Resistencia rebelde y represión militar del Grito de Lares, 1868

 

Especial para En Rojo

En la noche del 23 de septiembre de 1868 revolucionaros puertorriqueños – hacendados, profesionales, jornaleros, artesanos y esclavos – proclamaron la independencia de Puerto Rico y tomaron por asalto al pueblo de Lares. Desde aquella época se conoce este hecho trascendental de la historia de Puerto Rico como el Grito de Lares. Habían transcurrido tres siglos y dos tercios desde la conquista y colonización española iniciada en 1508. A lo largo de todo ese tiempo, como en toda la América colonial, se engendraron nuevas nacionalidades: como la puertorriqueña. En 1868 la nación en armas procuraba poner fin a la dominación colonial de España y conquistar y afirmar la libertad y soberanía de Puerto Rico.

Durante la madrugada del 24 de septiembre, los comerciantes españoles (clase dominante opresora) y las autoridades leales a la dominación española (incluyendo puertorriqueños) fueron apresados. Los patriotas instalaron un Gobierno Provisional de la República de Puerto Rico, designando presidente a Francisco Ramírez Media. El presidente Ramírez emitió un decreto aboliendo el régimen coercitivo de la Libreta de Jornaleros asalariados. También se otorgó la libertad a los esclavos rebeldes, así como a todos los esclavos ancianos e incapacitados.

Temprano en la mañana del 24 un destacamento rebelde intentó apoderarse del vecino pueblo de San Sebastián del Pepino. Las autoridades locales ya estaban prevenidas y no fue posible tomar ese pueblo. Este fue un duro revés para la revolución, pero esta no fue derrotada completamente hasta que el ejército español logró la captura de centenares de insurrectos y sospechosos durante los siguientes dos meses.

Se ha documentado el evento y discutido las razones de la derrota en varios libros (Lidio Cruz Monclova, Historia de Puerto Rico, Siglo XIX, Tomo I,1979; Olga Jiménez de Wagenheim, El grito de Lares. Sus causas y sus hombres, 1985; F. Moscoso, La Revolución Puertorriqueña de 1868: el Grito de Lares, 2003) y en otros artículos (F. Moscoso, “Acerca de las causas de la derrota del Grito de Lares”, En Rojo, suplemento de Claridad, 25 de septiembre al 1 de octubre de 1992, pp. 22-23). Brevemente: el descubrimiento por las autoridades españolas de la organización secreta Lanzador del Norte, del pueblo de Camuy, donde estaba pautado dar comienzo la revolución el 29 de septiembre; la insuficiencia aun de armas y municiones; la detención del líder político Doctor Ramón Emeterio Betances en la isla danesa de San Tomas y la imposibilidad de efectuar una expedición libertadora y con refuerzos en aquellas circunstancias, entre otros señalamientos.

En Historia de la insurrección de Lares (1872), el periodista y propagandista de los conservadores José Pérez Moris reúne los primeros detalles básicos del Grito de Lares. La obra está digitalizada en el Portal de Archivos Españoles (Archivo Histórico Nacional, Ultramar 5110, Expediente 22; también fue publicada por Editorial Edil, 1975). Aunque el texto está atravesado de sus expresiones despectivas contra el Grito y la lucha por la independencia, él no la subestimó. Hay que leerlo, analizarlo y discutirlo con perspectiva crítica. La importancia del descubrimiento de Lanzador del Norte y del apresamiento de su jefe Manuel María Gonzalez, con documentos comprometedores que cayeron en manos del coronel Manuel de Iturriaga fue subrayado por Pérez Moris: “había conseguido apoderarse de todos los hilos de la trama revolucionaria”.

