de lo que somos. La angustia nace de pensar que ni siquiera tenemos el poder -como estado- de decidir cerrar fronteras en beneficio de los ciudadanos. De repente algunos han visto como las fuerzas del orden arrestan vendedores ambulantes mientras las grandes cadenas de supermercados siguen abiertas. Algunos comentan con indignación cómo arrestan a una pareja de boricuas en la playa mientras siguen llegando aviones llenos de turistas a quienes ni siquiera se les pregunta si les gusta la piña colada para bajar temperaturas. Y no, no es que uno esté identificando enemigos. El enemigo es el capital. El enemigo es convertirnos en bueyes de un sacrificio colectivo para rendirle tributo a los intereses de Wall Street, la salvación de las aerolíneas y el culto al dólar. Y es que, repito, esas cosas relacionadas con diferencias de clase y con realidades coloniales las vemos a diario, pero sufrimos de olvido, colectivamente hablando. El olvido de lo que somos.
No recuerdo donde aprendí algo sobre cómo funciona esto de la contaminación viral.  Dos cosas son necesarias. La primera es que aparezca -¿se produzca? ¿surja? un organismo patógeno que igual puede ser una bacteria, un quiste,  un parásito, un demagococo, que nos use de huéspedes, de receptores. La segunda vaina necesaria es huéspedes exportadores. Y esa segunda cuestión es la que permite que un proceso infeccioso sea exitoso.
Si el contagio está por debajo de una cierta línea mínima la pandemia se convierte, poco a poco en un mal recuerdo. Los más optimistas dirán que se convertiría en una buena lección. Pero mi opinión es que lo que he aprendido en estos últimos años es que  estamos siempre por encima de la tasa mínima de contagio. Muy por encima.  Porque ni siquiera tenemos modos de tratarlo. Ni siquiera existe un plan para evitarlo de manera radical -y racional-.  A veces olvidamos lo que somos.
¿Dónde leí sobre una epidemia? ¡Ah, ya sé!:
Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía de la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como les quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaban sanos. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad sólo se transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas por el insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir.
—(Gabriel García Márquez , Cien Años de Soledad )
No quisiera pensar en que acá, en el mundo real de una isla caribeña, una situación penosa como es el coloniavirus se ha convertido ya en algo natural y hemos organizado la vida de tal modo que ni cuenta nos damos. No. Nos damos cuenta. Sobre todo cuando hay una crisis. Esa crisis es ahora global, porque el virus, el CodVid-19 consiguió huéspedes viajeros que son más rápidos, con medios de transporte más eficientes, como para propagar organismos patógenos de manera exponencial. Pero, no nos hagamos los pendejos. La situación colonial impide que se tomen decisiones sobre puertos. Tenemos que atenernos a las delirantes medidas que la administración norteamericana. Ya sabemos que el presidente es capaz de llegar a la isla y volvernos a lanzar papel toalla como medida sanitaria. La hermosa paradoja que escribe García Márquez parece un espejo en mi mente.
El desparpajo con que Trump se burla de una crisis mundial hablando de su tío que era un genio y de otras sandeces, mientras deja los aeropuertos en funciones normales inyectando millones a esa industria es aterrador.  Sus funcionarios y, por supuesto, los indignos siervos que administran nuestro país, parecen sonreír como aquellos idiotas del cuento de Horacio Quiroga. Y se impone la rabia. Recuerda uno la risa de José Arcadio Buendía cuando sucedió lo de Rebeca:
Una noche, por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir en el cuarto de los otros niños, la india que dormía con ellos despertó por casualidad y oyó un extraño ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que había entrada un animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad.
Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos los síntomas de la enfermedad cuya amenaza los había obligada, a ella y a su hermano, a desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era la peste del insomnio.
Cataure, el indio, no amaneció en la casa. Su hermana se quedó, porque su corazón fatalista le indicaba que la dolencia letal había de perseguiría de todos modos hasta el último rincón de la tierra. Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, mejor -decía José Arcadio Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.» Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado. José Arcadio Buendía, muerto de risa, consideró que se trataba de una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si acaso, tomó la precaución de separar a Rebeca de los otros niños.
—(G.G.M. Cien años de soledad)
Pero no. Trump no es José Arcadio Buendía. Puerto Rico no es Macondo -aunque se parezca-. Y no está Úrsula en Fortaleza.Wanda Vázquez, la flamante gobernadora constitucional ni siquiera es capaz de tener “la precaución de separar a Rebeca de los otros niños”. No hay voluntad política. No hay conciencia del deber de defender la vida de los ciudadanos. Al contrario. Esta administración se ha caracterizado por imponer de manera descarada la política de la muerte. La necropolítica. Pero nosotros no olvidamos. No olvidaremos. 4645 murieron por la negligencia criminal de los funcionarios de gobierno. Ahora, en esta crisis global, no tienen como convertirse en otra cosa que lo que han sido siempre. Serviles lacayos de un imperio en decadencia.  Esclavos de los intereses del capitalismo salvaje. Alpiste de los buitres. Prohibido olvidar. Nunca olvidar. Nosotros no vamos a hundirnos en una especie de idiotez sin pasado.