Será Otra Cosa: El futuro del beso caribeño y otras dudas germicidas

Especial para En Rojo

 Fue tan solo un mes antes de la pandemia cuando me di cuenta de que los estadounidenses no se besan. Me eché más de 35 años viajando a ese país para percatarme. En qué planeta estuve todos esos años, desconozco, pero un buen día fui a saludar a unos conocidos en un encuentro en Los Ángeles y me quedé medio pasmada cuando, sucesivamente, persona tras persona, respondía a mi habitual beso caribeño con un abrazo extraño. Un abrazo a veces incluso excesivamente entusiasta, como cumplidor pero que, a evidente falta de beso, no podía evitar su absoluta insipidez, por no decir estreñimiento.

Sí, ya sé que Estados Unidos es un país super heterogéneo pero yo ese día me di cuenta de que los americanos no besan. Y me sentí demasiado ingenua, como siempre, distraída, casi fuera de la realidad, por no haberme percatado antes. Habría podido evitar ese momento tan delicado, incómodo, en que me quedé vestida y alborotada en mi fila de besos entusiastas y no vine a darme cuenta sino hasta el último esquivo, porque las personas distraídas metemos la pata así, hasta el final.

Respeto las culturas diversas pero, aun así, ante la incapacidad de mis compañeros a recibir un beso de saludo, todos mis prejuicios salieron a flote. Me pareció casi una barbaridad. Como mínimo, muy poco sofisticado, el aparato afectivo de este grupo.

Esto fue justo antes de que los besos se convirtieran en algo escaso, estrambótico y hasta temerario. Un mes antes para ser exacta, así que ya yo venía pensando en esto de besar como respirar, besar sin consciencia, a “tutiplén”. Ahora que llevo diez meses sin besar a nadie más que a mi compañero (a Diosa gracias que existe), todavía me es un ejercicio torpe y hasta levemente ignominioso ver, por ejemplo, a mi tía, a mis hermanas, que son lo más cercano que tengo de mi mamá y de mi papá, y no darles un beso y un abrazo. Extraño también besar a un bebé, o a los niños y niñas de mis amigas. Pero no es eso lo que quiero decir. Voy a otra cosa.

He estado leyendo, y dicen que un día volveremos a besar igual que antes. Tengo mis dudas.

Algunas expertas insisten en que el acto de besar está “inscrito en nuestra memoria ancestral”. Eso puede significar muchas cosas pero lo importante es que suena hasta etéreo, algo sensual y sugestivo. Pero el beso no debe ser una acción intuitiva (o al menos estoy segura de que eso me diría mi profesora de Historia y Estudios de género). De hecho, leí el otro día que besar ni siquiera es un acto universal pues, aún hoy, hay culturas que no ejercen su derecho al beso. Busqué a ver qué culturas eran esas y, primero, encontré unas que no es que no besen sino que no lo hacen en público. No sabía que en los Emiratos Árabes y en la India, por ejemplo, está prohibido besarse e incluso mostrarse afecto en público, así seas turista. Esto ocurre en países mayormente musulmanes, así como en la India (en el hinduismo) y otros países asiáticos de religiones diversas. Me sorprendió porque, en Tánger, Marruecos, por ejemplo, una vez entré sola a un bar donde creo que no se suponía entrara, y me encontré con que los hombres cantaban juntos y se besaban. Ahora no recuerdo bien en qué lugares se besaban pero era en la cara, y recuerdo que se tocaban y abrazaban bastante, y que disfrutaban como tal vez nunca había visto a los hombres disfrutar entre ellos, física, cariñosa, celebratoriamente. Después supe que los hombres vienen besándose al menos desde el Imperio Romano, época en que los individuos del mismo rango social se besaban.

En la historia contemporánea, el beso entre camaradas socialistas es bastante conocido. El más mítico tal vez se lo dieron el presidente soviético Leónidas Brezniev y el líder de la República Democrática Alemana, Erich Honecker, en 1979. Mi amigo Carlos Alberty contaba que los cubanos se dejaban el cigarro en la boca para evitar los besos de los soviéticos en los encuentros diplomáticos. Nunca he sabido si eso era verdad, porque Carlos era bien sinvergüenza pero me suena bastante creíble.

