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Para dar al dador

 

(Rodeos en memoria de Manuel de la Puebla)

Rosa Vanessa Otero/Especial para En Rojo

“Pertenezco legítimamente a este País, no sólo por las raíces de sangre -mis hijas-

sino porque lo siento, lo conozco y he trabajado

sin cansancio por el acrecentamiento de su cultura.”[1]

Manuel de la Puebla

Nunca visité su casa ni compartimos un café. En rigor, no puedo reclamar que fuimos amigos. Me matriculé en uno de los cursos de literatura que daba en la Universidad de Puerto Rico, y me di de baja al poco tiempo: no fue mi maestro. Tampoco editó ninguno de mis libros. Le conocí por aquellos años cuando yo era una estudiante de periodismo que trabajaba en “Hoy en las noticias” de Radio Universidad de Puerto Rico, empezaba a escribir versos tímidos, y él producía “Revista Oral de Poesía”. En alguna ocasión, sustituí en la lectura de textos a la poeta y colaboradora habitual del programa, Magaly Quiñones; es este mi único recuerdo de algo que él me habría agradecido y a lo que correspondió con una simpatía y generosidad mayor que mi gesto. Hoy dedico unas líneas a Manuel de la Puebla (1924-2021), poeta palenciano que residió y fundó familia en Puerto Rico, país cuya poesía conoció a fondo y promovió con persistencia.

¿Por qué comenzar un comentario in memoriam invocando la amistad que no tuvimos?

Porque quiero dar, adrede, un rodeo. Demasiadas veces, en el ambiente de la literatura y de los libros, la asistencia a presentaciones, el reconocimiento de lecturas, la redacción de reseñas, las fotos de grupo, la inclusión en listas, los elogios, y hasta los vituperios, se reparten entre amigos (sí, odiarse en público no deja de ser una forma de amistad, aunque torcida y rencorosa, sobre todo hoy, cuando el comentario literario bilioso ejerce un efecto publicitario multiplicador de clicks en la red social, esa nueva forma y lugar de la crítica-marketing híbrida entre la teoría literaria flash y La Comay).

Sé lo que digo. En más de una ocasión, al querer gestionar -profesionalmente, como editora, no como “amiga”- el comentario de una obra bajo mi cuidado, he recibido la poco profesional respuesta: “Es que no conozco a esa persona”. En otro caso, para qué les miento, sí he acudido como “amiga de…” a recabar la ayuda de un escritor “amigo de mi amigo” para que me facilitara el contacto con cierta editorial para la publicación de los inéditos de nuestro “amigo en común” animada por los elogios que el primero había prodigado al segundo en público. La respuesta, en privado, fue: “Ay, no puedo ayudarte. (…) Es que esa poesía de fulano…”. Es decir, que en Puerto Chico se puede colocar la amistad, o cuando menos, la asiduidad en el trato personal (¿o la notoriedad?) en primer lugar que el interés por descubrir una obra; o, en el peor de los casos, la amistad no viene acompañada por el apoyo -merecido, se entiende- al trabajo del amigo. No operaba así la inteligencia de Manuel de la Puebla. Acabé el rodeo.

Poeta, editor, profesor de literatura, fundador de revistas y productor de radio, por cualquiera de estas facetas, de la Puebla ha sido un promotor importante de la poesía puertorriqueña del siglo XX sin afiliarse a escuelas, movimientos o grupos específicos que cerraran su actividad sobre unos pocos. Era esta una actitud, ciertamente, sui generis y no exenta de polémica en un espacio literario acostumbrado a la riña intelectual oposicional que suponen los manifiestos, las estéticas, las políticas editoriales decididamente políticas o las aspiraciones fundacionales de grupos, promociones o generaciones en el apretado circuito editorial puertorriqueño, en el que la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras es, claramente, un tenso epicentro -no el único-.

De algún modo, la apertura inclusiva de las revistas Mairena (1979-1999), pero, sobre todo, Julia (2000), vista desde la segunda década del siglo XXI, se acerca más a la pluralidad de los contenidos digitales actuales que al aliento fundacional y definidor de las revistas impresas en el país entre las décadas de los sesenta y setenta. Probablemente, siendo extranjero, y por inclinación natural, de la Puebla comprendió pronto que su función aquí no podía ser insertarse en el debate crítico y teórico del momento, sino congregar y divulgar el trabajo poético de la mayor cantidad posible de autores y autoras que consideraba publicables (esto, claro, no deja de ser una hipótesis que sugiero para explicarme a mí misma cómo salvó el encono que su actitud editorial (¿y su poesía?) generaba en ciertos autores o círculos literarios patrios).

