Recuerdos de don Pedro

Nota: Al revisar documentos del inolvidable maestro José Emilio González, encontré este discurso dictado en el Ateneo Puertorriqueño en 1968 con motivo del 77 aniversario de don Pedro. Creo que merece publicarse en homenaje tanto de don Pedro como de su autor.  Dedico este rescate a Ate y a Chemilito en recuerdo del Misterio.

–Rogelio Escudero Valentín–

El único valor, si alguno tiene, lo que voy a decir sobre el doctor Pedro Albizu Campos, en esta noche en que lo recordamos con gran cariño y en que honramos su memoria, es el valor de un testimonio personal. Oí hablar por primera vez de Albizu Campos cuando yo estudiaba en octavo grado, en el pueblo de Juncos, allá hacía 1931. Para aquellos días, en que comenzaba a interesarme en la política, me atraía la figura de otro ilustre puertorriqueño: don Antonio R. Barceló, quien presidía entonces el Partido Liberal. Me atrajo esa figura porque en don Antonio encontraba una preocupación auténticamente puertorriqueña. Uno o dos compañeros de clase, muchachos zagalejos como yo, me hablaron por primera vez sobre Albizu. Inmediatamente les expresé mis dudas de que hubiera un puertorriqueño que pudiera compararse con el señor Barceló.

Para esos tiempos también oí hablar por primera vez en mi vida sobre la bandera puertorriqueña. Durante toda mi infancia y casi en vísperas de adolescente, jamás oí mencionar que Puerto Rico tuviera su propio emblema nacional. Jamás oí hablar de José de Diego. Si alguna vez lo nombré, nadie llamo mi atención sobre el significado de ese nombre. Fueron algunos compañeros míos de clase, los mismos que me hablaron sobre Albizu, quienes por primera vez me informaron que existía una bandera de Puerto Rico.

Una tarde – 1931 o 1932— alguno de ellos me anunció que el doctor Albizu Campos hablaría en un mitin nacionalista en Humacao. Me picó la curiosidad de ir a escuchar a un hombre de quien había oído tanto. En efecto, así lo hice. Recuerdo como ahora la espaciosa plaza de recreo de Humacao, sus árboles de follaje espeso y redondo –robles o laureles-, la penumbra creada por la discreta luz de los faroles. Al lado de la iglesia, se alzaba—blanca –la tribuna. Había mucha gente, aunque no era un mitin multitudinario. Detrás de la tribuna, una o dos filas de sillas donde se sentaban personas misteriosas, que se me antojaron muy importantes. Durante el mitin, me estuve un poco alejado de la masa principal de los asistentes. Si hubo otros oradores, no lo recuerdo. Solo recuerdo a don Pedro Albizu Campos.

Sus palabras me sonaron totalmente nuevas. Sus ideas, inauditas. Nunca había oído hablar de Puerto Rico de esa manera. Nunca había oído hablar de nuestros grandes hombres del pasado. No sabía ni siquiera que habíamos tenido tales hombres. Era un Puerto Rico nuevo el que me descubría. Eran facetas insospechadas de nuestro ser. Allí cobré conciencia de que yo tenía una patria.

Recuerdo el vasto silencio de la plaza. La naturaleza misma parecía callar para escuchar mejor al orador. El cielo parecía ahuecarse aún más, como un inmenso oído, para captar mejor las palabras. Estas se alzaban nítidas, firmes, seguras, dibujando claramente una trayectoria de pensamiento, un pensamiento ahondante, que calaba hasta el fondo de los problemas. La ciudad parecía una enorme caja de resonancias multiplicando ecos hasta las lejanas montañas. Solo en una o dos ocasiones oí aquella voz—que tantas veces habría de escuchar luego—ordenando “Silencio “cuando alguien, por descuido o por falta de respeto, intercala ruidos en la mudez perfecta de las cosas.

Cuando regresé aquella noche el pueblo de Juncos, ya había decidido, en lo íntimo, hacerme nacionalista. Y así fue. Enseguida me incorporé a la Junta Local del Partido.

