Queremos que se vayan todos

 

Rafah Acevedo/En Rojo

Marcha #RickyRenuncia. foto Alina Luciano

Hace algunos meses los periodistas y los sicarios de información -que son cosas muy distintas- nos entretuvieron con la discusión sobre el posible impeachment a Trump. Si la depravación moral es causa para iniciar el proceso, el vínculo probado del presidente de ese país con una red de proxenetas adinerados sería suficiente. Pero se añadieron otros asuntos que aderezan la ensalada del “Rusiagate”: conspirar para violentar las leyes que regulan las elecciones en EEUU; pasarse por el forro la libertad de prensa; enriquecimiento ilícito utilizando los privilegios de su cargo y crear una falsa situación de emergencia de modo que pudiera construir el oprobioso muro en la frontera con México a pesar de la negativa del Congreso. Sus últimos ataques a congresistas hijas de inmigrantes, a quienes invitó a regresar a sus países de origen son apenas  muestras del profundo racismo y misoginia del Presidente Naranja.

En Puerto Rico, la brutal corrupción del gobierno, dramatizada con los arrestos a media docena de funcionarios que tenían en sus manos la mitad (50%) del presupuesto, se vio proyectada en la pared cuando el CPI se dejó de vainas y tuvo el valor de publicar la totalidad de las 889 páginas del chat entre el ex gobernador y sus amigos. Allí, con supuesta impunidad de hombres blancos se explayan en prejuicios y conspiraciones que no viene al caso repetir.

Por años, hemos venido discutiendo la apatía de los ciudadanos con respecto a la política tradicional. Las últimas elecciones coloniales fueron las más reveladoras en ese sentido. La abstención electoral fue a niveles históricos. El “ganador” de ese festival apenas obtuvo el 42% de los votantes. El partido colonial histórico obtuvo 39%. Si se piensa en el universo total de electores, esas cifras son de poco más del 25% en cada caso. Entonces, la conclusión errada: a los ciudadanos no les interesa la política. Sin embargo, estos últimos diez días, son evidencia de algo distinto. A diferencia de lo que ocurre en EEUU el país entero se ha lanzado a la calle para asumir de manera soberana y radicalmente democrática “lo político”. 

Al momento la desprestigiada clase política ha utilizado todos los recursos retóricos de antaño. El miedo a la violencia, la compra de espacio a sicarios de la información, conspiración para atacar personalmente a opositores, y el más risible de los métodos: acusarse mutuamente de corrupción. Nada les ha funcionado.  Sin un ente dirigente claro, con un liderato múltiple y diverso, con una espontaneidad sorpresiva y un valor que ha sorprendido a los represores, no parece haber salida para esta administración.

Ricky Rosselló es el símbolo de lo peor de esa clase política que responde a los intereses de clase de esa cuadrilla.  Hasta hoy, 20 de julio, no pueden con el empuje de un paisaje político que les es desconocido. Un arcoiris, un sol de mujeres, un ejército de jóvenes, un comando de viejos, una caballería, Rey Charlie, cantantes, traperos, los usual suspects que Rivera Schatz intentó menospreciar, en fin todas, todos, todes, formando el real #UnidosporPuerto Rico, haciendo evidente que sí, que #PuertoRicoseLevanta, están en la calle. Literalmente.

Este lunes esa calle convoca a ocupar la autopista. El terror del baby sitter de Ricky, que ahora es líder del cuerpo policíaco, se hace sentir. Quiere reunirse con el liderato de esa convocatoria. Parece que no entiende que estamos en un momento en el que cambió el juego político. Parece ser que aquí no se pide permiso a una autoridad que no tiene ninguna legitimidad. Y esto supone un escenario nuevo y sin duda peligroso. Un esbirro asustado porque su poder, devenido de la violencia, está en cuestionamiento es capaz de hacer daño. Pero hoy la calle ha demostrado que el miedo no detiene a un pueblo determinado a cambiar las reglas de convivencia porque las que existen son injustas.

El grito es unánime. Que se vaya Ricky. Que se vaya Henry. Que se vayan todos.