Pedro Henríquez Ureña y el oficio de la crítica

 

Por Néstor E. Rodríguez/ Especial para En Rojo

El 5 de junio de 1932, apareció en las páginas de El Mundo una entrevista de Ángela Negrón Muñoz a Pedro Henríquez Ureña, quien se encontraba en San Juan por su investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Puerto Rico. En la misma, el prestigioso académico dominicano, a la sazón en el pináculo de su carrera, se explaya en consideraciones de índole política que resaltan como muy extrañas en un intelectual conocido por su comedimiento público ante tales asuntos.

Entre las cuestiones que aborda Henríquez Ureña en la entrevista está su visión sobre la cultura puertorriqueña, que él desarrolla a partir del tema del nacionalismo: “Yo creo que todo nacionalismo profesional es inconveniente, y que solo una especie de nacionalismo es justa, el nacionalismo defensivo. Así como hay una especie injusta, el nacionalismo agresivo. Pero importa (y creo que ese es el objetivo principal de todo nacionalismo defensivo) no abandonar un tipo espiritual para sustituirlo con otro: en ese cambio pierde siempre el pueblo que cambia. Es preferible ser un pueblo rebelde a la imposición ajena, a ser un pueblo próspero, pero sin espíritu por culpa de la sumisión. Los pueblos espiritualmente sumisos no significan espiritualmente nada”.

Como se puede apreciar, la visión de la cultura puertorriqueña por parte de Henríquez Ureña se alinea con la de Pedro Albizu Campos, a quien le unía una sólida amistad. Prueba de ello es la carta que el presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico le cursara en 1934 para presentarle al correligionario Francisco Pagán Rodríguez a su paso por Buenos Aires: “Muy querido amigo: Permítame la presentación [a] Ud. de Don Francisco Pagán Rodríguez, Presidente de la Federación Nacional de Estudiantes. Es un magnífico orador y un patriota. Con él le envío un abrazo. Su fraterno, P. Albizu Campos”.

Estos ejemplos, aparte de ciertos matices de su obra ensayística, evidencian el marcado afán sociológico que orientó el pensamiento de Henríquez Ureña al punto de derivar en una abierta militancia política al final de sus días. El examen de ese archivo poco conocido en torno a su obra tiene hoy por hoy una extraordinaria vigencia, especialmente en lo relativo al papel del intelectual en la sociedad.

Para entender las posturas políticas e intelectuales de Henríquez Ureña conviene examinar uno de sus textos capitales: “La utopía de América”. En esta conferencia dictada en la Universidad de La Plata en 1922, Henríquez Ureña parte de la historia de México y su afán de transformación como ejemplo del empeño creador que debería caracterizar la evolución política de Latinoamérica. Ese impulso vendría a través de la orientación de “hombres magistrales” o “espíritus directores”, como menciona en otra de sus conferencias de esos años, la titulada “Patria de la justicia”.

La idea del intelectual como guía del devenir político tiene una larga tradición en la historia del continente, pero quizás el texto que mejor la representa sea “Nuestra América” de José Martí. En este artículo de 1891, Martí desarrolla una tipología del sujeto latinoamericano en la cual el intelectual se presenta como modelo moral frente a la historia de tiranías que caracterizaron la vida política del siglo XIX. Para Martí, el intelectual capaz de interpretar los signos de la “naturaleza” americana sin la mediación de esquemas mentales foráneos es el único que puede engendrar instituciones y formas efectivas de gobierno.

Henríquez Ureña asimiló bien esa idea de la necesidad de encontrar modelos autóctonos de organización social y política, pero a pesar de las obvias consonancias entre las utopías políticas imaginadas por Martí y Henríquez Ureña, son contados los análisis comparativos en torno a “Nuestra América” y “La utopía de América”. La crítica se ha ocupado más de analizar el diálogo por oposición entre Sarmiento y Martí que en sopesar las equivalencias y distancias de este último con respecto al pensamiento de Martí.

Piénsese, por ejemplo, en el modo en que los textos de Martí y Henríquez Ureña se enfrentan a la necesaria pregunta de quién está capacitado para regir los destinos de los pueblos latinoamericanos, pregunta de corte moral que desata a su vez la articulación de toda una epistemología. En Martí esa pregunta se resuelve cerrándole el paso al intelectual para dejar el camino libre al héroe. En Henríquez Ureña la intervención del intelectual en el devenir de la sociedad estará mediada por una actitud vacilante ante la cosa pública que tomará variados matices a lo largo de su vida.

Henríquez Ureña entendía la función del intelectual como una suerte de arúspice que ejerce vaticinios a partir del examen meticuloso de esos momentos “de crisis y de creación” de los que habla en “La utopía de América”. El resultado de semejante operación no era propiamente una síntesis, sino el hacer inteligible lo confuso en momentos en que la cercanía de los eventos históricos amenaza con nublar toda posibilidad de análisis. En otras palabras, identificar en la contingente vorágine social un lenguaje.

Visto desde este ángulo, es posible apreciar mejor el alcance del concepto de “cultura social” que Henríquez Ureña desarrolla en “La utopía de América”: “No se piensa en la cultura reinante en la era del capital disfrazado de liberalismo, cultura de diletantes exclusivistas, huerto cerrado donde se cultivaban flores artificiales, torre de marfil donde se guardaba la ciencia muerta, como en los museos. Se piensa en la cultura social, ofrecida y dada realmente a todos y fundada en el trabajo: aprender no es sólo aprender a conocer sino igualmente aprender a hacer”.

La ansiedad de Henríquez Ureña por no acercarse demasiado a la esfera de las consignas políticas mientras al mismo tiempo las implica en el producto de su oficio como intelectual tiene un antecedente preciso en la obra de Matthew Arnold. Henríquez Ureña saca del pensador inglés la concepción del crítico como poseedor de la “verdad filosófica”, especie de don al que se llega a partir de la distancia de este con respecto a la imaginación del “hombre práctico”. Esta distancia se funda en el ejercicio de una actividad “desinteresada” que permitirá al crítico identificar lo mejor de las ideas de su entorno.

En 1957, otro pensador poco recordado en estos tiempos, el canadiense Northrop Frye, recurrió a esa misma concepción de cultura para adelantar su visión sobre la crítica en Anatomy of Criticism: “El eje dialéctico de la crítica tiene un polo en la aceptación total de los datos en torno a la literatura y otro en la aceptación total de los posibles valores de esa información. Este es el verdadero nivel de la cultura y la educación humanista, el fertilizar la vida a través del conocimiento, toda vez que el progreso sistemático de la crítica se traduzca en progreso sistemático del gusto y del intelecto”.

Como se ve, tanto para Frye como para Henríquez Ureña el pensamiento de Arnold resuena con claridad: solo la educación que emana del oficio, bien llevado, de la crítica puede controlar la vorágine social. En el Henríquez Ureña de “La utopía de América” ese impulso pedagógico de cuño clásico es lo que va a sustentar su proyecto intelectual; así lo expresa en otro fragmento de “La utopía de América”:

“Ensanchemos el campo espiritual: demos el alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y a la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestra utopía”.

Este fragmento recoge los principales axiomas de esa utopía ética que Henríquez Ureña parece proponer para Latinoamérica. En la médula de ese discurso lo que resalta es el potencial transformador del sujeto una vez este, por medio de la educación, adquiere conciencia de su condición de agente del cambio social. En ese sentido, el avance hacia la utopía que ambiciona Pedro Henríquez Ureña supone lo que se podría entender como una propuesta de democracia radical que constituye la máxima expresión de la actualidad de su pensamiento.