En 1932 inicié mis estudios en la Escuela Superior “José Gautier Benítez”, de Caguas, y allí conocí un gran patriota: Manuel Negrón Nogueras. Muy posiblemente haya asistido a varios mítines del Partido Nacionalista y haya oído a don Pedro. Mi memoria no es clara en este punto. Pero ardía en deseos de conocer al hombre que había efectuado tan importante transformación en mi vida.

Fue el profesor Negrón Nogueras—a quien con tanto cariño llamamos Manolín—quien me llevó a conocer al gran hombre una tarde, que no sé si fue de 1932 0 1933.

Una tarde abordamos la guagua de Caguas a Río Piedras—para mí, aquello era un viaje con algo de aventura—y ya en la Ciudad Universitaria fuimos a parar a la calle Vallejo. Era una casa de madera que me dio la impresión de ser bastante grande. Albizu estaba acostado, reposando en su habitación y junto a él se hallaba Juan Juarbe Juarbe, quien para ese tiempo dudo que fuera Secretario General del Partido Nacionalista.

Como Uds. Bien pueden imaginarse, yo estaba muy impresionando. Apenas si me atrevía a hablar. Don Pedro nos recibió cordialísimo. Me di cuenta enseguida de que Manolín era hombre de confianza. Por desventura, casi no me acuerdo nada de la conversación. Sí recuerdo, que en el momento en el que entramos a la pieza, estaba puesta la radio. Don Pedro y Juarbe intercambiaron algún comentario sarcástico sobre la noticia que acababan de dar. Don Pedro aludía a la torpeza de los norteamericanos. Recuerdo, además, que el doctor Albizu Campos se preparaba para un discurso que iba a pronunciar, si la memoria no me yerra, en Caguas. Alguna alusión hizo al derecho romano. Fue entonces que me enteré de que don Pedro preparaba cuidadosamente sus discursos—pero no los escribía—y se recluía en su habitación para meditarlos y planearlos. Luego, el efecto de organización lógica de las ideas, la capacidad de recobrar el hilo principal después de prolongadas digresiones, dejaban a uno pasmado.

Daba entonces don Pedro la impresión de ser un hombre muy saludable. Se hallaba en el momento de la transición de la juventud a la madurez. Su hermosa cabeza destellaba sobre el cuerpo austero. De aquella entrevista recuerdo el efluvio simpático de su personalidad, detrás del que podía percibirse un caudal de energía.

Más tarde, los recuerdos se entremezclaban, sin que yo pueda asegurar el orden cronológico.

Por lo demás, mencionaré aquellos que a mí me parecen más significativos. De más está decir que yo asistía a todos los mítines que me era posible asistir y que siempre saludaba personalmente a don Pedro.

Una vez, cuando ya yo era Cadete de la República, perteneciente al batallón de Caguas, don Pedro visitó la Ciudad del Turabo. No recuerdo el motivo de la visita. Era por la mañana. Me informaron que don Pedro se hallaba en la Casa Alcaldía. Cuando llegué había muchas personas. Tanto es así, que los que deseaban saludarlo tenían que hacer fila. Un amigo mío, perteneciente a una familia de ascendencia francesa, me precedió en la fila. De pronto, pude notar que don Pedro hablaba en francés con mi amigo. Después de haber platicado con nuestro líder, le expresé a mi amigo mi sorpresa de oír a don Pedro hablando francés. El amigo me informó que lo había saludado en francés y que Albizu le contesto el saludo en la misma lengua, continuando la conversación en francés. A mí me impresionó, además, la memoria de don Pedro. A cada persona la reconocía y la saludaba por su nombre. Entonces yo era un adolescente delgado, casi raquítico. Don Pedro me aconsejó que me fuera a vivir al campo y subiera mucho a los árboles, porque la patria necesitaba hombres robustos. Por desgracia, yo no seguí el consejo.

