Pasaje de ida

 

Especial para En Rojo

Este extraño regreso a nuestro Puerto Rico fue mediado y hecho posible gracias a un pasaje de ida y una casa prestada. No hay choque cultural: más bien un despertar súbito de la (des)memoria, una reconexión con el paisaje, un redescubrimiento de lo viejo y lo nuevo.

En estos días de pandemia y trashumancia, pervivo en un pueblito del oeste, el canto costero del rectángulo isleño que reclamo como propio.

“Pervivo” no es la palabra precisa. Eso es vivir a pesar de algo. Pero “vivo” tiene un no sé qué de permanencia que persigo pero no alcanzo. “Pernocto” tampoco me sirve en estos días de pandemia, cuando la casa es hábitat y refugio no de noche sino a toda hora.

“Habito”, entonces, esta casita, aunque no alcance a llenarla con este cuerpo en vaivén. La habito en el mismo sentido en que habito los caminos.

Éstos son o siguen la ruta clásica, la ruta-personaje de nuestro paisaje y nuestra historia. Una ruta llena de agujeros, con cartones en los postes anunciando donas, detergentes y detectives. Una ruta de esas a las que se les va estrechando el espacio y desapareciendo los semáforos y las aceras, según nos acercamos a casa.

La ruta que me construye (por aquello de citar a Julia al revés y mal) tiene tres esquinas peligrosas y dos curvas ciegas.  Tres cuchillos, un mojón de cemento, un pequeño puente, un murito, una serie de palos de mangó. Un McDonalds (ahí a la izquierda) y un chinchorro (el que me sirve para identificar el primer cuchillo). Caballos (en el primer caballo doblas a la derecha, al segundo lo pasas, sigues de largo), gallinas (sigue de largo, y por cierto, no las vayas a pisar), iguanas (son impredecibles, así que no son punto de referencia).  Una casa verde y otra rosada, con dos cisnes que sirven para anunciar que se acerca la cuesta. Dos cuestas, una de camino y otra que sirve para indicar que se acerca la casa.

Las rutas nos definen a todas, en todas partes, pero las relaciones–entre persona y ruta, entre persona y paisaje, y por lo tanto entre persona y persona– son distintas. Los californianos, por ejemplo, usan números y puntos cardinales, y compiten unos con otros a ver quién conoce o tomó la mejor ruta más efectiva. Si vas a una fiesta, la primera pregunta no es cómo estás, sino cómo llegaste. Y la respuesta no es bien, sino algo así  como cogí la 121, luego la 22 y la 101, y luego al sur en Wilshire, a lo que el otro replica pues yo no, yo cogí la 5, la 28 y la 91, para evitar el tráfico en la 22, Cuánto te tomó, Cuarenta y cinco minutos, A mí cuarenta y tres. No sé si sean la famosa afición por la competencia y la adicción a la eficiencia de los norteamericanos, pero siempre hay un ganador ufano y un perdedor refunfuñón en esas conversaciones.

Nunca aprendí a hablar así, o a dejar de perderme en esas numeradas y numerosas carreteras. ¡Es que acá es tan distinto! Te llevan los objetos, los seres, los colores. La ruta se verbaliza no tanto a la hora de ufanarse sino a la de darle instrucciones al prójimo. Pues mira, vas a coger la número dos hacia Arecibo, te metes por el Macdónal a la izquierda, vas a ver un cuchillo, sigue, vas a ver otro, ahí a la izquierda, subes y bajas la cuesta, después de los palos de mangó hay un postecito pintado de azul, siempre tiene un caballo amarrao, ahí a la izquierda…

Los obstáculos son casi señales de tránsito y puntos de ruta en sí mismos. Allá y acá, está el tradicional tapón. Pero acá tenemos además unos muy nuestros: el perro gris haciendo la siesta en medio de la angosta calle; el chamaco lavando el carro amorosamente; la conversación entre la señora del balcón y el señor de la pickup; la larga fila de cabras o gallinas que, a saber porqué, están cruzando la calle.

Coges la derecha del triángulo. Cuentas una, dos, tres, cuatro bocacalles y en la quinta, a la izquierda. Cuidado, que hay unas entradas que parecen bocacalles pero no son… 

Para llegar no hay que tener GPS: hay que saber doblar a la izquierda en el caballo, reconocer la diferencia entre triángulo y cuchillo, perder la orientación sin perder la tabla, aceptar con calma y simpatía la ayuda ajena.

Hay un río, y un pedacito que parece carretera pero es puente, después de ese puente tú vas a ver los buzones. Por ahí te paras y preguntas…

Nuestras rutas nos recorren, nos recrean, nos construyen. Y nuestro paisaje, como nosotros mismos, tiene criaturas y recovecos que no se dejan entender ni colonizar.

Si llegas al junker, te pasaste.

 

 

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