Sequías, pobreza, conflictos: Corolario del Cambio Climático

Por Félix Aponte Ortiz

Especial para CLARIDAD

“El agua es vida.” El significado de este postulado compartido por la población humana en todos los pueblos del Mundo como axioma, toma mayor vigencia en aquellos espacios geográficos donde se manifiestan sequías extremas. La carencia sostenida de agua fresca, agua con bajas concentraciones de sales en solución, trastoca los procesos de vida tanto de plantas como de animales terrestres, incluyendo al ser humano. La falta de agua asociada a sequías meteorológicas e hidrológicas dislocan severamente las actividades sociales, económicas y culturales de los pueblos afectados y cuando éstas se sostienen por largo tiempo, generan conflictos violentos relacionados al fácil y libre acceso y control de las fuentes naturales y construidas para aprovechar el recurso. Estos conflictos, de forma sostenida en el tiempo, profundizan y a su vez generan crisis humanitarias que desembocan en grandes pérdidas de vidas humanas y desestabilidad en los procesos políticos institucionalizados. Tal como han pronosticado científicos y expertos, el acelerado calentamiento del Planeta está produciendo cambios dramáticos en el comportamiento del clima, exacerbando la variabilidad del ciclo hidrológico y produciendo sequías severas en múltiples regiones del Mundo. Esa es la situación que desde hace más de diez años ha afectado, entre otros, a Centro América, Venezuela, Siria, Yemen, y los países africanos incluidos en el área geográfica al sur del desierto del Sahara conocido como El Sahel.

EL Sahel es la zona eco climática y biogeográfica de transición entre el desierto del Sahara al norte y al sur las zonas más húmedas del centro de África. Es una franja de 620 millas de ancho (mil kilómetros) y de 3,360 millas de largo (5,400 km) equivalente a 1,178,850 millas cuadradas. Tiene una precipitación ordinaria anual de 4 a 8 pulgadas en la franja más al norte y de 24 pulgadas en el segmento sur. Se caracteriza por un clima semiárido y cubre una extensión desde el Océano Atlántico, desde el norte de Senegal, el sureste de Mauritania hasta Eritrea en el Mar Rojo. Se estima que actualmente habita en El Sahel una población cercana en 100 millones de personas, con una proyección de crecimiento al año 2050 de 200 millones de personas. En esta franja, aunque las sequías se consideran un fenómeno recurrente, en las pasadas cuatro décadas éstas se han tornado más generalizadas, prolongadas y frecuentes, probablemente como resultado del cambio climático. Estas sequías inciden sobre los nueve países africanos de El Sahel, promoviendo migraciones internas significativas en la región, así como conflictos armados en muchos de estos países que están causando severas crisis humanitarias que requieren nuestra mirada y atención.

Un caso demostrativo de estos impactos del calentamiento del Planeta en El Sahel es la situación de sequía que ha estado ocurriendo por décadas en la cuenca del Lago Chad. La reducción del volumen del agua almacenada y del área que ocupa este lago, ha requerido la activación de respuestas a nivel internacional para ofrecer ayuda y colaboración en la situación de crisis humanitaria que ocurre en este espacio africano. El Lago Chad es, o era, un inmenso cuerpo de agua dulce natural que suplía suministro de agua para consumo humano y riego agrícola, proveía buena producción y consumo de abundante pesca, y servía también como medio de comunicación acuática para los países que tenían como frontera política los límites de este cuerpo de agua: Chad, Camerún, Nigeria y Niger. Desde 1960, producto del proceso del calentamiento del Planeta y el continuo proceso de desertificación en la región, el volumen del lago ha disminuido un 90 porciento, limitando de forma dramática la fuente de agua de cerca de 30 millones de personas. El proceso de desertificación que allí viene ocurriendo, ha contraído físicamente el perímetro del lago, alterando la percepción histórica de los límites políticos de las fronteras de los cuatro países circundantes. La pérdida del lago y sus recursos ha generado grandes dificultades a las familias que dependen para su sustento alimentario y actividad económica productiva de éste que se ha venido desvaneciendo con más celeridad en las últimas dos décadas. Por otro lado, relacionado también al proceso de las sequías, el acceso a tierra fértil ha constituido un reto continuo para los pobladores y agricultores de esta región, reto que se incrementa con el acelerado proceso de desertificación que induce nuevas presiones para la sobrevivencia de la creciente población en esta parte del mundo. La Organización de Naciones Unidas dice que 10.7 millones de personas en la cuenca del Lago Chad necesitan ayuda humanitaria urgente para poder sobrevivir.