Cuando don Pedro se trasladó a vivir a Aguas Buenas—recuerdo que vivió primero en el campo—yo iba allá a verlo con alguna frecuencia. Llegaba uno. Saludaba. Pocos momentos después, emergía don Pedro de su habitación. Se sentaba en la sala. Y a conversar. En lo que a mí concierne, preciso es que confiese que la conversación era, las más de las veces, unilateral. Don Pedro discurría extensamente sobre cualquier problema del pasado o del presente, y fuera por timidez o por lo que fuese, yo no me atrevía a interrumpirle. Tan es así, que a menudo me marche sin plantearle el asunto que tenía en mente. Tal vez era que yo pensaba que al lado de los problemas que le inquietaban, los míos se reducían a la insignificancia. Además, me gustaba oírle hablar. Recuerdo que una vez me dijo: “Ä mí me acusan de ser un revolucionario. Yo no soy un revolucionario. Yo soy un conservador. Quiero conservar la nacionalidad, la patria, lo que Puerto Rico es”. Si estas no fueron sus palabras exactas—cosa que no me atrevo a garantizar—fue lo que quiso decir. Con el concepto de “Revolución” don Pedro quería decir la insurrección nacional contra los Estados Unidos, revolución cuyo fin es restaurar el verdadero orden de las cosas, el orden de la libertad y la justicia. El vasallaje político y económico de la patria, sería para don Pedro, índice de un profundo desorden, inmoral y caótico.

Recuerdo que una tarde salimos a dar una vuelta por los alrededores del pueblo de Aguas Buenas. Fue la única vez que él lo hizo conmigo. Pasamos por frente de un colegio de sacerdotes norteamericanos—no sé si eran los mismos redentoristas de Caguas–. Don Pedro me dijo entonces: “Cuando los americanos prenden la luz en ese colegio, el pueblo de Aguas Buenas se queda sin energía eléctrica”. Me parece que él veía en tal fenómeno un símbolo de la situación de Puerto Rico. Muchos años después, tuve la oportunidad de atravesar el pueblo de Aguas Buenas y me informaron que la situación seguía siendo lo misma.

Aprovecho la ocasión para referirme al catolicismo del doctor Albizu Campos. No hay duda de que fue católico, y aún más, yo diría, un espíritu religioso. Como decimos los nacionalistas: Don Pedro fue capaz de crear una mística de la patria. En el Partido Nacionalista Puertorriqueño figuraban personas de todos los credos religiosos y aun, me figuro, personas sin credo religiosos. Recuerdo haberle oído decir a don Pedro que en la Republica los comunistas tendrían iguales derechos que los demás puertorriqueños. En cuanto a mí, personalmente, a lo largo de numerosas conversaciones, jamás me preguntó cuáles eran mis creencias religiosas.

Y ya que he mencionado este asunto, debo mencionar otro con el cual guarda algún vínculo. Los enemigos de don Pedro, entre los que sobreviven algunos líderes de Partido Popular Democrático, difundieron la especie de que él favorecía al fascismo o de que el movimiento nacionalista puertorriqueño era fascista. En esto le hacían el juego a las autoridades coloniales, como el general Blanton S. Winship—gobernador norteamericano de nefasta memoria—y a sus acólitos nativos, quienes por la prensa y la radio calificaban a los nacionalistas de terroristas. En lo que a mí respecta, jamás oí a don Pedro decir una sola palabra en defensa de los regímenes de Mussolini, Hitler o Franco. Como miembro que fui por años del Partido Nacionalista nunca nos identificamos, ya fuera en reunión, asamblea o mitin con los gobiernos fascistas. Sé por lo menos de un nacionalista, que sucumbió en la Guerra Civil Española defendiendo la causa de la República. Tengo la impresión de que todos sabíamos distinguir entre el nacionalismo justificado que defiende a un país invadido de la agresión extranjera y el nacionalismo imperialista, agresor, de potencias como la Alemania Nazi y la Italia del Duce. Oí hablar a don Pedro de la “raza amarilla “y del Japón, años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, pero no en tono de identificarse con aquellos. Es muy posible que don Pedro al pensar que la raza amarilla, o sea los pueblos de Asia, debían libertarse de la dominación imperialista de los blancos europeos y hasta llegara a pensar que el Japón, por ser entonces la potencia asiática más fuerte, podría convertirse en libertador de sus pueblos hermanos. Por desdicha, prefirió transformarse en látigo y en coyunda para esos hermanos que debió libertar. Y baste por hoy en cuanto a las columnas de los enemigos de don Pedro.

