Será otra cosa: Cáncer y fake news

Nos ha pasado alguna vez: la traumática experiencia de pedir una explicación médica, de compartir nuestras dudas y ansiedades con un doctor o doctora, y encontrar a un individuo hostil, o simplemente cansado, mortificado o torpe, que explica como mejor puede, y no puede mucho. En esos momentos pienso que habría que entrenar al personal médico en comunicación interpersonal, pero también pienso en la necesidad de incluir instrucción médica básica en nuestra educación, al menos los nombres de los huesos y los músculos, algunas nociones del funcionamiento del sistema inmunológico, qué es eso de sistema linfático, en dónde exactamente están el hígado, el vaso, el páncreas, los riñones, cómo funcionan los dichosos glóbulos blancos, qué es una infección… Qué mucho tiempo y energías se malgastan en la escuela, con tanta cosa útil que necesitamos aprender. En esos momentos siento que nos han privado de algo, nos han engañado. Cómo es que hemos llegado hasta aquí, tan ignorantes sobre nuestro propio cuerpo a pesar de los títulos y los muchos años de dedicación al conocimiento. Lo peor es cuando es cuestión de vida o muerte, cuando necesitamos tomar una decisión y de momento toda la inteligencia que ejercemos día a día se desvanece en un balbuceo bobalicón. No entiendo nada. Pero bueno, al menos nos queda la internet, y ya ven, hasta en eso hay que ir con cuidado.

Por otro lado, lo habrán notado, últimamente la profesión médica también está pegada a la red, ya sea a su vieja computadora, su ipad o su teléfono (ya sea en formato común o a lo Dick Tracy), lo que provoca algunos malos entendidos y miradas estrábicas que aportan poco a la serenidad del paciente (¡y a la del doctor!). A mí me enternecen estos esfuerzos por modernizarse, pero echo de menos, sobre todo en momentos críticos, la mirada compasiva. Ya sé que lo hacen por exigencias de los planes médicos, que tienen muchos pacientes esperando fuera, pero, en algunos casos, quisiera que se tomaran un momento, me engañaran y me convencieran de que de veras les importa mi bienestar.

Es significativo que, según estudios de varias instituciones sanitarias europeas, quienes buscan información sobre su salud acudan cada vez más a googlear y navegar en la red que a consultar a su médico de cabecera. En el caso de Puerto Rico, ya ven, no debe sorprendernos, si consideramos el costo de los planes médicos, la carencia de días por enfermedad en muchos de los contratos y las dificultades para hacer una cita médica, factores que desalientan una relación saludable entre pacientes y “proveedores” de salud. Es más fácil –y pensamos que más seguro– consultar las autoridades en la pantallita del teléfono. Al menos eso creemos.

El problema es que hay mucho paquete rondando por ahí. Es tan alarmante la situación que (según he averiguado de pasada en internet, precisamente) la sociedad médica internacional ha preparado páginas de rectificación científica desde sus centros de investigación, como por ejemplo saludsinbulos.com y tumoremaeveroche.it, manejadas por profesionales de la medicina española e italiana, respectivamente. Sospecho que debe haber muchas más, y detengo mi búsqueda antes de caer en uno de esos hoyos negros de la red plagados de noticias y datos tan supuestamente contundentes como alarmantes.

Los puertorriqueños exploramos páginas en inglés y en español, sobre todo las de centros médicos que podrían estar a nuestro alcance (si es que tenemos seguro médico), según la localización de familiares y amigos de la diáspora. En español, además de las versiones traducidas de muchas de esas mismas páginas, les podemos echar un vistazo a páginas españolas, mexicanas, colombianas, etc. No sé si esto sea una ventaja o una sobrecarga informativa perjudicial para nuestra salud mental. Ya los doctores se están quejando, siempre en guardia contra las páginas médicas equivalentes al rincondelvago.com, preparadas por individuos irresponsables, posiblemente buenas almas que pretenden ayudar al prójimo y a la prójima con su excelsa sabiduría y su exceso de iniciativa. Muchos de sus pacientes, antes de llegar a la oficina, buscan información en internet y los bombardean (así parecen percibirlo algunos) con preguntas (muchas veces las mismas preguntas) que ponen a prueba su paciencia (de la que carecen algunos de estos profesionales). No ayuda a las largas esperas en las salas de consulta, por supuesto.