Sobre el origen de Mairena, de la Puebla expresó con naturalidad en una entrevista con Carlos Esteban Cana: “A mí me pareció que ahí quedaba un vacío muy grande, que no había un espacio para la poesía como lo había tenido en años precedentes. Para la misma fecha desaparecieron la revista Mester, Palestra, Bayoán, y yo me dije: ‘Bueno, algo hay que hacer’. Incluso hablé con Luis Hernández Aquino, a ver si me permitía darle una continuación a Bayoán, y también hablé con José Luis Vega, para ver si me permitía darle continuación a Ventana, pero ambos entendieron que ya esas revistas habían cumplido su función”. Aunque no eran estrictamente poéticas sino literarias, también habían terminado de publicarse Zona Carga y Descarga (1972-75) y Penélope o el otro mundo (1972-73); continuaba activa, en poesía, la revista Guajana (1962-1992). Dar continuidad, reconocer; esto suena a un espíritu de colaboración y coexistencia, no de conquista. En esa misma entrevista, al recapitular sobre la aportación de sus revistas aquilataba, entre sus principales logros, el alcance internacional y la atención que dedicó a la poesía escrita por mujeres y a los poetas jóvenes.

De hecho, en sus revistas y programa de radio fue notable el espacio dedicado a autores y autoras que, cronológicamente, empezaron a publicar sus trabajos después del auge de las revistas de los sesenta y setenta y antes del nuevo brote de revistas que se vivió a mediados de la década de los ochenta. Poetas incipientes de los ochenta o noventa de variada procedencia y orientación literaria, entre ellos algunos que no necesariamente llegamos a tiempo para publicar en Filo de Juego (1984-87, Rafael Acevedo, ed.) o Tríptico (1987-1989, Zoé Jiménez Corretjer, ed.) y demasiado temprano para participar en los orígenes de Sótano 00931 (fundada en el 2000 por Julio César Pol y Jorge David Capiello y otros), encontramos en las publicaciones de Manuel de la Puebla nuestra primera oportunidad de exposición sin tener que establecer con él poéticas en común ni relación de tutelaje.

Ahora quiero dar, adrede, otro rodeo. La próxima vez que supe de él, después de mi etapa formativa en Radio Universidad, fue en 1997, durante la edición de su poemario Reparos del espejo por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico (EDUPR) en la colección Aquí y Ahora, el mismo año en el que se publicó mi primer libro, En el fondo del Caño (Genealogía) en la misma colección. No importa, para efectos de esta nota, enumerar mis agradecimientos a Manuel de la Puebla, a menos que los refiera al contexto literario y editorial del país. Si digo que fue la primera persona en dedicarme una entrevista en radio, lo que quiero subrayar es que estaba empeñado en pensar que en la radio puertorriqueña se podía leer poesía, y no había que ser una celebridad literaria para obtener su atención y recibir un trato digno.

Logró mantener su programa casi por dos décadas, al mismo tiempo que editaba y dirigía la primera revista. Cuando cierra Mairena y funda Julia en el 2000 dedica, otra vez, atención a mi trabajo en la sección de “Poesía Joven” (hoy diríamos: “emergente”)[2]. De la temporada de Julia debo decir que su financiamiento, hasta donde sé, era una empresa poco menos que quijotesca. Así lo constatan sus propias palabras y la corta duración, tres años, de esta publicación: “Decidí concluir con ese número [Se refiere al Año III Número 2-3 2002, nota mía] porque no la podía mantener indefinidamente. Por una parte, el acrecentamiento de los costos de envío, pues el correo quitó esa franquicia, para mí era importante que saliera a Hispanoamérica y a España. Por la otra todavía tenía entre cuatro o cinco proyectos que no estaban concluidos. Quería dedicarle tiempo a mi propia producción crítica y poética”.

Podría afirmarse que, en la segunda mitad del siglo XX, de la Puebla fue un adelantado (aunque no el único) de la “gestión cultural”, la “edición independiente” y la “auto publicación” tan celebradas en el siglo XXI, pero no entonces. De sus poemarios publicados: Unos apuntes líricos (1972), Romances para decir en las calles de Río Piedras (1978), No es desamor tu viaje (1986), Anillos del amor y de la muerte (1991), Sencillamente el mar (1995), Reparos del espejo (1997), La lucha con el ángel (1998), Palabra virgen (2004) y Actas de viandante (Antología, 2007), muchos fueron auto publicados bajo Ediciones Mairena.

Y por qué no, fue también un maestro de la “reinvención”, por seguir usando términos al uso, tanto como lo han sido otros autores y autoras antes, durante y después que él. Pero siempre le noté este rasgo distintivo: para que la irradiación de su trabajo editorial o de periodismo literario alcanzara a un autor o autora como objeto de interés, no había que hacerse su “seguidor”, ni compartir con él una poética, ni mucho menos contar con valores de intercambio cultural. Demasiado democrático o populista para algunos (¿le llamaríamos ahora inclusivo?); un ángel para otros.

