Será Otra Cosa: Animal fiero y tierno

 

Por Vanessa Vilches Norat/Especial para en Rojo*

El hombre no es el único animal que piensa, sino que es el único que piensa que no es un animal.”     Pascal Picq

Domesticar un animal supone su humanización.  El día que llegó la cachorra apenas ocupaba una loseta. Era un amasijo de peluche de casi 12 por 12 pulgadas. Recuerdo bien su llegada porque ese día la policía de Puerto Rico la arremetió contra los estudiantes que se manifestaban frente al Capitolio. Gases lacrimógenos, macanas, tizer: formas de domesticar la injusticia. Troqué la rabia por la ternura de esa losetita de pelambre negro y dorado. El trueque habla de mí.

La antiquísima relación de los seres humanos con los animales traduce sólo nuestras necesidades históricas. No es gratuito que asechados por la extinción de la especie debido al virus Corona recurramos al reino animal para espantar nuestros miedos: delfines en Venecia, caravanas de elefantes en India, refugios de perros y gatos vacíos. Nuestra necesidad de compañía y amor, tan frágil en este momento, nos acerca aún más al animal que no creemos ser. Perra vida.

Humanizar a la cachorra fue incorporarla a nuestra cotidianidad doméstica, hacerla parte de la tribu, sustituir la familia con el animal, incluso. La llamamos Lila. Dos sílabas para que obedeciera mejor. Dos sílabas para que aprendiese a diferenciar con rapidez su nombre de los mandatos sit, down, heel, ven. Era demasiado pequeña. Quizás debieron amamantarla unas semanas más. Jugamos a la lactancia, alimentamos por turnos la cría. Hacerla dependiente de nosotros, eso es domesticar.

Domesticar es un imperativo humano hace más de 120,000 años. Tantas razones: diversión, economía, seguridad, alimentación, compañía.[1]Le asignamos su espacio en la marquesina de la casa. Le conseguimos una jaulita, la alimentamos, la mimamos todo el tiempo y la vimos crecer. La llevamos de paseo, la bañamos, la vacunamos. Ha sido la compañera de juegos de las hijas. También de nuestro miedo y soledad. Lila garantiza nuestra seguridad nocturna.

Y fuimos olvidando mimo a mimo, palabra a palabra, día a día, que el animal tiene su propia inteligencia, una inteligencia animal que no puedo cifrar. Entretejida en nuestra historia familiar, creemos que es la pariente muda. Le hablamos, le ordenamos, la regañamos. Lila, ven; Lila, no; Lila, come; Lila, aquí, LILA YA; muy bien, Lila. Ella contesta, o eso creemos, con su cara, sus brincos, sus ladridos y gruñidos. ¿La queremos por lo que no es?, con esa “forma de maltrato sofisticado” que es la domesticación, al decir de Jean Piere Digard. Ella es parte del 99% de las especies más pequeñas que yo. ¿A eso debo mi superioridad?

Por mucho tiempo me daban pena los perros. Me compadecía de su continua necesidad de cariño. Contrario a la aparente altanería gatuna, la dependencia canina al amor de sus amos es lastimera. Cuando me criaba, los de mi casa jamás me ocupaban mucho pensamiento. Estaban allí, en la marquesina. Se les alimentaba, se les cuidaba, pero nunca sustituyeron a ningún familiar. Jamás los tratábamos, o quizás debo usar el singular, los trataba, como humanos. Esa división estaba muy clara entonces: ellos eran perros, yo humana. Ello no implicaba maltrato de mi parte, sólo el reconocimiento de que éramos dos especies diferentes. Me consideraba superior, por supuesto, poseía pensamiento, lenguaje, memoria, consciencia, noción de belleza y sentimientos. En definitiva, era un excelente ejemplar de mi especie homo sapiens sapiens bayamonense. R. Leaky jamaqueó mi sentido de superioridad al demostrar la inteligencia y la capacidad lingüística de ciertas especies animales en Origins(1978). Sin embargo, me anclo en su conclusión de la complejidad lingüística humana.

Desde que sé que la etología tiene la posibilidad de acceder a los mundos mentales de los animales gracias a las tecnologías de registro cerebral, miro a la perra mirarnos.Lila no es el gato derrideano, pero a través de su mirada intento descifrar el misterio de su inteligencia. ¿Cómo nos representará? ¿Cómo funcionará su memoria? Y allá voy de nuevo al viaje de la humanización porque en mi pulsión domesticadora olvido que cada especie tiene un mundo mental dependiente de sus órganos sensoriales. Pero es que su mirada, que me antojo piadosa, me hace sospechar de ella y de mí. Me falta comprensión de un mundo compartido y mi lugar en él.

Antropomorfizar a un animal, olvidar su verdadera naturaleza es degradarlo, nos recuerda Digard. Además, permite paliar nuestras huellas saqueadoras en la tierra.  Mi relación con la perra me ayuda a cancelar el cerdo, el pescado y la gallina que me como. También el huevo y el queso.

Ahora a sus diez años, envejecida, se pasea por la terraza casi como para complacernos. Juro que ha entendido nuestro miedo y tristeza. Reconozco que esa proyección de mí, de nosotros, desaparecerá pronto. Esa certeza me angustia y entristece. Me escucha cantarle, menea la cara, pero se sienta lejos de mí. Insisto en confundir mi naturaleza con la suya. Supongo que su instinto es protegerme, estar alerta a lo imprevisto. Cuando la llamo, se me acerca, y posa toda su corporeidad de noventa libras en mi falda con la gracia de una mariposa. Ya no estoy segura de quién es la que necesita amor. Me mira con su lánguida mirada y me lame. “Pobrecita, que poco me conoce”, sospecho que piensa.

Igual se ríe de mí, de mi prepotencia, porque la vida continuará en el planeta, aunque no seamos los protagonistas de esta historia.

 

*Gran parte de esta reflexión surge de mi lectura de La historia más bella de los animales,trad. Consuela Serra (Barcelona: Anagrama, 2002) estupendolibro de entrevista a los científicos Pascal Picq, Jean-Pierre Digard y Boris Cyrunlnik por Karine Lou Matignon.
[1]Jean Pierre Digard. La historia más bella de los animales.

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