Salud Sin Bulos (es decir, sin embustes), una iniciativa de la Asociación de Investigadores en Salud (AIES), es, según informa la prensa, “un observatorio que nació de una inquietud al detectar sus integrantes que la respuesta a los engaños de salud por parte de organismos científicos se producía solo en algunas ocasiones y muy tarde.” Intentan rectificar, pues, la desinformación provocada, ahora a mayor velocidad debido al fácil acceso de buena parte de la población a la internet, y dan como ejemplo un bulo que todavía está haciendo de las suyas: la falsa noticia propagada por un presentador de televisión de que las vacunas producían autismo.

Sucede, sin embargo, que es en el ámbito del cáncer donde se producen más fake news, y ha llegado al punto de que Salud Sin Bulos y la Asociación Española contra el Cáncer firmaron un convenio de colaboración para combatirlas. Creo que es provechoso que cite lo siguiente, para beneficio de las desorientadas:

“Los engaños sobre este tema son frecuentes: que el sujetador con aros aumenta el riesgo de cáncer, que los móviles lo provocan o que calentar comidas y bebidas en recipientes de plástico está tras la causa de hasta 52 tipos de enfermedad. Asimismo, existen falsas creencias sobre el componente emocional, de forma que algunos bulos defienden que una actitud positiva o negativa puede determinar las posibilidades de curación de un cáncer, algo que han aprovechado algunos gurús para enriquecerse.”

Estos profesionales de la salud, entre médicos y comunicadores que componen el equipo, se encargan de difundir las correcciones de los disparates que pululan en la red, analizan titulares alarmistas sobre salud así como los argumentos pseudo científicos viralizados por la internet.

En Puerto Rico, con parecido propósito, ha estado publicando sus columnas sobre salud (primero en Claridad y luego en El Nuevo Día, valga apuntar) el Dr. Fernando Cabanillas, director del Centro de Cáncer del Hospital Auxilio Mutuo, y hace poco acaba de editar una colección de ellas bajo el título Consejos de cabecera. Prevenir y tratar: alimentos y vitaminas contra el cáncer. Cúrcuma, Guanábana, Ajo, Probióticos, Vitamina D, Moringa, Cannabis… Las ganancias del libro están destinadas a apoyar a los pacientes del Centro de Cáncer del Hospital Auxilio Mutuo en el pago de costos no cubiertos por los planes de salud, y se consigue en las principales librerías del país y en la farmacia del hospital. El libro ofrece explicaciones sencillas que además nos aleccionan sobre la complejidad y lo fascinante de la ciencia curativa. Da cuenta de fake news, fraudes médicos y faltas de supervisión como para poner los pelos de punta. Denuncia estas prácticas, sobre toda la de la mal llamada “medicina alternativa”, y, en todo caso, aboga por los probióticos y el vino tinto. Sus denuncias además rebasan el ámbito exclusivamente médico, como hace con “Las cenizas tóxicas de Peñuelas” y la curiosa historia de la bacteria Wolbachia y los mosquitos, “¿Una infección venérea contra el dengue?”, artículos cuyos importantísimos planteamientos, fundamentados en datos científicos, bien merecen la pena atender.

La sobreinformación y la ansiedad nos pueden llevar a la perplejidad y el terror. Como Cabanillas, soy escéptica y necesito pruebas, pero soy, como toda hija de vecina, susceptible a las advertencias, amenazas y consejos que andan por ahí. Necesito certezas para algo que sigue siendo un misterio. Me declaro navegante de internet, y muchas dudas las resuelvo con una búsqueda disciplinada de páginas que supongo autorizadas (medlineplus.gov, cancer.net, cancer.org, mayoclinic.org, entre otras) pero el libro de Cabanillas tiene un efecto cercano y familiar en mí, como si a alguien le importara mi bienestar, como parte de un país que también padece graves enfermedades. Deja la impresión de que hay no sólo un contingente de científicos en un afán constante por encontrar remedios a todos nuestros males, sino también un grupo de gente compasiva, preocupada por la salud de un país muy maltratado, que busca soluciones. Y esto, a veces, nos tranquiliza de una forma que ningún portal cibernético y lejano podría.

Una versión más amplia de este escrito se publicó en 80grados el 7 de diciembre de 2018 bajo el título “Cáncer, fake news y un libro reparador”.