Se vende un País

 

Por Manuel de J. González/CLARIDAD

Estimulado por la última “gestión” que se le atribuye a Donald Trump en relación con Puerto Rico, terminé de leer “Jefferson’s Great Gamble” de Charles Cerami. El libro narra en detalle el proceso que condujo a la compra en 1803 de la llamada “Luisiana”, durante la presidencia de Thomas Jefferson. Volví al texto porque la mentalidad imperial que presidió aquella compraventa, que los protagonistas sólo vieron como una mera transacción inmobiliaria, sigue muy viva al interior del llamado “establishment” estadounidense, no sólo en el troglodita Donald Trump.

La llamada Luisiana no era solamente el espacio que ocupa el actual estado homónimo, sino un inmenso territorio que se extendía desde el Golfo de México hasta la frontera con Canadá. Con la transacción, de un día para otro se duplicó el tamaño de la joven república. De lo adquirido eventualmente salieron 13 estados y Estados Unidos asumió pleno control del río Mississippi, que ya era una importante vía comercial. En cuanto al territorio adquirido, nadie conocía aún su verdadera extensión ni mucho menos lo que había en su interior.

El libro de Cerami le hace justicia al importante papel que tuvo la revolución haitiana en la eventual transacción entre Francia y Estados Unidos. El plan original de Napoleón y su ministro Charles Maurice de Talleyrand era convertir la Luisiana en el centro del imperio americano francés, utilizando a la importante colonia de Saint Domingue como la plataforma desde donde se lanzaría la colonización de esa enorme porción del continente norteamericano. El fin del colonialismo francés en su principal colonia caribeña tronchó ese propósito. Además, el alto costo de esa derrota, tanto en lo militar como en lo económico, aumentó la urgencia de adicionarle recursos al erario imperial. Estados Unidos, con el esclavista Thomas Jefferson al mando, miraba con estupor y miedo el gran avance de los esclavos caribeños, pero terminaron beneficiándose de su éxito.

En las negociaciones que condujeron al acuerdo de compraventa, conducidas en París, el único elemento de discordia fue el monto monetario de la transacción. Ninguno de los negociadores se detuvo un instante a pensar en la gente que quedaría afectada por la transferencia inmobiliaria. Por su cercanía a la desembocadura del Mississippi, ya New Orleans era un centro urbano importante con población étnicamente mixta, en su mayoría francófonos, pero nadie los tuvo en cuenta ni osó consultarlos. En cuanto al inmenso territorio que se extendía al norte de la ciudad, tachado de “salvaje”, se consideraba parcialmente ocupado por sus poblaciones originarias. Estos tampoco contaron, más allá de la preocupación estadounidense por lo que costaría su eventual exterminio.

Podría decirse que así siempre habían funcionado los imperios, acostumbrados a adquirir y desprenderse de territorios como si fueran fincas o meras fichas en un tablero de juego. Es la misma mentalidad que presidió la conquista y colonización de América, cuando España y Portugal se dividieron el nuevo mundo transando líneas en un mapa, con un Papa como mediador.

Pero esa mentalidad no terminó a principios del siglo XIX, cuando ocurrió la transacción de la Luisiana. Mucho más avanzado el siglo los europeos, sintiéndose dueños del mundo, se repartieran el enorme continente africano como si fuera un pastel. En algunos casos los monarcas, como el rey Leopoldo de Bélgica, se asignaron grandes territorios como propiedad personal. El llamado “Congo belga” era en realidad de ese rey.

A lo largo del siglo XIX Estados Unidos ejecutó su “destino manifiesto” mediante compras y conquistas. En estas últimas, México fue la gran víctima, perdiendo el 55% de su territorio en la guerra desatada por el avaro vecino del norte. Con una mezcla de guerra y compraventa consiguieron Florida, y mediante compra solamente la enrome Alaska. El “destino manifiesto”, que los hacía merecedores de todo el territorio hasta el Océano Pacífico, se extendió un poco más con la conquista de Hawái.

Ya terminando el muy productivo siglo XIX, en 1898, la lejana París volvió a ser escenario de otra negociación que envolvía tierras americanas y asiáticas. Allí españoles y estadounidenses negociaron solos el fin de su guerra, aunque no habían sido ellos los únicos beligerantes. El más importante actor del conflicto había sido Cuba, pero sus representantes no estaban en la mesa de negociación. Tampoco estaban los pueblos que allí quedaron transferidos, Puerto Rico, Guam y Fiipinas, como precio por la paz y a cambio de $20 millones. Luego, Estados Unidos extendería su afán expansivo al siglo XX con la adquisición en 1917 de las Indias Occidentales Danesas, que pasaron a ser sus Islas Vírgenes tras el pago de $25 millones a Dinamarca.

Como hemos visto recientemente, la mentalidad que ve a los otros pueblos como meros objetos para el comercio no terminó con la compraventa de Islas Vírgenes. En la primera década del siglo XXI los integrantes de un “task force” sobre Puerto Rico creado durante la administración de George W. Bush dejaron escrito en un informe el pretendido poder de Estados Unidos para vender a Puerto Rico, si así lo quería el Congreso. Recientemente nos enteramos que en 2017, luego de que el huracán María nos destruyera, Donald Trump indagó si no era preferible gestionar vendernos en lugar de invertir en ayudas.

La humanidad debió invertir mucho dolor (y mucha sangre) para lograr que se adoptara la Declaración Universal de Derechos Humanos, pero ese documento tiene muy poco valor mientras los imperios sigan campeando. La mentalidad que llevó a Estados Unidos a hacer su primera gran compra territorial, la Luisiana. sigue habitando entre quienes dirigen ese país a pesar de que cada día alegan ser un “faro de libertad”. En pleno siglo XXI alegan tener derecho a disponer de países enteros, si así les place. Todos sabemos que eso jamás ocurrirá porque el pueblo lo impedirá, pero ese pretendido poder retrata la mentalidad decimonónica de quienes lo invocan.

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