Por admisión del gobernador, general José Laureano Sanz que asumió el mando a finales de diciembre, España no contaba con fuerzas militares suficientes para enfrentar una revolución armada en diversos puntos del país a la misma vez (Informe 4 julio 1869). Al desarticularse la acción en Camuy, los organizadores patriotas perdieron el factor sorpresa. La decisión táctica de desmembrar el núcleo del ejército rebelde – de entre 1,000 a 1,200 hombres – en pequeños grupos y dispersarse por la zona montañosa del centro y oeste de la isla resultó ser contraproducente. La idea que tenían algunos, de que se producirían levantamientos en otros pueblos, a los que pudieran apoyar, no tenía fundamentos. Hubo otras sociedades secretas, ciertamente, pero no todas estaban en comunicación simultánea y menos en aquellos momentos.

Pesó mucho, demasiado en mi opinión, no haber podido llevar cabo el levantamiento general en sintonía (idea y directriz de Betances). Aquel no era el contexto histórico de los teléfonos celulares, del internet, y de las redes sociales electrónicas, para dar avisos, alertas e instrucciones de qué hacer y con apremio.

El mayor adelanto en comunicaciones entonces, el telégrafo, estaba recientemente inaugurado y las pocas líneas disponibles bajo control del Gobierno: “Sin telégrafos en la isla, por medio de los cuáles y valiéndose de palabras o signos convenidos las sociedades secretas se entendían rápidamente”, anotó Pérez Moris, “éstas no podían comunicarse sino por el medio lento de los mensajeros a caballo”. El capítulo VII de la obra de Pérez Moris está dedicado a las Operaciones Militares. Vamos a resumir y analizar varias acciones basado en ello.

Primeras medidas militares

Las primeras directrices militares fueron ordenadas para neutralizar las acciones desafiantes en el pueblo de Camuy. Con informaciones de que habían “algunos grupos de paisanos” agitando en los barrios y “paralizando las transacciones”, el mismo 23 de septiembre el teniente coronel al mando del 2do Departamento militar formó un destacamento de 50 milicianos de infantería y una docena de caballería (alrededor de 60); este fue reforzado por 25 soldados del batallón de Cádiz bajo el mando del capitán José Pujol. Este contingente fue ordenado a someter a los grupos antigubernamentales que se encontraran.

Con noticias parciales de los acontecimientos, el gobernador Julián Pavía ordenó al teniente coronel Sabino Gamir, del Estado Mayor en San Juan, el 24 de septiembre (autor de un Plan de vigilancia de los pueblos sospechosos del oeste en 1867) a trasladarse a Arecibo, y seguidamente a Camuy. Allí exigió al alcalde Pablo Rivera “todos los antecedentes de lo ocurrido”. Rivera, de quien no sabían de momento que era miembro de Lanzador del Norte, fue sorprendido en la madrugada del 21 de septiembre y obligado a llevar a Iturriaga y una escolta a la casa de González en Camuy. Este, a su vez, fue despertado desprevenido en la madrugada, acto que condujo al descubrimiento de la organización de patriotas. El alcalde Rivera trató de encubrir la trama revolucionaria lo más que pudo; pero el registro de la casa por el propio Iturriaga la destapó. Gamir asumió el mando de las fuerzas militares reunidas en Camuy y fue ordenado a buscar los grupos denunciados y a dispersarlos por la fuerza, de ser necesario. En caso de enfrentar resistencia debía pedir refuerzos a Arecibo.

Cuando Pavía recibió el día 25 más “noticias exactas del alzamiento en Lares” y de la toma del pueblo “al grito de ¡muera España!”, ordenó a los comandantes de Arecibo, Aguadilla y Mayagüez a formar dos columnas de 40 veteranos, 40 milicianos y 10 de caballería, 180 en total. Estas debían situarse en puntos estratégicos de las poblaciones indefensas, y “acometer y perseguir a los insurrectos en cualquier punto en que fuesen habidos”. Ya sabían que no se trataba solo de unos grupos de agitadores en Camuy por razón desconocida, sino que España estaba siendo desafiada por una revolución por la independencia de Puerto Rico. El Gobierno se dispuso de inmediato a tomar la ofensiva contrarrevolucionaria.

