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Será Otra Cosa: La marcha hacia la vacuna

 

Especial para En Rojo

 

Nota de la autora: Cualquier parecido con crisis presente es coincidencia.

La historia del polio y sus vacunas tiene mas personajes que una novela de Dumas. El virus del polio, o mejor dicho, los virus, porque son varios, tienen efectos variables. La gran mayoría de que quedan expuestos, un setenta y dos por ciento, no tienen ningún síntoma. Un cuarto de los afectados sufren una leve enfermedad. Al pequeño porcentaje restante la polio les ataca el sistema nervioso central, manifestándose como una enfermedad paralítica de mucha gravedad. Unos se mueren, otros se llevan de por vida la marca de la deformidad. En el pueblo de mis papas les decían rencos.

Wikipedia dice que el primer caso registrado fue Sir Walter Scott, pero en realidad el polio es una enfermedad antigua: la momia del faraón Siptah, unos doce siglos antes de la era cristiana, muestra la típica distorsión de la parálisis en la pierna y el pie izquierdo.  Por muchos siglos, el polio tenía la virtud de ser una enfermedad rara, es decir, infrecuente. Las epidemias no comenzaron hasta el siglo XIX, cuando peculiarmente, se extendieron en las regiones y estratos sociales de más bienestar. Irónicamente, lo que causó el aumento en casos fue la higiene.  En épocas anteriores, la prevalencia casi universal del virus garantizaba que los niños recibieran cierto grado de contacto con el virus por vía del seno y la mugre, y así desarrollaran cierta inmunidad temprana. Al mejorar las condiciones de vida, disminuyó la transmisión del virus, y creció la población de individuos sin ninguna protección.  En el apogeo de sus epidemias iniciales, el polio era principalmente una enfermedad de blancos y ricos.

La enfermedad ataca mas reciamente a los niños, y no hay curación. Solo se puede tratar de mantener al paciente vivo, y de rehabilitar el daño cuando regresa la salud. Drinker y Shaw, dos ingenieros de Harvard, inventaron el “pulmón de hierro”, que sirvió para mantener vivos muchos pacientes cuando perdían la capacidad muscular de respirar. Emerson, hijo de un antiguo comisionario de salud del estado de Nueva York, mejoró este diseño en su taller industrial. Su equipo era más barato y más efectivo, y tenía una cama con ruedas que podía entrarse y sacarse de la cámara respiratoria. Los de Harvard le pusieron una demanda por violación de patente, pero Emerson ganó el caso. Uno de sus argumentos fue que las tecnologías con capacidad de salvar vidas deben estar abiertas a toda la humanidad.

A Canadá  el primer pulmón de hierro llegó en 1930 al Hospital de Sick Kids, que queda a tres cuadras de mi oficina. Los canadienses se figuraron como producirlos en masa durante la violenta epidemia del 37. La importancia del pulmón de hierro decayó con el control de la polio. La prominencia de hoy del ventilador, su descendiente directo,  hace que resuenen esos viejos dramas.

Los historiadores del polio señalan que hacia la mitad del siglo XX el polio ocupaba una posición de protagonista en los temores nacionales de los Estados Unidos.  Alan Brandt, en un artículo sobre la tensión entre ciencia y filantropía, se pregunta: ¿Por qué se convirtió la polio en un llamado a batalla para el pueblo americano? La visibilidad de la enfermedad en la persona del presidente Roosevelt, y la Fundación Nacional Contra la Parálisis infantil, con su empleo pionero de estrategias de relaciones públicas, contribuyeron a poner al polio en el mapa. La Fundación Nacional reforzó la prominencia de la enfermedad en el imaginario colectivo mediante atractivos lemas (“Baila para que otro pueda caminar”), y con el éxito rotundo de La marcha de los centavos, donde las madres iban recaudando fondos de casa a casa  en latas. Todos donaron porque no había nadie que no conociera a alguien con polio, ni nadie que pudiera negarse a dar un centavo. La distribución elitista y racializada de los casos contribuyó a la percepción de la  polio como enfermedad nacional. Todos estos factores generaron un fuerte deseo social de se encontrara una solución.

La ansiedad por una vacuna se conformó en expectativa, y la expectativa en exigencia. La sociedad quería una solución, y estaba dispuesta a pagar por conseguirla.  Esto ponía una presión enorme sobre la comunidad científica.