Hacia el año 2000 escribí los poemas de La vocal encinta, que obtendrían el Premio de Poesía del Ateneo Puertorriqueño. Para mi sorpresa, en el jurado que los premió estaba él. Poco antes o después, en una de las visitas que éste hacía a mi colega editor y gran amigo de ambos, Jesús Tomé en la EDUPR, y a quien siempre entregaba dos ejemplares de la revista, me propuso que asumiera por él la producción de Revista Oral de Poesía. Mi “no” fue triste, pero rotundo. El Y2K que no afectó a las computadoras como se esperaba, a mí me había devastado y, sencillamente, no pude responder a un ofrecimiento que, de todo corazón, sabía que era un acto de confianza entrañable y único. Estaba “desprogramada”, sumida en un bajón literario, profesional, personal y espiritual del tipo: ¿ahora qué? En 2002, con otro jurado, revalidé con el poemario Encarnaciones en el Ateneo, pero la nube gris de la apatía no me abandonó por años (Si los poetas jóvenes, e incluso algunos mayores, supieran cuán fatuos resultan los premios literarios ante la inmensidad del cosmos, el dolor humano, las encrucijadas de la vida o, simplemente, frente a la biblioteca, celebrarían con más pudor sus logros y envidiarían menos los ajenos).

De aquella decisión me arrepentí al poco tiempo y me quedaría la mosca zumbando detrás de la oreja: “¿Cómo es posible que rechazaras volver a hacer algo en la emisora?”. La anécdota viene a cuento porque tuvieron que pasar veinte años para que la puerta volviera a abrirse. Y la puerta se abrió en el momento justo cuando yo estaba lista para emprender la producción de un programa de radio sobre poesía. En el histórico verano del 2019 empezó a transmitirse Alapoesía que, sin parecerse en formato ni estilo a la Revista Oral…, no deja de ser su pariente, por cuanto aquella invitación de don Manuel quedó grabada en mi mente de manera indeleble como una fuente de inspiración y ánimo, pero, sobre todo, como un desafío del dador a dar.

En este ejercicio, he llegado a saber lo que le movía: un entusiasmo genuino por el descubrimiento de la palabra poética y sus hacedores de una manera más dinámica, impredecible y compleja que la que se obtiene mediante la sola lectura de un libro. Y una forma de encuentro y de alegría. Leer en voz alta o escuchar los poemas de alguien es tocar, sin las manos, la palabra y la persona que la crea. El poeta que entrevista poetas sabe que entre esos diálogos de esfinges se descuelgan, más que unos textos, la historia literaria en acto, y si la comunicación es sincera, se desvelará algo más profundo que la literatura: la humanidad de quienes dialogan.

Ahora vivo extrañado en una lágrima:
No me importan la vida ni la muerte,
aunque sé que cada una, a su manera,
exige o malbarata.

Manuel de la Puebla, “De cuando el destino es no sentirlo”.

Sin rodeos. Hay más poetas egoístas en el mundo que poetas desprendidos. Los primeros, generalmente, viven ocupados en gestionar su propio monumento. Los segundos hacen por los demás escritores lo que nadie hizo ni haría por ellos. A aquellos, tal vez, se les recuerde en las mejores antologías y, de seguro, verán cumplido el homenaje que rechazó Julia. Pero a estos otros, los dadores, se les recuerda no solamente por sus palabras, sino por la generosidad de sus actos.

Manuel de la Puebla, a través de su actividad cultural y humana espontánea y desinteresada expresó una fe inquebrantable en lo que muchos jóvenes escritores entre los ochenta o los noventa podíamos llegar a ser en la poesía. En mi caso, puedo decir que nunca he sido santa de mi propia devoción literaria y su apoyo fue decisivo en mi paso por este territorio preñado de belleza y posibilidades mientras se crea, pero inhóspito en el ámbito editorial la mayor cantidad de veces (esta es mi experiencia). Su ejemplo me señaló un camino posible para romper el cerco narcisista: poetas, no tienen que ser mis panas para venir a Alapoesía, de hecho, prefiero que no lo sean.

Por eso insisto: que no fuera mi amigo ni mi maestro, ni mi editor, y tenga yo tantas cosas que agradecerle subraya su bonhomía y el lugar que su recuerdo ocupa en mis afectos. Y esto, aunque no es más importante que el cosmos, ni el dolor humano, ni las encrucijadas de la vida, es algo que me importa más como persona, mucho más que la imperecedera biblioteca, que aún con serlo, estará siempre a merced de la desmemoria o de las polillas. Se llama respeto.

 

No pienses para quién labras la piedra;

domina su aspereza, el lento

pareo de la luz y de los golpes del cincel,

y que el estudio baste a tu contento.

No apresures

el orden de los días y las noches

con el fuego quemante del relámpago.

La catedral finada y la custodia

de fina orfebrería,

en donde brilla el oro altivo del ingenio,

sean la pausa.

Estiliza la imagen. Subordina

lo frívolo. Argumenta

con simetría ideas y palabras,

y el discurso: discreto,

-laboriosos delfines

que acceden a la luz y la manejan,

como quien baja un astro

a la puerta reseca del asombro.

 

Manuel de la Puebla, “Poética

En Actas de Viandante, 2007.

 

[1] Todas las citas de don Manuel son tomadas de: Carlos Esteban Cana. “En las letras... La poesía de Manuel de la Puebla”, martes, abril 12, 2011. Recuperado el 8 de junio de 2021 en: http://bocetosdeselene.blogspot.com/2011/04/en-las-letras-la-poesia-de-manuel-de-la.html.




[2] Manuel de la Puebla. “Poeta Joven Entrevista a Rosa Vanessa Otero”, en Julia, Año I Número 2, 2000.
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