Poemas de Israel Ruiz

 

El vigilante de los relojes (libro en preparación)

“La noche es como un trago que bebo solo

en las cuatro paredes de mi ansiedad” 

(Rubén Blades, en el disco Tiempos)

El año final del principio 

Este es el año

en que, como buen luchador,

te lo jugarás todo a máscara contra cabellera;

el año del mano a mano feroz entre el silencio asesino de esta casa

(donde una vez amaste, parece)

y el salto al vacío de un nuevo amor hipnótico (y digo carne);

tentador como ruido de fiesta.

Este es el año 

en que por mucho superaron las citas médicas a las amorosas,

y te recetaron para tu horror la misma medicina para la vejiga que a tu padre.

Este es el año

de dibujar la raya en la arena,

de tirar al aire los indiferente y viejos dados,

porque aparecieron como un signo ominoso

las primeras y casi obscenas canas púbicas.

Este es el año del acabose,

el tiempo en que todos los juegos recomienzan:

los de las muchas puertas, los caminos y el posible extravío. 

Este es el año

en que tus enemigos sonreirán plácidamente

soñando con ver cómo te estrellas anegado de llanto.

Una vez más.

Este es el año

en que los que te quieren bien

regresarán a sus habitaciones 

desde el borde del alféizar en que estuvieron pensándolo seriamente;

sonriendo serenos y moviendo de un lado a otro la cabeza complacidos

al verte lanzar los dados al aire para jugar otra vez a la vida.

Este el año 

en que saldrás, 

finalmente, 

de tu círculo de tiza envenenado. 

El vigilante de los relojes

Para Mario Rosado Aquino

1.

Soy aquel que vigila los relojes

hasta que se despierta la ciudad

–ésa tu mala y hermosa novia infiel–.

Como si en custodiar sus agujas

pretendieras que se detuvieran piadosas;

que de alguna manera te revelaran

(a ti relojero de carne recelosa e insomne)

una clave benévola

para resolver el difícil acertijo 

que es esta suerte de estar vivo. 

2.

En la noche del vigilante de los relojes

el pensamiento es un potro frenético

atrapado en un caleidoscopio de caminos que se entrecruzan feroces.

Sitiado por la ansiedad,

acorralado por las voces del piensa que piensa,

el vigilante de los relojes concluye resignado:

“la noche es otro sitio.”

Para el vigilante de los relojes

la noche es un aljibe profundo de silencio.

En ella es como estar sumergido bajo un agua negra

con cuatro pesadas piedras en el pecho.

Para el vigilante de los relojes

la noche es una casa densa de ansias.

Para el vigilante de los relojes la noche es un perro de ébano que se persigue el rabo.

En la clepsidra nocturna acechan infinitas agujas y cifras

al vigilante de los relojes.

Para el vigilante de los relojes

no hay descanso ni almohadas;

sólo el largo maratón en su febril cabeza de sombras.

Está preso en su noria.

Es un ratoncito que pedalea sin pausa en su rueda giratoria.

Como loco que de tal se precie,

el vigilante de los relojes sabe que si se mirara en el espejo 

vería allí a la anfisbena de ojos rojos.

Para el vigilante de los relojes

la noche y la espera son dos rompecabezas despiadados

que se arman y se deshacen a una velocidad desquiciada.

(El trata de capturarlo todo con el lápiz soñoliento e inútil de la memoria.)

La torpe esperanza del vigilante de los relojes 

es la llegada del abracadabra del día milagroso.

(Por ello él y Drácula se buscan incesantes como amantes para intercambiar de papeles.)

El vigilante de los relojes tiene muchos olvidos y recuerdos,

pero no halla en ellos sosiego ni placer;

sólo parece ser feliz al juntar palabras azarosas en una página en blanco.

*Nació en 1961 en Humacao

Libro de poesía ‘‘Encuentros de memoria’’ . Obtuvo su bachillerato en Literatura comparada en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Rio Piedras.

Maestria y doctorado en Brown University en Rhode Island

Miembro y fundador de la revista ‘‘Filo de Juego’’