La carencia de agua, por un lado, el ineficiente manejo del recurso por el otro, también ha promovido conflictos armados como el que ocurre en el noreste de Nigeria con el grupo islamista denominado Boko Haram organizado en el año 2002. El conflicto armado entre Boko Haram y el gobierno de Nigeria ha sido responsable de gran pérdida material de infraestructura y estructuras comunitarias y de al menos, 30 mil muertos, otros tantos miles de heridos y cientos de personas secuestradas, particularmente, de niñas de edad escolar que han sufrido terribles experiencias de violencia sexual. En los últimos nueve años este conflicto en Nigeria ha provocado el desplazamiento de más de 2.7 millones de personas.

Tal como ocurren en Chad y Nigeria, el proceso de sequías y de desertificación, está provocando grandes impactos en Mali y en Burkina Faso. La extrema sequía que ha afectado a Burkina Faso en los años 2004 y 2010 ha dislocado los estilos de vida históricos en esa área. Localmente la población se refiere a estos períodos de sequía como “tundi” o como “dirty weather”. Los tundi han dislocado la práctica de trashumancia que, por cientos de años, han practicado en esa región moviendo el ganado vacuno a aquellos espacios geográficos donde estuviese disponible pasto para su sostenimiento. El ganado vacuno es fuente primaria de alimentación, especialmente de la leche que nutre a toda la población y en especial a los niños. El impacto de las sequías a nivel regional ha limitado la oferta de alimento al ganado y ha generado mucha tensión social pues se compite por el uso del espacio entre las distintas poblaciones. El impacto negativo de la sequía ha producido en Mali y Burkina Faso un movimiento migratorio y desplazamiento humano bien significativo que se incrementa con la desertificación y la degradación de los terrenos que ésta produce. Se ha calculado que en Mali el flujo migratorio es de cerca de 200 mil personas por año. Este movimiento humano había producido 177 mil refugiados para el año 2012.

Las sequías de años recientes también constituyen un factor importante, entre otros, que han producido los serios conflictos en Siria, Yemén, Sudán y Venezuela. También han constituido un factor en el disloque funcional de países como Honduras y Guatemala que han inducido los masivos procesos migratorios hacia la frontera de Méjico con EE.UU. y que Donald Trump pretende contener con una muralla. En Siria se produjo una sequía severa entre 2006 y 2010 que tuvo consecuencias catastróficas. Esta sequía provocó el colapso de la actividad productiva agrícola relacionada al cultivo de trigo y centeno que entonces representaba cerca del 30 porciento de su producto interno bruto y que empleaba a una tercera parte de la población del país. EL colapso del sector agrícola por la sequía dejó entre 2 y 3 millones de personas en una condición de pobreza extrema induciendo una migración de esa población hacia Damasco. Esa migración interna hacia la capital coincidió en tiempo y espacio con la otra migración que produjo la agresión bélica de EE.UU. contra Irak, y en conjunto ambas migraciones generaron una presión por demanda de alimentos y servicio que el país no estaba en capacidad de satisfacer. Este contexto dio base a una creciente tensión socioeconómica que desembocó en la sangrienta guerra que todavía afecta a ese territorio. Hay quien ha señalado que la guerra en Siria no se trata realmente de un conflicto religioso entre suníes y chiitas, si no de una “lucha por el agua”.