“La noticia de la rebelión separatista de Lares”, apuntó Pérez Moris, “cundió con la celeridad del rayo por todos los ámbitos de la Isla, y todos los comandantes militares de los diferentes departamentos se apresuraron a dictar las órdenes y adoptar las disposiciones a fin de evitar que se extendiera el área de la insurrección”. También con rapidez se hubiese difundido la noticia, a caballo o hasta a pie, de una insurrección general de haberse dado, produciendo apoyo más abierto y la solidaridad del pueblo. El plan de los patriotas era apoderarse de los cuarteles de milicias con su armamento en los pueblos según los fueran tomando, y distribuirlo entre los insurrectos. Esto hubiese obligado al Gobierno a tomar medidas defensivas y a su vez dispersas. Con toda probabilidad se hubiesen dado otros capítulos de enfrentamientos armados como sucedió tres semanas después con el Grito de Yara el 10 de octubre en Cuba. Tras los hechos del 23 y 24 de septiembre, en las siguientes dos semanas ciertamente hubo incerteza en cuanto al desenlace.

Desde Mayagüez el Corregidor, coronel Antonio Balboa despachó el 24 de septiembre un batallón al mando del comandante José Arce a perseguir a los rebeldes en el barrio Las Marías; el día 25 con más hombres siguió hasta el Pepino y de ahí hacia Lares a tratar de capturas a los líderes. En los barrios Pezuela, Bartolo y Mirasol hicieron prisionero al mayordomo de la hacienda de Manuel Rojas, jefe militar del Grito, y a “varios jefes y soldados del ejército libertador”.

El día 25 dos compañías del batallón de Cádiz embarcaron de Aguadilla a Arecibo. El día 30 el coronel José Manuel de Ibarreta, comandante general, recibió un oficio del gobernador informando que insurrectos se habían dispersado por las montañas de Adjuntas. Todavía los oficiales no estaban seguros si los insurrectos se habían reconcentrado en algún punto. En la madrugada del 28 el comandante Iglesias al frente de otra columna que había salido de Ponce dio “una batida” por el barrio Guayabo de Adjuntas.

 Bruckman y Baurén

 La columna de 65 hombres del batallón de Madrid, más 57 milicianos y 20 de caballería, al mando del teniente coronel Francisco Martínez salió de Ponce hacia Adjuntas el 27 de septiembre, teniendo noticias de insurrectos que se escondían “en los montes y cerros de Río Prieto”. Luego se movieron hacia el barrio Yagüeca. Por allí apresaron al indocumentado Pantaleón Conti (de Aguadilla), “que resultó ser uno de los dispersos libertadores, que en compañía de otros tres más que aprehendieron aquel mismo día por las patrullas que vigilaban los contornos, se remitieron a Adjuntas”.

En la tarde del 30 se enteraron de que “en el cafetal de don Eduardo Qujiñones” se ocultaban varios de los principales cabecillas”. Pérez Moris señaló un dato importante: “Tenía la finca por mayordomo a uno de esos comisarios de barrios laborantes que tanto abundaban entonces y que probablemente no faltan ahora”, que presentaban “cara española para los leales y una cara insurgente para los traidores”.

El teniente coronel Martínez, a quien Pérez Moris describió como “el jefe militar más odiado de los enemigos de España”, relató lo sucedido en informe al coronel Ibarreta. El comisario del barrio Guayo, José Aparicio, informó que en la Hacienda Asunción, “el encargado de ella, don Bernardo Navarro, abrigaba algunos cabecillas de los dispersos insurrectos”. Resulta que el propio Navarro era comisario y comandante de la patrulla de Urbanos de Río Prieto. Martínez le preguntó a Navarro, “si había alguna novedad en su distrito para inquirir noticias de los dispersos sublevados; me contestó no lo había”. Navarro le aseguró que como “primera autoridad del barrio” él era “celoso de su tranquilidad y enemigo de los rebeldes”. Realmente, Navarro intentó ocultar y salvar a los patriotas. Es uno de los detalles que revela las raíces del apoyo a la revolución en las entrañas de los barrios de Puerto Rico.

