¿Por qué siempre la guerra?: 1917

Por María Cristina/ En Rojo

Director: Sam Mendes; guionistas: Sam Mendes y Krysty Wilson-Cairns; cinematógrafo: Roger Deakins; elenco: George MacKay, Dean-Charles Chapman, Colin Firth, Andrew Scott, John Hollingworth, Benedict Cumberbatch, Richard Madden, Claire Duburcq.

Y porque el 2020 comenzó con una amenaza de una guerra sin tregua con punto de partida en el Oriente Medio y posibles repercusiones en todo el planeta; y porque la guerra es el gran negocio para suplir la demanda de armas, productos y seres humanos; y porque los grandes presupuestos de los países se destinan al aparato militar, 1917 es el proyecto fílmico más importante del momento. Y para hacerlo menos europeo, ya que su historia se desarrolla en el norte de Francia con los ejércitos de Gran Bretaña y Alemania y sus imperios, la idea para este proyecto surge de un cuento narrado por el abuelo de Sam Mendes, el también escritor de novelas y cuentos, el trinitario/caribeño Alfred H. Mendes. Son parte de sus recuerdos como soldado en la 1era Guerra Mundial de 1914 al 1918, que se conoció como la guerra para terminar con todas las guerras (“the war to end all wars”) por la matanza, destrucción, crueldad y efectos psicológicos (conocido como “Shell shock”) de los hombres que lograron volver a sus países de origen. Solo el Reino Unido perdió casi una generación de hombres de 18 a 29 años; se estima que murieron un millón de jóvenes provenientes de los países y territorios del imperio británico.

¿Y cómo demostrar esa magnitud de destrucción cuando ya existen tantas y tan buenas películas que recrean esa carnicería como la australiana Gallipoli (1981) y War Horse de Steven Spielberg (2011)? Sam Mendes escoge simular una sola toma en tiempo real desde que dos jóvenes soldados, Schofield y Blake, aceptan la misión de cruzar las líneas de fuego para entregar un mensaje al Coronel MacKenzie del Regimiento Devonshire de parte del General Erinmore. Es una historia breve en el tiempo, pero intensa en la profundidad de los dos jóvenes que arriesgan su vida con la esperanza de detener otra masacre más en esta guerra, como lo son todas, irracional. Por eso la cámara nos hace parte de sus andanzas, corridas y detenciones. Somos el tercer oído de los cuentos que se cuentan para hacer pasar el tiempo y bajar la tensión de una misión que pudiera fracasar y que ellos nunca sobrevivan. Así nos movemos en las trincheras que los soldados han construido para protegerse del fuego enemigo, poder observar y atacar, descansar y esperar y esperar hasta que los oficiales den órdenes para avanzar o retirarse. Vemos a cientos y cientos de jóvenes con barro de pies a cabeza, intentando mantener su uniforme, sus armas, su mochila en orden a la espera de lo desconocido. 

Mendes nos presenta las trincheras, el campo de batalla y los espacios abiertos en la tarde, noche y mañana, lo que sentimos como tiempo real. Pero mientras moverse casi bajo tierra en las trincheras se presenta con la misma luz tenue que apenas distingue entre un soldado y otro, un camino estrecho donde todos están en movimiento o en descanso casi inerte, en campo abierto y desierto hay un sentido de distancia, tranquilidad, belleza que no revela el peligro mortal en que se encuentran. Los cabos Schofield y Blake atraviesan sus trincheras para recibir las órdenes del General Erinmore, casi sin emoción y él también cansado de guerra sin sentido; aceptarán el reto y el peligro: atravesar campos que pudieran o no esconder soldados alemanes; seguir una ruta en territorio desconocido y hacerlo todo sin que nadie pueda detectarlos al cruzar esa larga distancia. Sentimos la valentía individual y de sus compañeros, la sabiduría de las órdenes de los oficiales, el miedo aterrador a lo desconocido, el dolor ante la pérdida de seres queridos y la familia que dejaron atrás y que es posible que nunca vuelvan a ver.

Mendes nos presenta en 1917 un poema fílmico antibélico que va a la par con el poema de Wilfred Owen (1893-1918) “Dulce et Decorum Est”: la mirada de un joven que experimenta por primera vez la guerra y muere en batalla:

Bent double, like old beggars under sacks,

Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,

Till on the haunting flares we turned our backs

And towards our distant rest began to trudge.

Men marched asleep. Many had lost their boots

But limped on, blood-shod. All went lame; all blind;

Drunk with fatigue; deaf even to the hoots

Of tired, outstripped Five-Nines that dropped behind.

Gas! Gas! Quick, boys!—An ecstasy of fumbling,

Fitting the clumsy helmets just in time;

But someone still was yelling out and stumbling

And flound’ring like a man in fire or lime…

Dim, through the misty panes and thick green light,

As under a green sea, I saw him drowning.

In all my dreams, before my helpless sight,

He plunges at me, guttering, choking, drowning.

If in some smothering dreams you too could pace

Behind the wagon that we flung him in,

And watch the white eyes writhing in his face,

His hanging face, like a devil’s sick of sin;

If you could hear, at every jolt, the blood

Come gargling from the froth-corrupted lungs,

Obscene as cancer, bitter as the cud

Of vile, incurable sores on innocent tongues,—

My friend, you would not tell with such high zest

To children ardent for some desperate glory,

The old Lie: Dulce et decorum est

Pro patria mori.