Poesia: Kathia Chico

Canción del ahogado

 Bajo el mar

la telaraña de luz se fue elevando

y en el zigzag de los cardúmenes

vi un árbol de espejos sueltos

dispersando sus ráfagas de plata.

En los fantasmas de coral reconocí

la sangre más superflua,

la sangre ausente de la ausencia,

la naturaleza esqueletal de todo intento

y toda la nada que no es mar:

toda la Nada.

La breve cópula de las estrellas

me recordó una mano latiendo dentro de mi mano

para siempre fugaz.

Probé la tierna carne de los peces

que leyeron en mi lengua su destino de Jonás

para que todas mis vísceras

asumieran la armadura de la escama

y ya no dolía Nada.

En medio de mi oscuridad

las medusas danzaron la escarcha de sus lámparas,

vi la mano de Dios

deslizándose secreta como un calamar gigante.

Y no quise volver.

 Memoria me moría

 Con palabras aleves memoria me moría.

Memoria me acusaba, memoria me acosaba

con sus dulces secretos, relámpagos y luces.

Lactaba la mentira acogida a su seno.

 

Memoria me acostaba sobre sus faldas frías,

sus faldas que giraban, giraban, que giraban,

con sus muy memoriosas arandelas de tules

que iban trocando cosas para adquirir más vuelo.

 

Memoria me hechizaba, me besaba la boca.

Vivir entre sus faldas era cuanto quería;

enredarme en su pelo telaraña y rocío,

buscar entre sus ruedos un poco de mí misma,

este poco que ahora lentamente se agota.

De mi cadáver tibio nace limpio el Olvido.

 

EL AMA DE CASA

 

Hoy limpié las ventanas,

las puertas,

y las escaleras que dan a la calle.

Al fin encontré un buen uso

para el calzoncillo que dejaste.

Los habladores

Hay hombres que son muy elocuentes antes del amor

pero la cama los enmudece.

Tras sus pequeños textos

suelen sufrir epí­logos de nieve.

En fin, la flor de los oximorones.

También están los otros

los que se vuelven narrativos sólo después de amar

y van haciendo de dormir un verbo hipotético.

Improvisan biografí­as a tu nombre:

-Yo siempre te esperé (para que me adoraras)

Esos pequeños dioses

cargan su ego ad-herido en un back-pack

como los moluscos terrestres

son lentos y pesados

y dejan una resplandeciente estela

-de baba-

tras su andar.

Hay hombres que hablan bien mientras están conduciendo.

Te miran a intervalos, pero sus ojos son inatrapables.

Nunca se entregan por completo

y no ameritan más de un polvo o cuatro versos.

Están los que necesitan un prolegómeno cuadrado

con platos, flores, copas

y discusiones polí­tico-filosóficas.

Son, por lo general, buenos amantes

se saben la poesí­a de Neruda

y conocen técnicas orientales.

En fin, la flor de la cultura.

También existen los que sufren

un sí­ndrome de pelí­cula francesa.

Necesitan ser dramáticos, brillantes

producir las mejores carcajadas, las mejores lágrimas.

Irradian la tarifa de un poema

si viajas en su cuerpo.

Son buenos idilios, pero muy fugaces.

Y los malabaristas de la bruma

ejercen los más extraños verbos

para [decl]a(m)a{r}se feministas

discursan posmodernos y abusan del paréntesis.

Suelen ser polí­ticamente correctos

hasta que la abyección de la palabra amor

les asalta el desvelo

y pretenden administrarte las acciones

y hasta los pensamientos.

En fin, la flor de la ironí­a.

Y los poetas,(!qué contar de esos

especí­menes resúmenes de lo que estoy diciendo!)

Hábiles diccionaristas

pertrechados de palabras como para una guerra

te toman por asalto, te invaden, te acribillan.

Perversos

te acosan cada célula

hablándote de amor.

En fin, flores de perdición.

Nombre de pila

Tú deberí­as llamarte Dagoberto

tener un ojo menos

lucir alguna tara de advertencia

y no saber besar

hablar como en graznidos

tener por piel en vez de terciopelo

todo un muestrario de microcultivos

de una vez dedicarte a carnicero

deberí­as

oler como los muertos

y a tu paso

hacer que las pupilas se arrojaran de los ojos

y los niños volvieran a sus vientres

espantados

Dagoberto

y no joder así­

mi corazón.

Kattia Chico. Puerto Rico, 1969.  Poeta puertorriqueña nacida en Costa Rica. Es profesora en la Universidad de Puerto Rico. Su poesí­a ha sido premiada y publicada en varias antologí­as poéticas, perióicos y revistas en Puerto Rico y el extranjero. Su libro Efectos secundarios fue publicado por la Editorial Terranova.

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