Pérdidas y hallazgos neobarrocos: Sobre Pierdencuentra de Antonio Martorell

Efraín Barradas / Especial para En Rojo

Pierdencuentra es un texto mayor compuesto por
breves textos que se parecen a las cajas/relicarios
de su reciente exposición y que están construidos a partir de un fuerte y seguro estilo neobarroco que coloca al autor en esa corriente estética que me he atrevido a bautizar como barroqueño, o sea, un neobarroco puertorriqueño. El de Martorell aquí es un estilo neobarroco más controlado, más tradicional y, si se me permite la aparente contradicción, más
clásico que el de otros artistas nuestros.

Hace poco tuve la suerte de ver la más reciente exposición de Antonio Martorell en el Museo de Arte Contemporáneo de San Juan. Martorell la titula “Labrando: Retorno al hogar”. Es que como el museo ocupa el edificio que fue el de la vieja escuela Labra en Santurce y como en la misma el artista, de origen cangrejero, cursó allí los años de la escuela intermedia, Martorell juega con el nombre del edificio (Labra/labrando) y con la idea del regreso a los orígenes, del retorno al hogar. Parte de la obra que se expone allí la había creado para otra exposición, una en la Universidad de Oregón; por ello la persistencia de los paraguas, reales o representados, en esas piezas. Oregón queda asociado con la humedad, con la lluvia: de ahí los paraguas. Otra parte de la muestra la componen retratos de amigos, dibujos en sanguina y carboncillo, con textos sobrepuestos a la imagen del retratado. Hay también unas cuantas instalaciones de interés. Pero, al menos para mí, la sección más reveladora de la exposición la compone una secuencia de pequeñas cajas que forman una especie de altares o de relicarios.

Estas obviamente nos recuerdan y nos retrotraen al gran artista estadounidense Joseph Cornell (1903-1972). Pero las cajas de Cornell son usualmente más pequeñas o, al menos, de menor profundidad que las de Martorell. Son además más crípticas; su mensaje queda más oculto ya que las referencias autobiográficas de las mismas no son tan fáciles de descifrar. Es que las cajas de Cornell son piezas surrealistas, mientras que las de Martorell, sin dejar de ser piezas que funcionan como símbolos o alegorías, son más directas; aluden de forma más clara o por medio de imágenes evidentes o descifrables a la vida del artistas. Cada una de estas cajas rememora a una persona importante para el artista o un lugar donde este vivió y que lo marcó para siempre. Estas piezas pueden verse como pequeños escenarios donde el artista reconstruye parte de su vida a través de homenajes a personas o lugares centrales para él: su abuelo, su madre, sus tías, el Taller Alacrán, Nilita Vientós, entre otros. Las cajas tienen focos insertados que sirven para iluminarlas y esto refuerza la teatralidad que domina en todas. Las mismas se convierten así en maquetas de escenarios. Las cajas de Cornell son textos autobiográficos pero más crípticos y surrealistas; las de Martorell son más directamente autobiográficas y profundamente neobarrocas. (Ojo: el surrealismo y el neobarroco se pueden dar la mano y hasta ser hermanos.)

Justo con la inauguración de “Labrando: Retorno al hogar” apareció un nuevo libro del artista: Pierdencuentra (San Juan, Ediciones Gaviota, 2019). Creo que mi visita a la exposición, especialmente mi interés por las cajas/relicarios que allí se exhiben, marcó mi lectura de este nuevo libro. Por ello veo el libro como vi las cajas. Este, para mí, está compuesto de pequeños textos autobiográficos que pueden verse como piezas individuales, independientes, que están construidas a partir de una sensibilidad neobarroca. Pero a pesar de los juegos de palabras y otras técnicas asociadas a esta estética, estos textos, como las cajas/relicarios, son creaciones que tienen como objetico deleitar y comunicarse con el lector/observador. 

Advierto a los lectores que no deben asustarse si este comentario emplea la palabra neobarroco para caracterizar el libro de Martorell; este se abre a todos y con todos dialoga; no es un texto críptico ni de difícil lectura. Al contrario, este es un libro accesible y muy ameno. 

Pero para entender Pierdencuentra hay que tener en cuenta un hecho muy obvio, pero no por ello menos importante: la obra visual de Martorell está íntimamente ligada a su obra literaria. Ambas son estructuras que forman sistemas donde las partes tienen relación una con otra y, a la vez, se pueden leer como piezas independientes. Su obra visual funciona como su obra literaria y ambas están íntimamente relacionadas o, mejor, unidas una a la otra: “Dibujar, escribir y leer fueron, desde el principio, una sola y entreverada pasión, triángulo riguroso, lineal destino” (82), declara tácitamente el autor/pintor/lector. La obra de Martorell, pues, esa unidad formada por la letra y la línea y el color. (Su obra visual también debe incluir el performance.) Pero todavía esta tiene que estudiarse detenidamente; el estudio de la relación entre lo verbal y lo visual será central a ese trabajo por hacer. Me aventuro y adelanto una conclusión: la creación visual y la literaria de este artista forman un conjunto que se complementa y que sirven para explicarse una a la otra.