Una tarde me hallaba de visita en Aguas Buenas. Era ya la hora del anochecer. De pronto, don Pedro me manda llamar. Acudo. Era necesario y urgente llevar un mensaje a cierta persona en San Juan. Yo era entonces un adolescente, como ya he dicho, estudiante de escuela superior, en Caguas. No sé cómo acepté el cumplimiento de aquella misión, a pesar de que no tenía un centavo encima o muy pocos centavos. A esa hora en Aguas Buenas era muy difícil encontrar medios de transporte. No tenía con qué trasladarme a San Juan desde Caguas No sé cómo me las arreglé. Pero a eso de la una o las dos de la madrugada tocaba en la puerta de cierta casa en San Juan y entregaba el mensaje vital. Tampoco recuerdo cómo pude regresar a Caguas, donde mis padres se inquietaban por mi prolongada ausencia.

Lo que importa en esta anécdota es que sirve para mostrar cómo don Pedro potenciaba a los hombres. El incidente que he contado no tiene mérito alguno excepto que nos ayuda a comprender cómo Albizu Campos lograba que ciertos hombres—y ciertas mujeres—hicieran cosas increíbles. Conseguía infundir en ellos tal voluntad de hacer que vencían obstáculos ante los cuales una consideración lógica de la realidad los hubiera obligado a detenerse.

Cuando don Pedro hablaba, todo parecía posible: la Revolución, la lucha armada, derrotar a los propios Estados Unidos en el campo de batalla. Parecía que los fusiles se iban a disparar ellos mismos; solo que no teníamos fusiles.

Recuerdo el discurso que pronunció cuando fuimos a enterrar a Beauchamp y a Rosado en el cementerio de Santurce. Ahora pienso que fue entonces cuando más fuertes nos sentimos. En cierta parte de su discurso, don Pedro dijo que en esta lucha el Imperio de los Estados Unidos debía temblar. Vista la desproporción de recursos entre los contendientes podía parecer ridículo. Y, sin embargo, en aquel momento yo me sentía seguro de que podía ser. Que un pueblo por más pequeño que sea puede hacer temblar a un gran Imperio, cuando el ansia de libertad lo dota de una energía cuyo poder de acción es incalculable. Pensemos en Grecia avasallada por los nazis; pensemos en Vietnam y lo que está actualmente sucediendo en los Estados Unidos. Pues bien, una tarde, estando yo en Nueva York, la radio interrumpió sus transmisiones regulares para anunciar el ataque contra Blair House. Griselio Torresola dio allí la máxima medida del valor puertorriqueño. Los periódicos norteamericanos informaron, en primera plana, la noticia. El mundo entero se conmovió. La causa de la libertad puertorriqueña tuvo una repercusión universal. El más poderoso Imperio de la tierra tembló ante la grandeza de unos hombres que plantearon el imperativo de la libertad de un pueblo pequeño. La profecía de don Pedro en el cementerio de Santurce se había cumplido.

También hubo otra profecía, que se cumplió, por desdicha. La fecha exacta no la recuerdo. Pero fue un discurso que don Pedro pronunció en el Teatro Municipal de San Juan. Lo presentó el licenciado José Toro Nazario con las siguientes palabras: “Hay hombres que leen la historia; hay hombres que escriben la historia y hay hombres que hacen historia. El doctor Pedro Albizu Campos es de los que hacen la historia” En su discurso, don Pedro analizó la situación política y lanzó un ataque contra las corporaciones azucareras a quienes acusó de querer estrangular la isla “con un anillo de miel”. En ese discurso, don Pedro pronosticó que las autoridades coloniales e imperialistas se proponían detener a los líderes del Partido Nacionalista, procesarlos y enviarlos a prisión. El propósito del gobierno norteamericano era destruir al movimiento nacionalista. Poco tiempo después, don Pedro fue arrestado en compañía de otros dirigentes nacionalistas como Juan Antonio Corretjer, Erasmo Velázquez y Luis F. Velázquez. Se les sometió un juicio en la Corte Federal bajo la falsa acusación de conspirar para derrocar por la violencia al gobierno de los Estadios Unidos. De aquí fueron enviados a Atlanta. Y se inició un nuevo capítulo en la historia del nacionalismo puertorriqueño.