Múltiples equipos de investigación perseguían diferentes estrategias al mismo tiempo. “Nos resultaba obvio en 1952 que había mucho que aprender acerca del comportamiento biológico del virus” escribió Sabin años después. Salk comenzó su investigación en 1951, bajo los auspicios de La Fundación Nacional. Las primeras inoculaciones con virus inerte se inyectaron en una institución de niños “mentalmente defectuosos”, como se les llamaba entonces. Estos eran particularmente vulnerables al virus por la falta de contacto previo con infecciones. Aun los virólogos del momento se preocupaban por ese cálculo diabólico con que se involucraban seres vulnerable sin capacidad de dar consentimiento, niños sin papás y mamás que pudieran abogar por ellos.  Por suerte, la vacuna funcionó. De otro modo, señala el Dr. John Paul, historiador del Polio, “a estos experimentos se les habría llamado un crimen humanitario”. Salk mismo, a pesar de su fe en la vacuna, hablaba con precaución y trataba de evitar el triunfalismo: “Ahora hace falta delimitar precisamente los limites de la efectividad y reproducibilidad de la vacuna”. Las pruebas se iniciaron en el 54, a gran escala, con la pompa y el platillo que caracterizaba las cruzadas de la Fundación Nacional. Surgieron disputas acerca del uso de voluntarios de la fundación para hacer las pruebas. Salk se quejaba de que le exigieran un grupo de control, argumentando con pasión que la administración general de la vacuna era un bien mayor. El comité científico también pedía que se controlara el estatus socioeconómico de los primeros vacunados, ya que los voluntarios de la fundación eran todos de clase media. El siguiente paso era aún mas problemático: la evaluación del producto industrializado. El gobierno exigía que la vacuna no solo fuera efectiva, sino también segura.  El salto del laboratorio a la industria nunca es trivial. Las pruebas a gran escala fueron recibidas por bastante oposición. Ciertos laboratorios de investigación no habían logrado reproducir los resultados de Salk; otros encontraban virus vivo dentro de la vacuna, lo cual resultaba muy peligroso. Sabin, un importante virólogo y principal competidor de Salk, declaró que la vacunación a gran escala era prematura.  Salk le contestó que se haría “personalmente responsable” de su efectividad. La comunidad científica empujaba en una dirección, y el aparato de mercadeo de la Fundación Nacional, en la opuesta. Las fervorosas especulaciones y esperanzas eran tales que gobierno no tuvo mas recurso que autorizar las investigaciones.

Brand cuenta que a la vez que las objeciones de Sabin contra la vacuna inyectada se hacían mas personales (“no confundamos un optimismo justificable con un logro cierto”), las respuestas de Salk quedaban a su vez expresadas en tono menos científico (“Tengo el valor de mis convicciones” “Los escépticos a veces son útiles, pero a veces son molestos”). Las pruebas a gran escala funcionaron, la prensa declaró a Salk héroe y semidiós, y la vacuna se fue al mercado antes de que se completara la evaluación científica. Algunas de las fábricas de vacunas no estaban bien vetadas. Una de ellas arrojó cinco casos de polio paralítico en niños que acababan de recibir la vacuna: el escándalo fue penoso. Unos expertos declararon que ya no confiaban que el virus inyectable producido en fábricas fuera inerte.

Sabin por su parte, iba persiguiendo una estrategia distinta, cuya fase inicial tenía que ver con monos y chimpancés. Su estrategia consistía en captar virus vivos del tracto gastrointestinal de niños saludables para buscar variedades del virus capaces de producir reacción de inmunidad, pero que no tuvieran alta reacción neurovirulenta. El objetivo final era la administración por vía oral.  Mediante este proceso se seleccionaron las tres variantes mas comunes del virus vivo en circulación.  Entre 1954 y 1956 los socios de Sabin habían estudiado unos 9000 monos, unos 150 chimpancés, y 133 humanos. Las primeras pruebas humanas de la vacuna trivalente se hicieron en un reformatorio: los jóvenes presos se habían ofrecido como voluntarios de conejillos de indias.

El siguiente paso sería más difícil: inmunizar los grupos más susceptibles con estas tres variantes. El grupo de mayor interés eran los niños sin experiencia de inmunidad con ninguna de las tres variedades del virus.  “Sucede”, cuenta Sabin, “que mi esposa y dos hijas, de 5 y 7, y sus amiguitas, de 7, 9, y 11, eran todas triple negativos. Y como yo no podía proponerles a otros padres permiso para hacer los estudios necesarios con sus hijos si no creyera que podía hacerlo con mi propia familia”.  Estas pruebas familiares funcionaron bien, pero para lograr acceder a grupos experimentales a mayor escala, Sabin tenía que justificar que la vacuna oral todavía era necesaria.  La versión inyectada con el virus inactivo, la de Salk, ya estaba disponible para el uso general.  El consejo que recibió Sabin de su antiguo mentor en la Fundación Nacional  era que echara el resto de la nueva vacuna experimental por el desagüe.  Sus colaboradores en otros países acudieron al rescate, y se pusieron en marcha pruebas en Holanda, México y la Unión Soviética.  La primera administración masiva de la vacuna oral con el virus vivo tuvo lugar en Singapore, en medio de una epidemia crítica.  Los datos d Singapore mostraban que un 40% de niños sin vacunar igual quedaban protegidos por vacuna ajena.  El virus oral era más barato y de fácil administración: sólo hay que poner dos gotitas rosadas y dulzonas en la boca del niño. No sólo era tan efectivo este método como el inyectado, sino que ofrecía mejor promesa de protección a nivel poblacional.  En los Estados Unidos, muchos se opusieron la “vacuna comunista” hasta que varios países demostraron la efectividad de la estrategia de Sabin, que consistía en administrar masivamente la vacuna oral a la mayoría de la población, para interrumpir efectivamente los ciclos de transmisión. El lema de Sabin era “Es mejor evitar epidemias que interrumpirlas”.  Los líderes de la Fundación Nacional mantenían su oposición  a la vacuna oral, pero el entusiasmo con el enfoque preventivo continuaba creciendo.

La vacuna oral fue autorizada en 1961 en los Estados Unidos.

Salk no recibió el premio Nobel de medicina. Sabin tampoco.

Ambos se negaron a patentar sus vacunas. Durante sus vidas, no le sacaron ni un centavo a esos descubrimientos

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