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Por Zahira Cruz Gómez/Especial para En Rojo

            Hay quienes se sientan frente a la computadora a escribir y de un tirón producen una ensarta de genialidades. Hay otros que escribimos y borramos, escribimos y borramos, escribimos y borramos hasta la hora de irnos a la cama extenuados, muertos del cansancio después de un día de trabajo tan jodido. Quizá no sea falta de talento sino, probablemente, exceso de pudor o de escrúpulos, freno del que todo escritor que se respete debería deshacerse si no quiere mandar su oficio a la mierda. 

            Yo no soy yo cuando escribo. Que quede claro que soy otra. Es algo como esquizofrénico. En la vida esa a la que le solemos llamar real a veces devaneo, me balanceo sobre la cuerda floja de las creencias, del pensamiento paranoico, de la inseguridad o la desconfianza contra mi, contra todos y todo. Cualquier paso en falso termina por hacerme harina los huesos de las rodillas, caer, precipitarme con todo el peso de esta cabeza dura que cargo sobre los hombros. Cuando me siento frente a la computadora y consigo no dedicarme únicamente a escribir y borrar, escribir y borrar, escribir y borrar hasta el cansancio, entonces dejo de ser yo para convertirme en esa que, con dos buenos ovarios, quiere y se decide a dejar de complacer, cumplir y creer. Pero una vez termina, el punto es final. El hueco tenebroso de la incertidumbre vuelve a abrirse ante mis ojos y yo a encandilarme hasta lanzarme a su vacío, o al mío, que a fin de cuentas es el mismo, porque para mi hay un espacio entre una creencia y otra, entre una incertidumbre y otra. Y ese espacio termina por definirlo todo. 

            Hay quienes se sientan frente a la computadora a escribir, y escriben; escriben, escriben, escriben, escriben hasta la náusea empachados de escribir sobre lo mismo durante toda la vida. Acostumbrados a eso puede que consigan hacerlo brillantemente, iluminando desde cada esquina, desde distintos lugares, asumiendo distintas perspectivas sobre ese tema, sobre ese objeto que les ha encendido la fiebre desde siempre. De esta manera se rozan los límites y se llegan a traspasar las fronteras que circundan al objeto, a la idea que los obsesiona consiguiendo así ensanchar, abrir nuevas posibilidades de ser, de existir, de pensar y entender. Se podría decir, supongo, entre otras cosas, que esos son ¿escritores de los de “verdad”? El que en innumerables ocasiones arma y desarma el rompecabezas que llega a ser su ingenio, al igual que lo es el objeto sobre el que con él discurre, y vuelve a sus piezas una vez más, considera otra vez el detalle, la particularidad que son o que contienen cada una de ellas para la totalidad de la imagen -uniforme o disforme- que en su conjunto conforman. El que vuelve una y otra vez sobre lo mismo termina por conocerse un poco más y a su objeto. Se acerca un poco más, aunque sea de sosquín, a la cosa en sí. Quimera, utopía, afán por llegar, por alcanzar aquello que se nos escapa —en esta creencia soy decimonónica—. Por eso, diría yo, se ensaya una misma pieza musical, una misma rutina o movimiento de baile, una misma escena de teatro, un mismo pensamiento, una misma idea, para aprehenderlo (en sentido filosófico) y así, aproximarnos a algo que se parezca a la perfección, a la Verdad, a la Belleza.

            Ese que arma y desarma escribe y borra muchas veces, mira con lupa, acerca y aleja la imagen tratando de dar con la pieza que encaje. Y aunque ya tenga método, a veces anda ciego de tanto mirar lo mismo y, por ello, intenta meter a la fuerza el pie derecho dentro del zapato izquierdo. Porque para pensar, para correr el velo y lograr ver algo distinto a la sombra, también hay que ser tozudo, paciente y persistente, o más bien, trabajar del lado de lo sublime. Quien se acerca dos, cinco, diez veces a una misma cosa, puede que acostumbrado a mirar deje de ver, pero también, puede que ajuste la mirada hasta que consiga ver algo distinto, a caso más nítido, algo que no había visto antes aún teniéndolo de frente tantas otras veces. Las posibilidades parecen infinitas, todo depende de cuánto, de hasta dónde seamos capaces de dejar volar la imaginación, o cuán capaces seamos de construir con lo que se tiene o de destruir lo que se tiene, para reconstruir. Puede que sea cuestión de asumir el riesgo. Y el que escribe y borrar, o el que escribe, escribe y escribe se ha decidido. Puede que comiencen por los bordes, que ofrecen una ilusión de mayor seguridad, la sensación de que de ahí no pasas. La estructura delimitada proporciona estabilidad y tranquilidad. Pero si se arriesgan, la selección de las piezas puede ser otra, otros patrones de color, luces, sombras, contornos, espacios, la planicie o la redondez, la curvatura o la línea. Por algún lado hay que empezar, aprovechar la intuición y la casualidad, el bagaje, la experiencia vital. Abrir mucho los ojos, practicar la memoria y ensayar. Comenzar a armar. En principio todo se muestra fragmentario, disperso. Le tocará al que escribe, también al que lee, rellenar los espacios entre un fragmento y otro como en un rompecabezas. O llenar de nuevas posibilidades, de ficciones, el vacío de la existencia «real», tal vez simplemente otorgándole un nuevo sentido, reconociéndolo como algo que también enuncia, que no siempre es vacuidad o llenura de sí —aunque ya esto sería entrar a hablar de otra cosa—.

            Pero bueno, a fin de cuentas, como diría el francés

Michelle de Montaigne: «Que sais-je?» (¿Qué es lo que sé?).

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