Saber de sed, de Anthony Hernández: bitácora de un buscador

Acamparemos con nuestras palabras en el desierto. 

-Mohsen Emadi 

Todos venimos de la carencia. Llegamos a la vida solos y desnudos. En el camino, paradójicamente, nos nutren la sed y el hambre. Sospechamos que algo existe cuando resulta lejano o imposible. Por suerte, como en el poema de Cavafis, el tiempo nos enseña que las ítacas y otras ensoñaciones dejan muy pronto de ser importantes. 

En las páginas del primer poema documentado, el poema de Gilgamesh, aparece el vino -símbolo por antonomasia del placer y la saciedad- como un arquetipo de la sabiduría espiritual. No hace falta evocar ningún otro dato para inferir que su contrapartida, la sed, pueda entonces vincularse con el desasosiego y la incertidumbre. “Deseo” y “de sed” parecen una misma palabra. Justamente, lo poético brota de los sonidos y las ansias: aliteración, encuentro, displicencia. Tal vez, porque de todas las expresiones humanas, la poesía es aquella que busca entre los escombros de la realidad lo que hace falta en el alma. “Visionarios”, fueron llamados los poetas y los artistas durante el romanticismo, porque el impulso creativo despierta fuerzas secretas con las que es posible alcanzar un mundo maravilloso y desconocido, ha dicho Novalis.

Saber de sed, de Anthony Hernández, (Mención de honor del Premio Nacional de Literatura del Instituto de Cultura Puertorriqueña 2014), es la bitácora de un autodescubrimiento. En la axiología de sus sentencias se configura el retrato de quien, leyendo, escribe también su manera de estar en el mundo. Los obstáculos entre la voz poética (el sujeto) y sus valores, develan una pluralidad de planos y posibilidades retóricas con los que se produce una tensión o bien, un nuevo punto de partida vital y estético. Así, la voz poética es un buscador de formas estilísticas y de experiencias que se reconoce y descubre en la imposibilidad, no tanto de encontrar respuestas concretas a sus motivaciones, sino de contener su vocación de búsqueda.

andamos desiertos de luz,

vestidos con nuestras cortas vocaciones

de perder.

Asistimos a este libro con la curiosidad y el asombro de quien descubre una carta o una confesión. No obstante, desde esa perspectiva de aparente resguardo, nos damos cuenta de que en realidad se apalabra una convocatoria. Pues, en muchos de los versos, el manejo de la primera persona plural insta la identificación del lector o bien, el apropiamiento de las sentencias. En otras palabras y en línea con el imaginario del libro, la sed y el deseo aglutinan los cuerpos. Así vamos conformando cada una de sus referencias. Nos congrega el impulso inexorable de ansiar y no tener. 

somos cada uno de nosotros

desatendidos,

multitud.

No es este, sin embargo, un libro de lamentaciones. Aquí, la soledad y el desasosiego son instancias que invitan al reconocimiento de otras miradas, de otras definiciones de la experiencia humana. Por ejemplo la sed, cuando se traduce en la necesidad de un reencuentro. Ese retorno al lugar donde es posible sentir afinidad y aceptación; el origen:

Son muchos los cuerpos que vuelan

que nadan por los aires buscando hogar

y se estrellan contra los cristales

En muchos momentos y a tono con la sugerencia del título, el agua, como un símbolo de purificación y encuentro, revierte el daño que ocasionan el dolor y el cansancio. Por eso la sed es un signo de vitalidad. Ya como alucinación o agotamiento, es representada como un acto de fe.

espero que lluevan matorrales

de mostaza; que muevan montañas

y cubran los vacíos

que hagan puentes para los cuerpos

entre los cuerpos

“Las carencias no son casualidad” dice el poema “Apología por el paso del tiempo” y así es como el libro resume su poética. Todo lo que hace falta, aquello que solo encuentra cabida en el deseo existe, precisamente, por su ausencia. “Grietas que tienen una finalidad espiritual”, reza uno de los versos. A través de formas estilísticas, la intencionalidad de buscar es la ocasión para nuevas búsquedas. En ese devenir se encuentra la autenticidad. Aceptar tanto el carácter soteriológico como el rigor intelectivo de la existencia, la manifestación cabal de lo humano incluidos sus límites:

Los cuerpos son una ocasión

para el sacrificio;

las manos, para perder el juego del alcance.

Reconocer los límites de la voluntad nos hace libres, nos eleva y predispone al encuentro con la realidad. Son esos actos de desprendimiento con los que conseguimos ganar una perspectiva justa. Alcanzar, no ya el objeto del deseo, sino el deseo mismo. 

soy,  ese pájaro que sobrevuela el agua

y tu esa mar casi en las garras

la sed.

Como el agua, las elucubraciones del libro destacan por su transparencia y fluidez. Cada verso es un tejido minucioso que explora, principalmente, los alcances de la brevedad. Leer estos poemas es como mirarse en un espejo y poder ver a otras personas. Esos cuerpos que tanto aparecen y se estiran en el libro son las distintas manifestaciones de eso que somos todos y que a la vez, nos distingue. Tal y como expresa el poema “Sobre las pertenencias”:

bajo esta piel habitan los cuerpos

de quienes nunca tuve el tiempo de amar,

me incluyo.

Con este libro estamos delante de una revelación. Ciertamente, la poesía también puede ser escatológica cuando afirma en forma de presagio, cuando asume que la búsqueda es interminable y que el vacío, presente y venidero es, por consiguiente, el mejor designio de la redención. 

no hay hondura

ni agua

que sacie la sed

de las ausencias.

En este sentido, podemos advertir que en el libro atisban momentos que recuerdan, por ejemplo, el Árbol de Diana, de Pizarnik, el Libro del Frío, de Gamoneda y el Canto Villano, de Blanca Varela, por ser poéticas de la escritura, retratos del poeta y del buscador que aparecen como mapas de todas las épocas y contextos. La sed parece seguir siendo la misma. En palabras del poeta Xavier Villaurrutia, acontece y se repite dentro y fuera de nuestra experiencia: “una sed que en el agua del espejo /sacia su sed con una sed idéntica”. En diálogo con esta imagen, el libro de Anthony Hernández culmina en la certeza de una vindicación: 

por tu sed

-que es la mía-

por esta sed compartida

-porque alguien [siempre] tiene que hacerlo-

Perdón.

En estas páginas, saberse vulnerable exalta una propensión creativa. Dígase una declaración de amor a la poesía. Reconocer que a pesar de la sed “el poema/ nunca es lágrima” si en ese devenir del sufrimiento es posible nombrar lo “hermoso/ de la caída”. Anthony Hernández da forma a una resolución vital y artística: si la sed es brújula y desprendimiento, que la saciedad no nos encuentre vivos.

Marta jazmín García es poeta y profesora de lenguas y literatura en la Universidad de Puerto Rico en Ponce