Primera fabulación científica en Puerto Rico: La antigua Sirena de Tapia

Por Rafael Acevedo/ En Rojo

La primera novela puertorriqueña que contiene pasajes de fabulación científica es La antigua Sirena, de Alejandro Tapia. Y eso es mucho decir porque se trata, precisamente, de la primera novela de autor puertorriqueño. Si bien es cierto que ni siquiera Tapia llamaba a su narración novela, coincido con la estudiosa Marta Aponte:

  La antigua sirena, de Alejandro Tapia y Rivera, fue la primera novela publicada por un  autor puertorriqueño. Se adelantó un año a La peregrinación de Bayoán, de Eugenio María de Hostos, publicada en 1863. El mismo Tapia no la llamó novela, sino “leyenda” y “alegoría”, pero por su trama y riqueza atmosférica es una narración novelesca. La actitud del autor ante su “criatura”, la insistencia en negarle parentesco con el género de la novela histórica, es desde luego significativa y merece comentario aparte (1).

Llama la atención entonces que en esa primera novela tan cercana en mi delirante parecer a la roman philosophiquede la Ilustración, Tapia incluya disquisiciones sobre la filosofía de la ciencia centrada en un enigmático personaje, el sabio Hafiz. A través de él y sus intercambios con otros personajes, el narrador fabula, recrea, el conocimiento y la práctica científica ubicándola en una imaginativa Edad Media.

El capítulo XI de La antigua Sirena nos presenta un laboratorio y supone un nosotros un cierto conocimiento al respecto:

La escena pasa en una especie de laboratorio de alquimista, a que ha señalado local en la propia quinta el dueño y morador de esta Cosme Gradenigo. Ya conoce sin duda el lector lo que era un laboratorio en la Edad Media, mansión que el diablo solía frecuentar con sus honrosas visitas, ora a fuer de respetable docto, ora haciendo cabriolas y diabluras que terminaban por hacer rabiar al mágico, quien para su castigo o para recabar de su cornuda excelencia alguno de sus maléficos favores, daba con él, mediante alguno de aquellos misteriosos conjuros o exorcismos de la ciencia, en alguna alcuza o redoma, en donde el infeliz espíritu quedaba recluso o cogido en sus propios lazos hasta conceder el servicio que se le pedía. (2)

Aquí insisto, como he hecho en otras publicaciones, en la ironía cervantina que atraviesa los textos de Alejandro Tapia. El laboratorio como mansión que frecuenta el diablo es descrito con detalle por el narrador.

Supóngase el lector el indispensable hornillo, los sopletes, retortas, crisoles, tubos y matraces que son consiguientes, así como algunas substancias, bien despojo de animales y de plantas, bien metálicas o minerales, todo en desorden con mezcla de libros o diplomas que dejan ver sus caracteres ya orientales, ya simbólicos o cabalísticos. En un sillón de tosca vaqueta y junto a una mesa está un anciano ocupado en hacer la autopsia y disección de un animal ya cuasi informe gracias a sus pinzas y escalpelo, pero que acaba de morir según parece, puesto que aún se ven por donde quiera rastros de su sangre, parte de la cual yace roja todavía en un pequeño matraz que hay en la mesa.

Hafiz, el sabio anciano, no solo es la voz de la experimentación científica y, en sus monólogos, de la disquisición filosófica en torno a los conceptos de lo humano y el alma. Es además el proptotipo de un cierto académico que Tapia quiere dibujar. Hay algo de engaño y pose en Hafiz -y en los doctos en general-, pero el narrador se ocupa de aclararnos que el científico busca el conocimiento aunque se aproveche de la ignorancia del vulgo y los potentados. Queda absuelto el viejo sabio.

Era el anciano al parecer extranjero. Vestía el traje talar de los pueblos Semíticos, ceñido a la cintura  dejando apenas ver el pantuflo oriental. Caracterizaba la totalidad del vestido el prolongado birrete en forma de cono truncado que usan los persas. Era el traje de un khan de aquella región, no siendo otra cosa el anciano.

¿Sería este alguno de los muchos sabios que vagando de academia en academia colegiábanse en el estudio de secretos de universales investigaciones de boga en aquellos días, beneficiando en su pro, de paso, la ignorancia y supersticiones del vulgo y potentados de Europa en la Edad Media? Ya lo sabremos.

Hafiz se encuentra al servicio de Cosme Gradenigo. Al potentado solo le interesa “filtro de la simpatía” que inspire en su secuestrado amor -Sirena- una pasión que ahora no existe. Sin embargo, la preocupación mayor de Hafiz es reconocer en el cuerpo la presencia del alma. Saber de qué modo se aleja del cuerpo en el momento de la muerte, como una exhalación.