Entonces apareció el teniente Isidro Pablo Costa “trayendo atados un dependiente de la finca, un peón y un negro procedente de Mayagüez”. Eran el negro Andrés Rausé y el peón Silvestre Feliciano, atrapados con una escopeta y un revolver cargados, con 70 balas, un frasco de pólvora, un puñal y “una cartera de viaje con papeles”. El esclavo dijo que los pertrechos pertenecían a su amo, y el segundo expresó no saber a quién pertenecían. Según Pérez Moris, los oficiales españoles les creyeron y los soltaron. A mi me parece que este episodio no está bien contado. ¿Qué hacían los susodichos con esas armas?

Al interrogar al comisario Navarro sobre las armas, el oficial Martínez le notó “una extraordinaria turbación”, y sospechó que eran parte de las armas de los insurrectos. Amenazó darle muerte instantánea a Navarro si no decía a cuántos estaba escondiendo, a lo que admitió ser dos. Los condujo al peón Francisco Quiñones “el Viejo”, que habitaba en una casita aledaña, quien también amenazado de muerte señaló “el árbol de follaje a cuyo pie estaban”.

Se trata de Matías Bruckman (también escrito Brugman) y de Baldomero Baurén, el dominicano apodado Guayubín, presidente y secretario de la organización secreta Capá Prieto número 1 del barrio Furnias de la altura de Mayagüez. Al percatarse que la tropa española los había descubierto, Martínez informó, “echaron mano a los rewolvers, que dispararon, y no tacándonos sus tiros, fueron muertos instantáneamente, el uno por una bala de mi rewolver dada en la cabeza y el otro por los acertados disparos de los fusiles del 1er sargento José González Portelli y 2do sargento Antolín de Prado”. Aparte de los revólveres, Bruckman y Baurén tenían “un machete-sable, una navaja de cinco muelles, una navaja de afeitar, un peine, un pañuelo y unas anotaciones de los días de sus fechorías, derrota sufrida en el Pepino, y una especie de testamento dirigida a don Pedro Beauchamp; más cuatro caballos con sus monturas”.

Llevando al comisario Navarro preso, en el informe de Martínez el 1ro de octubre de 1868, relató la resistencia que presentaron Bautista Toledo y Pedro Pablo Quiñones guarecidos en “una casita contigua” y armados solo de machetes. Estos fueron cercados, “disparándoles sus armas, resultando gravemente herido uno y aprisionado el otro, con los demás capturados” fueron remitidos al coronel Ibarreta.

Por otra parte, el 27 de septiembre las columnas del capitán Pujol y del teniente coronel Gamir capturaron a más de 20 insurrectos por el área del barrio Guajataca, en Quebradillas. Estos fueron enviados a la cárcel de Arecibo.

Operaciones militares en octubre

 El 2 de octubre el coronel Ibarreta arrestó a “varios individuos sospechosos” en la hacienda de Bruckman, en Furnias. Ese día la tropa de Martínez apoyada por un pelotón del alférez de milicias Francisco Serrano, capturaron al presidente Francisco Ramírez Medina, Andrés Pol y a José Balbino Ostolaza. Pedro Segundo y Leoncio Rivera también fueron capturados con otros 20.

Luego, el día 5 de octubre fuerzas comandadas por el coronel Martínez, el comandante Iglesias y el capitán Luis Prats se trasladaron al área llamada Silla de Calderón, en las alturas de Adjuntas. Lograron cercar y atrapar a los jefes revolucionarios Manuel Rojas, Manuel Cebollero, Rodulfo Echevarría y Clemente Millán. Un esclavo negro apresado (no dudamos que amenazado de muerte) los guió al lugar. Francisco Santana escapó por un barranco, pero luego fue preso.

Por esos días la columna del teniente coronel Cayetano Iborti, con 3 oficiales, 80 soldados del batallón de milicias y 20 de caballería, salió de Mayagüez a efectuar operaciones en la zona de Indiera y Maricao. Allí hicieron prisioneros a los hermanos Pedro y Pablo Angleró, y a “otros varios individuos complicados en el atentado de Lares”. Cada día se producían más arrestos.

