¿Qué importa que quieran desarrollar Mar Chiquita? 

 

Por Isabel Rivera-Collazo/ Especial para CLARIDAD 

La semana pasada quedamos impactados con el Proyecto del Senado 1643 que proponía nombrar Corredor Costero de Manatí un área de más de 11mil cuerdas como zona de turismo sostenible. El proyecto de ley, retirado en el fin de semana (27 – 28 de junio) por Thomas Rivera Schatz, permitiría proyectos en áreas de alto valor ecológico.  Por décadas, las comunidades organizadas de la zona han defendido estos terrenos incansablemente. Esta no es la primera vez que se propone un proyecto de desarrollo para la zona: el exgobernador Ricardo Roselló intentó eliminar la reserva que protege a Mar Chiquita en 2017, pero su decisión fue revertida por el Tribunal Supremo en 2019. Antes de eso, muchas propuestas similares han surgido y decaído. La propuesta presentada la semana pasada por el Senado tiene todas las palabras emotivas de rigor: ecoturismo, desarrollo sostenible, conservación y manejo de recursos naturales. Sin embargo, esas lindas palabras intentan ocultar el hecho de que el proyecto permitiría la explotación de áreas que al presente están protegidas. En particular el proyecto del senado nombra posibles lugares de interés Punta Chivato, las playas Los Tubos, Mar Chiquita, Palmas, Poza de las Mujeres, Tómbolo, Callao, La Esperanza y Machuca, el Ojo de Agua y el área recreativa Los Tubos.

Este proyecto, y los que lo intentarán remplazar, me alarman a nivel personal como Boricua, como arqueóloga experta en arqueología de Puerto Rico, como profesora universitaria, como activista comunitaria; y como especialista en los impactos del cambio climático sobre la sociedad.

Esta área es uno de los pocos lugares que quedan en Puerto Rico donde no ha habido desarrollo significativo, y donde se preservan en buenas condiciones los paisajes ancestrales de nuestro pueblo. La “historia oficial” que aprendemos en los libros de historia de las escuelas en Puerto Rico está incompleta. La narrativa es producto de relaciones desiguales de poder, de procesos de colonización, de procesos sociales que han silenciado sistemáticamente a aquellos de nosotros que no hemos tenido el poder político o económico para influenciar una “historia oficial”. Los libros empiezan diciendo que en la isla vivieron indios, que se murieron cuando llegaron los españoles, y luego brincamos al 1942 con Luis Muñoz Marín. Las historias negras, las historias indígenas, las historias jíbaras, las historias marítimas no militares, las historias de migraciones y relaciones con nuestros hermanos caribeños, las historias de fuera de San Juan no figuran en esa narrativa oficial que se acepta.

Sin embargo, nosotros hoy somos el producto de esas dinámicas y esas historias: los actores de esas historias son nuestros ancestros. Sus voces quizás no tuvieron el poder de redactar los libros, pero sus acciones quedaron codificadas en la cultura material que se acumuló en los lugares donde ellos vivieron. Cada sitio arqueológico es un libro de historia que nunca hemos leído. Cada depósito es una historia, una voz, que nos podría ayudar a descubrirnos y redefinirnos como Boricuas, que tiene el potencial de darnos el poder para reescribir la Historia y de darle voz a nuestros ancestros en nuestro presente; en medio de una coyuntura histórica donde nuestro pueblo reclama y necesita conocerse a sí mismo.

Las 11mil cuerdas que propone desarrollar el Senado por su “belleza natural” conserva uno de los pocos lugares en nuestra Isla que ha preservado el paisaje de nuestros ancestros indígenas. Ese paisaje contiene algunos de los sitios más antiguos de Puerto Rico desde hace aproximadamente 4mil años atrás como Angostura en Barceloneta, y Tortuguero en Laguna Tortuguero. Ese paisaje contiene las historias de grandes aldeas como, por ejemplo, Maisabel en Vega Baja habitada por marineros y comerciantes que se establecieron en las costas, cerca de las desembocaduras de los ríos para controlar el comercio y la navegación desde hace varios cientos de años antes de Cristo. Nuestros ancestros dibujaron petroglifos en las playas marcando territorios y lugares de reunión, como podemos ver todavía en los Tubos y en Puerto Nuevo. Más tarde, en el período que se conoce popularmente como Taíno, las aldeas y los centros ceremoniales cubrían todas las playas y zonas costeras a lo largo del espacio que interesa el Proyecto del Senado, incluyendo las aldeas que hoy llamamos Boca, Puerto las Vacas, Oubao Moin, Punta Boquillas, Maisabel, Tortugero y otras, junto a los centros ceremoniales en Machuca y otros.

Nuestros ancestros cazaban cangrejos, pescaban y cazaban en los arrecifes y en los manglares, sembraban en los llanos, navegaban los ríos y humedales, comerciaban piedras, artesanías, maderas, y otros recursos con los vecinos de nuestra Isla y del gran Caribe. En 1508 Juan Ponce de León y Juan González detuvieron sus galeones en la desembocadura del Río Grande de Manatí y pensaron establecer allí la primera villa de la colonización, pero las marejadas les destruyeron los galeones y acabaron caminando hasta Bayamón donde fundaron Caparra. Poco después regresaron y comenzaron la minería de oro en los ríos de Manatí y Cibuco donde esclavizaron, violaron y asesinaron a miles de nuestros ancestros. Esos paisajes también guardan muchas otras historias, incluyendo piratería, navegación, puertos no documentados, y la industria azucarera. La Hacienda la Esperanza y el Marqués de la Esperanza mantuvieron uno de los números más altos de personas esclavizadas en la historia de la isla para mantener la producción de azúcar con trapiche de sangre. Sus descendientes todavía habitan estas tierras. La construcción hospederías no conduce a la protección de este patrimonio de todos nosotros.

Si permitimos el desarrollo en ese paisaje, permitimos la destrucción de estas historias, de las que todavía conocemos muy poco: ¿cómo se vivía en cada aldea en tiempos pre-europeos? ¿Se relacionaban las aldeas entre ellas? ¿Cómo era la vida de las personas que no eran poderosas ni de ascendencia blanca en todos estos lugares lejos de San Juan? ¿Cuál fue el rol de estas áreas en la historia del resto de Puerto Rico? ¿Cómo nuestros antepasados respondieron a los cambios climáticos en el pasado? ¿Qué podemos aprender del pasado que nos pueda ayudar en el presente? Si la óptica para tomar decisiones sobre el futuro de estos y otros terrenos en la isla, es solo un interés capitalista de corto plazo; ¿hemos hechos estudios de viabilidad económica con perspectiva de desarrollo social sostenible para determinar el potencial de soluciones alternas? ¿Conocemos su rendimiento social de su inversión a corto y largo plazo? Las respuestas a estas preguntas podrían ayudar a la economía: podríamos invertir más en rehabilitar los centros urbanos, crear museos y centros culturales que promuevan la historia local, crear restaurantes que compartan las recetas y sabores locales, estimular artesanos que emulen el arte y las técnicas de nuestros ancestros, crear recorridos de bajo impacto que nos permitan disfrutar nuestro patrimonio natural y cultural, invertir en los jóvenes para apoyar sus iniciativas para mejorar sus comunidades.   No hay razón para destruir nuestra biodiversidad creando proyectos que destruyen la posibilidad de conocernos y que excluyen a los descendientes de toda esa historia.

¿Estamos dispuestos a seguirnos privando de nuestro potencial por desconocimiento y ofrecerle a “otros” sus beneficios?

La autora es doctora en Arqueología del  Instituto Scripps de Oceanografía, Universidad de California San Diego