Por el momento y aunque abrí este comentario con referencias a su producción plástica, me concentraré en la literaria, específicamente en Pierdencuentra. Pero veré las dos como un todo coherente que, a la vez, puede entenderse como unidades independientes. Martorell mismo justifica esa interpretación al establecer que la escritura tiene para él un sentido y una función en sí misma y distinta a la obra visual:

Lo que me fascina de la escritura es la sorpresa, ser presa del momento, el no saber a dónde voy ni de dónde vengo. Un cuadro comienza por sus límites: si es rectangular, cuadrado o redondo, vertical u horizontal, su tema ya establecido y también su derrotero. La escritura se me da más bien como un salto contento en el vacío, una entrega incondicional al texto por venir. (8-84)

El artista parece sentirse más seguro y confiado con los pinceles, los lápices, las gubias. En cambio, la palabra parece abrir para él un mundo de más y mayores aventuras, de múltiples incógnitas. Pero una lectura de Pierdencuentra me hace pensar que así no es, que el Martorell escritor se afinca y afianza a la palabra y la controla de manera segura y magistral. Frente a la página en blanco – tema ya manido desde los poetas románticos – el escritor se sentirá inseguro pues cree que no sabe a dónde se dirige. Pero al embarcarse en el viaje de la escritura nos ofrece como resultado una obra sólida y segura de sí misma.

A pesar de sus dudas de artista que se enfrenta al vacío de la página virgen, Martorell tiene una clara idea de hacia dónde va su escritura y lo que quiere lograr con ella:

Así me asomo ahora por la ventana de la página garabateada a una infancia embellecida por el tiempo y la distancia, recuperada para ser transformada por un acto de voluntad, una reconstrucción donde pretendo darme el lujo, sin caerme de la mecedora donde me apoyo tambaleante y temerario, de mirar atrás oteando el frente, hurgar adentro, asomándome afuera. (24)

Esa seguridad en el dominio de la palabra que le posibilitará reconstruir partes de su pasado y ofrecernos imágenes de seres queridos – las tías, la madre (a quien está dedicado el libro), el padre, el abuelo, la nieta, los amigos – se evidencia en el fuerte y marcado estilo de su prosa. Esta es profundamente neobarroca; para prueba una oración basta:

Navegando en ese mar amerengado, capitán y navío no se orientaban por las estrellas, que ya se habían apagado en los ojos cerrados de la amada, sino en la brújula oculta y palpitante, un cambio de timón en que tanto el grumete como el bajel se alternaban el mando, sin saber cada quien, cuándo y dónde se daría el traspaso de poderes, quien sería el capitán. (58)

Las páginas de Pierdencuentra, desde su título, están llenas de recursos típicos del neobarroco: invención de palabras, enumeraciones, juegos fonéticos, yuxtaposiciones ideológicas, oraciones de sintaxis compleja, alusiones e intertextualidades, entre otros recursos típicos de este estilo. Pero aquí el neobarroco de Martorell, contrario al de otros escritores nuestros que también cultivan esa estética tan privilegiada en las letras latinoamericanas de nuestros días, no juega con lo vulgar, con lo soez, con lo grosero. Eso no quiere decir que Martorell no haya empleado como base para su obra esas categorías. Sólo hay que recordar sus excelentes grabados de la serie “Gestuario” (2001) para ver cómo lo vulgar y lo popular también han servido de base a su obra. Pero en Pierdencuentra no se vale de esa vertiente del neobarroco. 

Aquí, en su nuevo libro, el estilo que emplea es más clásico, más refinado, si se quiere, más burgués, sin dejar de ser neobarroco. Creo que así ocurre porque Martorell escribe Pierdencuentra partiendo de las enseñanzas de su sabia tía quien le dio una gran lección de vida tempranamente y esa lección vital – “Toñito, te prohíbo terminantemente aburrirte.” (198) – culmina en una lección estética: el artistas siempre tiene que estar “listo para le experiencia ennoblecedora de la belleza que aguarda ser descubierta” (199). Nótese que para el artista aquí la belleza es “ennoblecedora”. Ahora, en este nuevo libro, ética y estética se dan la mano y son casi una y la misma cosa: “Escribir sigue siendo para mí un viaje, una travesía sobre la superficie móvil y aventurada del mar y quizás del mal…” (213) establece Martorell y al así hacerlo produce esa fusión de estética y ética.

Martorell establece que su escritura es un juego o una aventura a través de la cual trata de encontrar lo perdido. De ahí el título de su libro—pierde y encuentra – y de la estructura general del mismo ya que muchos de los textos que lo conforman son recuentos de pérdidas y hallazgos: la razón del padre, el versículo bíblico de doña Petra, el nombre de la tía Consuelo… En última instancia y en el fondo de todo, el libro se afinca y se reduce a la búsqueda de la obra de arte. Martorel parece identificarse con la imagen romántica del artista que busca algo indefinido, que busca baudelaireanamente lo desconocido. Pero el arte mismo le sirve para hallar eso que no sabe lo que es, pero que, al final, resulta ser su propia vida. Por ello mismo este es un hermoso libro autobiográfico compuesto por textos independientes pero unidos y que crean un retrato del artista y su mundo, un retrato que parte de la tradición poética del artista romántico. 

Pierdencuentra es un texto mayor compuesto por breves textos que se parecen a las cajas/relicarios de su reciente exposición y que están construidos a partir de un fuerte y seguro estilo neobarroco que coloca al autor en esa corriente estética que me he atrevido a bautizar como barroqueño, o sea, un neobarroco puertorriqueño. El de Martorell aquí es un estilo neobarroco más controlado, más tradicional y, si se me permite la aparente contradicción, más clásico que el de otros artistas nuestros. Pero no me cabe duda de que con este libro, como con gran parte de su obra visual, el artista contribuye muy efectivamente a construir esa corriente estética que no deja de tener también en él y en otros de sus cultivadores un objetivo ético. 

Quizás es que Martorell halla en Pierdencuentra lo que nunca se le había perdido: su manera propia de decir las cosas, su forma muy particular de contar su vida y su método único de fundir su obra, la pictórica y la literaria.