Una situación similar ocurrió en Venezuela cuando se produjo la mayor sequía en décadas entre los años 2013 y 2016. Esta sequía provocó el colapso de buena parte de su producción de alimentos y a su vez incidió sobre la producción de la energía hidroeléctrica que previo a la sequía, constituía la fuente primaria de producción del servicio eléctrico. La limitación en la producción agrícola nacional obligó a la importación de muchos productos que fueron luego objeto de manipulación y especulación por sectores vinculados a la oposición del gobierno Bolivariano. La carencia de agua en los embalses para la producción de electricidad requirió desviar parte de la producción petrolera designada para la venta en el exterior hacia la producción de electricidad lo que en parte contribuyó al desajuste de la empresa petrolera. Todavía recuerdo un titular de un parte de prensa del 2010 de Reuter que se destacaba con el siguiente contenido: “La mayor sequía en décadas ahoga a Venezuela”.

La situación arriba descrita en EL Sahel, Siria, Venezuela y Centroamérica corresponde con los pronósticos del calentamiento del Planeta y el cambio en el clima que los científicos han formulado de forma reiterada en los pasados años. En agosto del año 2018 el panel de científicos y expertos en este tema de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés) publicó un alarmante estudio con el título de “Report: We Have Just 12 Years to Limit Devastating Global Warming”. Este informe del IPCC establece que los eventos de sequía extrema serán mucho más frecuentes y devastadores en el futuro cercano y que la humanidad solo cuenta con 12 años, es decir, hasta el año 2030 para poner en efecto cambios masivos, sin precedentes, a la infraestructura energética global de manera que se pueda limitar el aumento adicional de 1.5 grados centígrados a la temperatura promedio del Planeta. El informe señala que aún si se lograra contener ese aumento adicional en la temperatura, como quiera se observarán alzas significativas en el nivel del mar, más tormentas destructivas y mayores sequías devastadoras. El informe claramente establece que el calentamiento empeorará la condición de vida del Planeta con implicaciones indudables de hambrunas, enfermedades, pérdidas económicas y crisis humanitaria. Este informe concluye que no hay costos evitados en el cambio climático: o invertimos recursos monetarios ahora para reducir la emisión de gases de invernadero y en la inversión urgente en medidas de adaptación, o pagaremos incrementalmente mayores costos monetarios a través de la pérdida y daños a la propiedad física construida y la natural, así como pérdidas cuantiosas de vidas. Estos retos de la humanidad los tenemos que asumir como Pueblo en el Puerto Rico del presente. Obviar esta realidad implica comprometer nuestro futuro y bienestar de la población actual y de la próxima generación de compatriotas.

Actuar contrario a la realidad pronosticada por la ciencia sobre el impacto del cambio climático tal como en estos tiempos se observa el EL Sahel, Siria y Venezuela, es comprometer a Puerto Rico a un proceso de calamidad y de desasosiego social y económico. El calentamiento del Planeta tiene como consecuencia social la migración y el desplazamiento espacial de grandes cantidades de seres humanos producto de las sequías, inundaciones y tormentas más recurrentes y severas. No tengo duda que, en nuestro caso, el impacto del huracán María ha producido efectos similares de las sequías como las que en esta columna describimos. Ese huracán provocó la migración acelerada de cientos de miles de compatriotas y dio el puntillazo para el colapso de la infraestructura del servicio eléctrico, de comunicaciones y de carreteras. En gran medida profundizó la crisis económica estructural que ya padecíamos desde hace décadas. Habrá que ver qué ocurrirá con nuestra ya disminuida Patria cuando nos afecte una próxima sequía de igual intensidad como las que afecta a los países de El Sahel, cuando tengamos nuestro propio “tundi”, nuestro propi “dirty weather” como la califican los hermanos africanos en Burkina Faso. “El agua es vida”.