Es paradójico que a pesar que tocarse y besarse amistosamente parece ser común entre los hombres árabes, en muchos países (Qatar, Indonesia, Zimbabwe, entre otros) las mujeres y los hombres no deben besarse en público. Hace unos pocos años vi una serie de manifestaciones en India, donde grupos grandes de parejas se juntaban para besarse públicamente y confrontar así la mojigatería del ala más conservadora del hinduismo. Ya eso lo había hecho Pedro Julio Serrano en Puerto Rico desde mucho antes, cuando movilizó a un grupo de personas de la comunidad LGBTTIQ para besarse en las escalinatas del Capitolio exigiendo equidad y contrarrestando el conservadurismo religioso. Las escritoras feministas árabes llevan años reivindicando su derecho al beso público, a la autonomía de sus cuerpos y al reconocimiento del “el árabe como la lengua del sexo, por mucho que se empeñen en olvidarlo”.

Pero volviendo al elemento original, los primeros registros que se tienen de los besos son de la India, y fueron esculpidos en el año 2.500 a.C. en las paredes de los templos de Khajuraho. Se dice que la primera referencia literaria del beso apareció en unas escrituras sánscritas védicas en la India,en el año 1,500 a.C, según fuentes variadas. “Lamer la humedad de los labios”, decían las escrituras prehistóricas. Siglos después, en el siglo III DC para ser más exacta, El Kamasutradedicaba un capítulo a explicar las diversas formas de dar un buen beso.

De hecho, besar no es exclusivo de los seres humanos. Los primates y hasta los pájarosse besan con frecuencia; los perros y gatos se lamen y acarician; los caracoles y los insectos “juegan” con sus antenas. También se cree que el beso fue un comportamiento aprendido que se desarrolló a partir de la “alimentación con besos”, el proceso mediante el cual las madres alimentaban a sus bebés pasándoles comida masticada boca a boca.

Algunas personas estudiosas sostienen que hay culturas indígenas actuales que practican la alimentación con besos pero no el beso social. El antropólogo de la Universitat Rovira i Virgili, Jordi Roca, dice que para los Secoyas, una tribu que habita entre la Amazonía peruana y ecuatoriana, besarse no está aceptado, ni siquiera como forma de saludo.“Consideran besarse como un síntoma de locura. Tocar el cuerpo con la boca es para algunas tribus amazónicas un acto mágico. Tienen miedo de hacerlo, es un tabú”.

Les decía que tengo mis dudas sobre el supuesto regreso a la normalidad de nuestro ardiente beso caribeño. Sé que para nosotras besar es como respirar pero: ¿quién nos quita ahora esta consciencia germicida en esteroides que hemos desarrollado en el 2020? Yo que era un imán para cuanto virus y catarro corría por esos caminos del mundo, cómo voy a prescindir ahora de este brutal sentido de seguridad que me provee la doble mascarilla quirúrgica. ¿Cómo voy a ir a los sitios cerrados y sin ventilación que ahora visito más que nunca (farmacias y supermercados) como si nada hubiese cambiado? ¿Cómo ir a los otros lugares a los que tengo esperanzas de volver (bares, aviones, restaurantes, museos, cine y muchos más)? Cómo imaginarme el futuro, en una de esas marchas multitudinarias, por ejemplo, donde antes podíamos pasarnos horas besando y saludando a cuanto conocido nos encontrábamos, como si no hubiera familias enteras de coronavirus humanos al acecho, esperando que abramos boca, nariz y corazón para colonizarnos. Perdonen si estoy siendo aguafiestas, yo sé que usted seguramente quiere volver a dar besos a tutiplén, pero algo muy dentro de mí me dice que aquel besuqueosui generis, a diestra y siniestra,  sin contemplaciones ni procónsules que dictaran su política, se va a tornar algo más exclusivo y memorable. De hecho, ya han entrevistado a miles de personas solteras y estas han revelado que, en los últimos meses, el tradicional beso de apareamiento ha aumentado significativamente su valoración. Ahora es un ejercicio mucho más selectivo, con un preámbulo más largo y rico, e incluso ha vuelto a cargarse de todo el peso del juicio social y una observación pública que no se veía tal vez desde el siglo XIX.

Honestamente, me interesa saber qué pasará con el beso caribeño: distendido, casual, travieso, que es lo mismo que hablar de cómo seremos después de esta pandemia.

“A kiss may ruin a human life,” decíaOscar Wilde en A Woman of No Importance.

En estos tiempos, el simple beso, ese acto primordial, subvalorado tal vez de tanto uso habitual, es perverso. Lo mismo te arruina la vida que te la salva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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