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Reflexiones sobre la derrota de Trump

 

En septiembre de 2020, pedí a los puertorriqueños del noreste que concentraran sus energías en derrotar a Donald Trump en Pensilvania, donde la victoria de Biden no estaba garantizada. Muchos se unieron al arduo trabajo con los que estaban en el terreno en PA, a pesar de que la campaña de Biden dedicaba pocos recursos a la comunidad latina, aparentemente dando por sentado el voto latino. Sin embargo, los intereses nacionales y de clase del electorado puertorriqueño y latino llevaron a un voto anti-Trump abrumador en estas comunidades, asegurando una victoria de Biden. En aquel momento, también enfaticé el llamado de Bernie Sanders para una participación histórica masiva de votantes, particularmente de aquellos que tradicionalmente votaban en menor número.

 

La victoria de Biden le debe mucho a Bernie Sanders, quien comprendiendo la necesidad de derrotar al gran enemigo de la derecha, interrumpió su campaña por la nominación demócrata. Entonces creí, a pesar de las críticas de algunos en la izquierda, que solo una campaña de “centro-izquierda” podría derrotar a Trump en 2020. Esa había sido la experiencia en años anteriores en Nueva Jersey, derrotando a los republicanos en todos los distritos del Congreso menos dos, mientras también eligiendo a Ras Baraka, que puede ser el alcalde más radical del país. La victoria de Baraka en Newark, Nueva Jersey fue la excepción a la regla, aunque, irónicamente, el enfrentaría la oposición de la ultraizquierda. No obstante, la campaña de Sanders marcó el comienzo de un renacimiento de los ideales socialistas, que prosperaron en los Estados Unidos antes del Macartismo y la Guerra Fría. A medida que continuamos construyendo movimientos políticos radicales en todo el país, es importante que la izquierda pueda calibrar correctamente su nivel de apoyo entre el electorado.

En este sentido, observo que muchos medios de comunicación han roto con la comprensión histórica del “progresismo” al equipararlo con movimientos de izquierda o radicales. El término “progresista” tiene su nacimiento histórico en la Era Progresista, que exigió reformas importantes en la sociedad estadounidense durante finales del siglo XIX y principios del XX, pero rechazó el radicalismo de un Eugene Debs, W.E.B. Du Bois, o los partidos socialistas de la época. El surgimiento del nuevo progresismo en el Partido Demócrata está en consonancia con esta tradición “centrista,” al tiempo que rechaza un análisis más crítico del capitalismo o del imperialismo. Un caso de hecho es el apoyo de muchos progresistas a la continuación del colonialismo estadounidense en Puerto Rico (Estadidad / Anexión) y sus “territorios”, o el rechazo de ideales socialistas.

Las elecciones de 2020 deben verse como una victoria del progresismo; una derrota de un Partido Republicano dirigido por la derecha, y una apertura del espacio político para los movimientos progresistas e izquierdistas. Sin embargo, la agenda derechista de Trump, a pesar de su incapacidad para manejar la pandemia del Covid, recibió más de 73 millones de votos, demostrando las profundas divisiones en el país y las luchas prolongadas que se avecinan. La izquierda necesita participar en un análisis crítico (más allá del etiquetado simplista de ignorancia, racismo o fascismo) de este movimiento liderado por Trump para derrotarlo en el futuro. Los próximos años serán clave para expandir el electorado, fomentar la justicia económica y racial y desarrollar una agenda antiimperialista para contrarrestar la continua fuerza de los movimientos populistas de derecha.

Cuando los votos en Pensilvania y otros estados clave en el campo de batalla marcaron el comienzo de su derrota electoral, Trump buscó seguir siendo relevante mediante maniobras extralegales, asustando y manipulando a los medios como lo ha hecho tradicionalmente para su propio beneficio. Para el magnate de los medios, la mala publicidad es mejor que ninguna publicidad. Rechazadas las maniobras, su principal mantra era cuestionar la legitimidad de la elección entre sus partidarios, con el fin de prepararse para la batalla por los dos senadores de Georgia, las elecciones de 2022, y una revancha en 2024.

La manifestación y el asalto al Capitolio el 6 de enero iba a ser el paso final para deslegitimar la elección entre sus partidarios. Las declaraciones de Trump después del asalto condenando la violencia y reconociendo de facto los resultados de las elecciones están en línea con Trump siempre cuidándose de sí mismo. Estos eventos resultaron costosos para la marca Trump, perdiendo apoyo entre sus tibios partidarios, y posiblemente enfrentándolo a cargos penales federales y demandas civiles.

Con creciente apoyo para un juicio político, Trump enfrentó el dilema de Nixon de auto-perdonarse (constitucionalmente dudoso) o renunciar a cambio del perdón del vicepresidente. Sin embargo, dado que la vida del propio Vice-Presidente Pence peligro en el asalto, no era razonable que el gastara su propio capital político en hacer tal trato. Tal acuerdo podría haberse camuflado en el deseo de ahorrarle al país una mayor división, e incluso en permitir que la nueva administración y el Congreso comenzaran desde cero.

Sin embargo, hubo poco tiempo para los paracaídas políticos. Nunca hubo duda de que la Cámara de Representantes acusaría a Trump el 13 de enero, con algún apoyo republicano. Lo que también está claro es que hay republicanos que se contentan con evadir sus responsabilidades, depositando el futuro papel de Trump en el Partido Republicano en las faldas de un senado liderado por los demócratas. Una condena de Trump aseguraría que no podría ser candidato en 2024, con una resolución posterior mayoritaria del Senado. No obstante, los republicanos no tienen ganas de proceder con un juicio y una condena, ya que casi todos (excepto 5) votaron a favor de las objeciones del senador Rand Paul, cuestionando la constitucionalidad de tal juicio.

El juicio político y la condena de un presidente es, por su propia naturaleza, el orden más alto de la política del Senado. A pesar de las dificultades legales para probar la “incitación” en sí, Trump parecía haber estado buscando una manera de cubrirse el trasero llamando a protestas “pacíficas y patrióticas” en su mitin del 6 de enero. Sus declaraciones posteriores denunciando la violencia de los disturbios también estaban destinadas a cubrirse, dejando a sus seguidores “under the bus.” Ningunos fueron incluidos en los 144 indultos y conmutaciones del presidente antes de dejar el cargo el 20 de enero.

El juicio del Senado puede tener un impacto negativo en el inicio de la administración de Biden, ya que muchos republicanos se alegrarán de ver que se desvíe de sus prioridades. Los titulares que apuntan a que Trump es el único presidente en la historia que ha sido acusado dos veces, se convertirán para sus partidarios en el único presidente en “ser absuelto dos veces.” Si bien el deseo de acusar y condenar a Trump es legítimo y políticamente inevitable, las fuerzas de la oposición deben tener cuidado de caer en la “obsesión de Trump” en lugar de la agenda del pueblo.

A pesar del próximo juicio, nos queda el discurso de despedida de Trump, que destaca los logros de su movimiento America First, que según el “apenas está comenzando.” Siguiendo el ejemplo del Terminator de Arnold Schwarzenegger, estaba diciendo: “Regresaré.” Por su parte, el Partido Republicano tendrá que decidir si está dispuesto a participar en legislación bipartidista, o adoptar su política de tierra arrasada en los años de Obama, haciendo todo lo posible por oponerse a la agenda de Biden.

 

 

 

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