En la madrugada del 10 al 11 de octubre, en el barrio Bucarabones de San Germán “tres insurrectos hicieron fuego sobre la caballería de Gamir, cargándoles ésta inmediatamente, pero sin resultado alguno por haber huido los agresores a favor de la oscuridad de la noche”. ¿Cuántos episodios como este se habrían repetido silenciado por los oficiales españoles y por Pérez Moris?

 Parrilla no se rinde

 Sin embargo, Pérez Moris consideró lo suficientemente importante el enfrentamiento con Joaquín Parrilla, en Yauco, para incluir un informe militar sobre el mismo. El capitán Luis Prats y su tropa realizaron una operación por los montes de Yauco, comenzando a las 6 de la mañana del 18 de octubre. Joaquín Parrilla (1827-1868) se había refugiado en la hacienda del alcalde Manuel Guindulain. Según don Jaime A. Carrero Concepción, Parrilla era oriundo de Añasco, luego fue hacendado y ganadero en Sabana Grande. Hacia 1862 tenia un pequeño comercio en Lares (“José Joaquín Parrilla Dátiz”, Aquiestapr, 19 octubre 2020 en internet, e Historia de Añasco, 2002). Olga Jiménez de Wagenheim, historiadora, lo identifica como “dueño de una pulpería y de unas siete cuerdas de terrenos en Mirasol (Lares). En mayo de 1868, la casa comercial de Francisco Ferret y Hermanos expropió a Parrilla por deudas (El grito de Lares, 1985, pp. 112-113). Parrilla también era integrante del Centro Bravo no. 2, en calidad de hermano instructor.

Al acercarse a la hacienda de Guindulain, Prats apuntó que “salió un hombre de debajo de la manigua como unos treinta pasos delante de la dirección del que suscribe”. Añade el oficial, “se le gritó hiciera alto, y dando por contestación que Joaquín Parrilla no se entregaba, hícele fuego repetido con el rewolver y cayó muerto de dos heridas”. Tenía un puñal apretado en su mano izquierda.

Con la muerte de Parrilla, seguido por el apresamiento el 27 de octubre de Francisco “Paco” Arroyo y de Juan de Mata Terreforte, uno de los generales rebeldes, según Pérez Moris concluyeron las operaciones militares.

Investigaciones por delante

“Detallar las numerosas prisiones que diariamente hacían las diversas columnas a su paso por los infinitos y variados accidentes que presenta el terreno en la feraz y pintoresca Isla de Puerto Rico”, Pérez Moris observó, “sería, sobre prolija, cansada tarea; baste decir que en los veinte y tantos días que operaron las columnas, se hicieron sobre seiscientos prisioneros, que fueron conducidos a las cárceles de Arecibo, Aguadilla y Lares” (Historia de la insurrección de Lares, 1975, p. 195).

En realidad, los arrestos continuaron por varias semanas más y el número de presos continuó aumentando. Luego siguieron los juicios contra los presos hasta enero de 1869. Para entonces habían muerto en las cárceles (por golpizas, maltrato y epidemia) al menos 85 patriotas más. Debido a la presión popular por la excarcelación de los presos políticos, y a la coincidencia de la revolución en España (18 de septiembre de 1868) que derrocó la monarquía y profesó principios liberales, el Gobierno decidió dar una Amnistía General el 25 de enero de 1869. Aunque salieron de las cárceles unos pocos centenares, España mantuvo un régimen de despotismo militar en Puerto Rico; con un breve respiro liberal en 1873.

Precisamente, la infatigable y minuciosa investigación es lo que hay que seguir haciendo para ampliar el conocimiento sobre – y continuar conmemorando – el Grito que se dio en circunstancias tan adversas en Lares para liberar a Puerto Rico.

 

El autor es historiador. Comentarios a: fomoscoso48@gmail.com      

 

 

 

           

 

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