Río Piedras murió

Por Néstor Segundo

Rio Piedras murió, dijo.

Ese comentario no me habría causado ninguna 

emoción si hubiese sido dicho por alguien vivo. 

Pero lo decía un fantasma. Estaba allí. Junto a mí.

En la librería servían café. 

Era un placer sentarse allí a leer o a completar el crucigrama de algún viejo periódico. 

Yo nunca leía el periódico del día. 

Prefería leer noticias viejas para no tener que preocuparme por el futuro.

A veces, aquel fantasma llegaba. Se sentaba junto a mí y sacaba su pañuelo para secarse el sudor de la frente. Sí, este fantasma sudaba. Respiraba. Bebía café.  

Esa mañana había llovido un poco. Con el pañuelo, secó la punta de sus zapatos. 

Luego, cruzó las piernas; quedó quieto y callado largo rato.

Sebastián, el fantasma, estaba triste por Río Piedras. 

Lo veía tan desolado, tan sucio y gris; que sentía una pena más dolida desde la muerte. 

Él sabía que los hombres mueren y pueden ser felices tras la muerte. 

Pero las ciudades, cuando mueren; son olvido, laberinto y soledad.

Repitió la frase aquella: Río Piedras murió.

Se levantó de la silla y dijo que se iba. Que no regresaría jamás .

Nunca más lo volví a ver. No se tomó el café.