Poesía: Caballo de Palo

 

Por Clemente Soto Vélez

(fragmento)

Lo conocí

cuidando caballos de palo y vacas de piedra

dándoles de comer la infancia de su ensueño

ansioso de servir a los hombres.

Lo conocí

jugando con su edad entre las flores,

cargando agua para bocas sedientas

en las copas de los árboles.

Lo conocí

conversando entre sueños con el sufrimiento universal

de los obreros o la pluralidad del corazón

abriendo las mordeduras de sus páginas

ante el tribunal de los dolores.

Lo conocí

acusando la tinta del embuste repetido

que propaga en sus curvas de áspid la mentira.

Lo conocí

combatiendo las púas agudísimas con que muerde

el engaño a la pureza fiel que le ofrece

las manos como rosas abiertas,

creyéndolo pastor de ovejas con ajuar de paisajes

o buen apacentador de llamaradas tiernas.

Lo conocí

arrancando la noche temerosa del miedo

donde atesora el suplicio auroras de sudor no compensado

o el degolladero certifica

la presencia de prendas naturales.

Lo conocí

entregándole el atardecer el color de sus alas extendidas

para enamorar la eternidad de su niñez.

Lo conocí

echando a correr su voz sobre las aguas

para cultivar el alfabeto del pueblo

o niño que arrulla

en los brazos todo el llanto del mundo.

Lo conocí

corriendo detrás de su persona

como la luz tras de su cuerpo

o como el amor que salta

de alegría cuando encuentra sus ojos.

Lo conocí

viajando por dentro de los pájaros

que llevan el espacio colgando de sus picos

como pasaporte sideral

para que el acto de crear

are la tentación de sus cuidados.

Lo conocí

abasteciendo el disgusto en toda su fortuna,

con la hemoglobina virginal

que forma en la palabra cada rosa.

Lo conocí

dejando a su sueño dormir

en azoteas para probar

la amarga dulzura de la luna.

Lo conocí

poniendo la noche de almohada

por no desconsolar

a la fatiga

ni al signo triangular de la certeza

donde el afecto abre

sus rosas de cien hojas.

Lo conocí

remando contra sueños de horizontes auríferos

donde la tierra es huésped

de la luz sin traje y sin sombrero,

y la libertad

liquido en su girar de marullos de nubes

con alas persuasivas,

donde ninfas de piedra,

de perfiles perfectos agitan

la mente de los bosques traspasados de pena,

duros como el diamante que se pule las unas

con el carbón paciente

que lleva entre los brazos.

Lo conocí

abrazando

la carne enternecida de llanto del rocío

para no detestar la alegría dolorosa de ser

pesadumbre celeste para la hoja leve

que nutre el desamparo.

Lo conocí

temiendo

perder el arcoiris extraño de la muerte

que doma su caballo

cuando corre la lluvia con sus cascos sonoros,

hacia los vecindarios de camisas dolientes,

donde los huesos gimen

y las canciones lloran

como tambores fúnebres de un entierro de estrellas.

Lo conocí

eligiendo aulladeros de ensueños

como eclipses hambrientos,

para no empobrecer

los colmillos de una tierra sin luna

o aullidos de noche disecada,

donde la calidez de la joven palabra

recobra la sangre que pierde

velando a su cuerpo.

Lo conocí

saliendo a liberar a la joven piedra

de hastío encanecida,

que riela sola como la o expansiva

de universos lentísimos

entre cielos empedrados de lobos.

Lo conocí

sonando como hombre

que sigue el curso de la espiga,

no atreviéndose

el tedio a llorar

sus caminos por ser la música

gentil de su cadáver

nevada muerte de música de llama.

Lo conocí

meciendo las quejas gallardas de su muerte

en los recintos lucidos del dolor liberado,

para desenterrar el silencio que encuentra

en sus rodillas la libertad cantando.

Lo conocí

adorando a la niñez aureolada de hombre

como un girasol tierno

sin haberse ofendido

para andar por su predio de inmensidad futura

como el niño que en su belleza encanta

el ser insospechable de una pregunta ingenua.

Lo conocí

desalentando la ciencia del temor.

Y el temor va empalideciendo

como cal deshonrada

o como jinete que huyendo de la tierra,

intenta domar nubes.

Lo conocí

ayudando a no enterrar su muerte

para dar testimonio del cadáver

que canta en su acompañamiento

como voz sideral

de una tierra de ángeles.

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