Hoy las fuerzas de liberación nacional se mantienen vivas y combatientes y ni el prolongado secuestro del doctor Pedro Albizu Campos, ni su lento asesinato por las autoridades del gobierno de los Estados Unidos y sus lacayos locales, ni los innumerables crímenes cometidos por el imperialismo norteamericano en la persona de los patriotas, ni las persecuciones, los arrestos, las torturas ni el encarcelamiento a que son sometidos centenares de patriotas han sido capaces de aniquilar la voluntad nacional de independencia.

Como Betances, como Hostos, como De Diego, como Martí, don Pedro Albizu Campos fue un despertador de conciencias. La colonia trabaja para adormecer la conciencia de ser del puertorriqueño, por su enajenación. Solo si los puertorriqueños se olvidan de su propio ser pueden funcionar como dóciles esclavos del imperialismo. La palabra de don Pedro era el aldabonazo indispensable, el toque insistente a las puertas, para que los puertorriqueños despertaran de su letargo colonial. Como De Diego, don Pedro poseía una visión de la patria; fue capaz de plasmar esa visión en imágenes brillantes y estremecedoras, imágenes que iluminaban las raíces de nuestro ser colectivo. Como Bolívar, don Pedro aportó a nuestro pueblo un nuevo ideal de vida heroica. Él nos enseñó que la Patria es valor y sacrificio. Sin capacidad de renuncia, de abnegación y de altruismo, no es posible realizar obra de amor, como es la obra de libertar a un pueblo. Don Pedro enseñó a los puertorriqueños no sólo que la vida heroica es posible en un mundo aburguesado y conformista, sino es ella misma liberación, vía de salvación, necesaria para que los hombres y los pueblos puedan alcanzar una dimensión de grandeza. Que el heroísmo es un estilo de vida, constructivo y creador. Reveló al puertorriqueño su capacidad de grandeza, emancipándolo de los grilletes de un complejo de inferioridad colonial.

Estas y otras cosas nos enseñó el Maestro. Pero no se quedó en las palabras, en las ideas y en las creencias, sino que las trasmutó en actos, en actos ejemplares. Todo supo respaldarlo con la conducta de su propia existencia. En él palabra y acto fueron unos. Sus acciones fueron sus mejores discursos. Y esto yo lo afirmo del más grande orador que he conocido.

Nunca podré olvidar su presencia. Aquella presencia era un acontecimiento. Un acontecimiento que introducía en el devenir chato de la vida cuotidiana la tensión de un gran momento. Aquella presencia era una aparición. Algo que transformaba mágicamente los ambientes, dotándolos de prestancia significativa.

La muerte no ha podido vencer esa presencia. La muerte no ha podido anular esa presencia. Lo sentimos viviendo con nosotros. Está aquí con nosotros. Estará con nosotros mientras exista un puertorriqueño digno de serlo. Porque él fue la encarnación de la esencia eterna de Puerto Rico. Sustancia, hueso y médula de la patria. Por él, nuestro país se alza al pináculo de su más alta posibilidad. Por él, Puerto Rico será, en el tiempo, libre y glorioso. Porque el porvenir pertenece a quienes, como el doctor Pedro Albizu Campos, saben amar y defender la libertad.

José Emilio González

A 9 de septiembre de 1968.

*Palabras pronunciadas en el Ateneo Puertorriqueño la noche del 10 de septiembre de 1968, fecha del 77 aniversario del nacimiento del doctor Pedro Albizu Campos.