He aquí unos músculos que eran fuerza y movimiento; completos, cabales, ni un solo átomo falta a su substancia, sus resortes han sido hasta hace un momento tan hábiles como los que mueven en la actualidad esta mi máquina; y sin embargo, la fuerza impulsora ha huido de las fibras de este animal junto con la vida. ¡Ah! ¿quién pudiera sorprenderla en el instante de abandonar el cuerpo? Dijo y desalentado y pensativo dejó caer su frente calva sobre el lado posterior de su antebrazo que reclinó a su vez sobre la mesa.

Y aunque Hafiz a realizado experimentos con el corazón y es descubrir el momento en el que el alma abandona el cuerpo su mayor empeño, servirle a Cosme Grademigo atrasa sus labores. Cosme reconoce que el sabio le ha salvado la vida. También reconoce que la búsqueda de Hafiz es muy importante. Sin embargo, el servicio que solicita es, como ya hemos dicho un filtro simpático, un filtro amoroso. La referencia legendaria -y literaria- más conocida es la de Tristán e Isolda, enamorados accidentalmente al ingerir una pócima. Pero en La antigua Sirena no hay un tono trágico. De hecho, el diálogo entre Cosme y Hafiz nos permite saber que el sabio ha usado el filtro antes, facilitándose al al monarca de su país, y a Francesco de Carrara para hacerse amar por su esposa. Hafiz no deja de prevenir a Cosme: en la esposa de Carrara el efecto del filtro la hizo demasiado simpatizadora, hasta el punto de que el bueno de su esposo, tuvo que preservarse de sus fraudes durante sus ausencias por medio de obstáculos materiales que el decoro no permite mencionar.

En ese diálogo cuando, debo decir, se plasma por primera vez en nuestras letras un ejercicio reflexivo sobre las ciencias. El personaje hace énfasis en la necesidad de confiar en la ciencia a pesar de que esta es falible. No le asegura a Cosme que la pócima surtirá el efecto deseado. Tendría que existir una condición, una voluntad de parte de la cautiva. Si doblando la cantidad no ocurre el efecto esperado entonces sería casi imposible que ocurriera. “Soy más sincero que otros” dice Hafiz. Y pasa a dar su definición de la ciencia:

La ciencia es como esa luz que todo lo ilumina, es como ese fuego verdadera imagen de Zerwan (Dios) que crea y transforma; pero esos dos seres que algunos llaman simplemente agentes y que son una misma cosa, un solo centro en esa inmensidad de circunferencias que ocupan el gran todo, el gran conjunto que se llama creación, encierran en sí el secreto de un autor misterioso inconmensurable cuyas obras son una verdad visible y un enigma a la vez. -La ciencia se encierra pues en este sencillo aforismo: luz y calor. La ciencia es pues todo, inmutable, eterna, infalible; pero el hombre se deslumbra ante la mucha luz, se abrasa en el mucho calor: día vendrá sin duda en que su pupila resista y descifre ese grandioso problema que se llama sol, y que a su tacto sea el fuego lo que el agua o el aire: un fluido palpable e inofensivo.

Ciertamente, la propuesta científica de Hafiz no es moderna. No se trata de un discurso antidogmático que procede por el experimento y el error. Más bien:

(…) no dudes de la ciencia, cree en el que estudia sus secretos, aunque sólo como yo, sea también un pobre ser, y humíllate ante la sabiduría de los Zoroastros. Ellos dicen que la ciencia hizo el mundo, añadió Hafiz mostrándole un volumen escrito en la lengua muerta Zend y que era sin duda el Zend-Avesta, korán o evangelio del magismo. La infinita sabiduría de Zerwan (criador) hizo el mundo y ella lo destruirá cuando sea necesario para formar con sus ruinas otros nuevos; ella dispone a su antojo de la materia y del movimiento; todo lo anima hasta cuando parece inanimar; por él, al soplo de su aliento mágico, a su palabra mística y sagrada, pero inaudible como la idea, como una imagen, como un eco en la región del pensamiento; de un átomo brota un mundo; de una piedra sale un árbol, de una planta sale un hombre. La molécula más insignificante de un veneno puede a su voluntad morir como veneno y animarse como antídoto. La piel de un leproso puede convertirse en la tez de una joven tan bella como la que adoras. Confía pues en el saber, y humíllate ante los doctos del Oriente.

Alejandro Tapia y Rivera

Solo he querido aquí proponerle a los lectores de esta revista cultural que volver a Tapia nos provee sorpresas constantes. Estos primeros acercamientos a la historia de la ciencia son importantes porque forman parte de la construcción de un cuerpo intelectual moderno. De eso se encarga Tapia más que nadie en el Puerto Rico del siglo XIX. Abría que esperar bastantes años para que otro escritor se especializara en el asunto, es decir, en la ciencia como discurso. Ese honor le corresponde a Pablo Morales Cabrera en la segunda década del siglo XX. Esa será otra nota.

 

(1)       Aponte, Marta. De vuelta a La antigua Sirena de Tapia. 80 Grados. 25 de mayo de 2012

(2)       Tapia, Alejandro. La antigua Sirena. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.