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Especial para CLARIDAD

Apenas a treinta días de celebrar las elecciones en Puerto Rico, existe un sentimiento de esperanza en grandes sectores de nuestra población basado en creer que las personas a ser electas podrán adelantar un mejor futuro para el país. Este sentimiento es fomentado y alimentado por los discursos de cada candidato que a estas alturas insiste en expresar sus posibilidades de obtener el triunfo.

Ya tendremos oportunidad de analizar los resultados tanto en Puerto Rico, como en Estados Unidos, en futuras colaboraciones. Sobre todo, los resultados en Estados Unidos, que pueden resultar de mayor impacto que los propios, en la colonia. Por ahora queremos tocar factores que operan en contra de ese sentimiento de esperanza unido a un triunfo electoral.

El principal factor anti esperanza es la naturaleza colonial del proceso electoral y nuestra realidad política, es decir, el gobierno en su totalidad esta en sindicatura por una ley congresional que pone a gobernar a una Junta de Control Fiscal. Las elecciones en la colonia son para mantener la relación de sumisión. Si existiera una posibilidad de cambio, de esa realidad colonial, no se va a resolver en unas elecciones. El resultado electoral debería manifestar ese deseo de cambio, pero el cambio político se discutirá en otro terreno. Lamentablemente, no estamos cerca de ese escenario.

Los discursos de triunfo de las alternativas electorales pretenden ocultar que la JCF es quien gobierna hoy y en el próximo cuatrienio también. Resulta repugnante que un abogado de la JCF exprese su deseo de que el organismo se vaya, cuando hasta hoy se ha lucrado de su existencia. Y es indignante, que a excepción del Partido Independentista Puertorriqueño, PIP, las otras organizaciones minimicen la presencia de la JCF, dando a entender que sus alternativas y capacidades como gobernantes les permitirán imponerse a la JCF.

Las fuerzas anti electorales no han podido convertir en propuestas de lucha sus alternativas, aún cuando la abstención en Puerto Rico es cada vez mayor. Un gran sector no vota, ya sea por no tener conciencia o ante la ausencia de una propuesta alternativa. En ese sentido, se requiere mucho esfuerzo para interesar e integrar a ese gran sector en la realidad política del país.

El escenario social y político del país aparentó un desarrollo alternativo durante este cuatrienio. Las movilizaciones de las mujeres en torno al 8 de marzo y las campañas reivindicativas en favor de los derechos y la igualdad desde la perspectiva de género así lo anunciaban. Las denuncias en contra de la deuda, la JCF y sus propuestas fiscales produjeron durante los pasados tres años las mayores movilizaciones del 1ro de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores. Luchas en favor del ambiente, por la educación y la salud incorporan a miles de ciudadanos en luchas comunitarias. El verano de 2019 y la expulsión del gobernador por parte del pueblo nos llenaron de esperanza a muchos. Estos elementos unidos a los mejores sentimientos de solidaridad del pueblo, demostrado ante los desastres naturales como huracanes y temblores, auguraban un 2020 distinto.

La llegada de la pandemia ha trastocado todo. Como un ejemplo de la política del shock, la pandemia ha servido para que las fuerzas económicas empujen sus cambios en las relaciones de trabajo, educación, salud, derechos humanos y comunicación. Los ajustes realizados o no, afectaron las expectativas de todos. Sin embargo, el discurso esperanzador de cara a las elecciones, prevalece. Si no se pone buena cara, la derrota electoral está segura.

En ese sentido, para quienes reconocemos la necesidad de descolonizar el país para impulsar cambios radicales en la economía y la sociedad, las elecciones no pueden ser determinantes. Debemos establecer una estrategia que supere el evento electoral y que nos permita educar y organizar más allá del objetivo electoral. Ante la ausencia de esta estrategia, muchas luchas se han visto tronchadas o influenciadas por el objetivo electoral.

Y el pueblo sabe y distingue entre la honestidad y compromiso de quienes siempre están ahí, en las luchas del pueblo común y corriente, y de quienes aparecen con fines electorales. Después del 3 de noviembre del 2020 tenemos que asumir el compromiso de continuar luchando por un proyecto descolonizador que dé respuesta a la desesperanza y frustraciones que causen los resultados electorales. Un proyecto educativo que integre a los sectores que no votan y aparentan ser indiferentes a los problemas. Una propuesta política que nos permita hacer pactos y alianzas con sectores de la diáspora, sin ser parte de estrategias electorales y coloniales. Que las fuerzas progresistas en Estados Unidos nos respeten como pueblo, que reconozcan que no somos parte ni pertenecemos a Estados Unidos.

Ese proyecto colonizador tiene que denunciar a la JCF y las propuestas de pagar la deuda. Tenemos que repudiar su presencia e invalidar sus actuaciones. Tenemos que luchar por la derogación de la Ley Promesa.

Y sobre todo, sentar las bases para una organización amplia que integre a sectores políticos, sindicales, comunitarios, ambientalistas, religiosos, profesionales, académicos, científicos, todos en favor de un proceso descolonizador. Solo así podemos rescatar la esperanza de un mejor país.

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