Para un pacto mundial sobre los derechos de la Vida

Marcelo Barros/Especial para En Rojo

La sociedad dominante comprende todo como mercancía. La tierra, la naturaleza hasta las personas y la propia Vida tienen precio. Hace algunos años, la Organización de las Naciones Unidas aprobó “La carta de la Tierra”. Ahora, diversas organizaciones sociales trabajan por la aprobación de una “Carta de la Vida”. En 1854, en Estados Unidos, el cacique Seattle escribía al presidente de Estados Unidos: “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. Si no tenemos la frescura del aire y el brillo del agua, ¿cómo es posible comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra en el bosque, cada claro e insecto son sagrados en la memoria y experiencia de mi pueblo”.

Movimientos y organizaciones civiles trabajan para que la tierra, el agua, el aire, la educación básica, la salud, el conocimiento y la energía renovable sean considerados como bienes comunes, patrimonio de la humanidad. La tierra, el agua, el aire, los bosques y árboles son bienes comunes a todo ser vivo. Nosotros, los humanos, somos administradores /as, no para destruir, sino para compartir con los demás seres de modo armonioso y justo. Todas las sociedades, incluso las tradicionales, tienen alguna forma de mercado. Sin embargo, Jesús diría: El mercado debe ser en función del ser humano y de la vida y no todo al servicio del mercado.

Las comunidades eclesiales de base comprenden la espiritualidad como energía amorosa necesaria para luchar a fin de cambiar no sólo nuestros corazones, sino todo el mundo y la vida. En estos días, los cristianos preparan la Pascua. Si creemos en la resurrección de Jesús, luchamos para que esa victoria de la vida sobre la muerte se realice en todos los seres humanos y en todo el universo. Concretamente, eso supone esfuerzo a favor de los bienes comunes de la Vida. El cacique Seattle que escribió al presidente de Estados Unidos, concluía su carta, afirmando: “Enseñen a sus niños lo que le enseñamos a los nuestros: La tierra es nuestra madre. Todo lo que suceda a la tierra, sucederá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se están escupiendo en sí mismos. La tierra no pertenece al hombre. El ser humano pertenece a la tierra. Todas las cosas están ligadas como la sangre que une a una familia. Hay conexión en todo. Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no entrama el tejido de la vida; es sólo uno de sus hilos. Todo lo que haga al tejido, se hará a sí mismo”.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.