Será Otra Cosa: Fiesta de despedida

 

Especial para En Rojo

– Paso del tiempo

Mascarillas, hand-sanitizer, internet, películas, series y youtube varios (aplausos, tantrums, chismes, animalitos adorables, abrazos, la vida leve ahora es central). Trabajo doméstico, mudanzas, resacas, reparaciones, viejas recetas ensayadas, escasez de levadura, escasez de harina, miedo a la escasez. Carreras a la farmacia, algunas citas médicas, mucho polvo del Sahara, sequía, ley seca. Trabajo a distancia, clases por zoom, dónde está José, José se convirtió en bolita, José prende la cámara. Visitas por zoom, entrevistas por zoom, el duelo de algunos, la pena, te abrazo. Yo miro por el balcón, voy mucho al colmado, me distancio, viajo sola en ascensor. Espacios, rumores, noticias, instrucciones, desescaladas, toque de queda, mi sofá, mi gata. Gestiones a distancia, gente que responde desde sus casas, gente que llama por teléfono, gente que sale a caminar por las mañanas, gente que no responde los emails, cosas que llegan por correo, muchas cajas, mucho cartón, mucha basura, culpa. Noticias tremendas, noticias bobaliconas, noticias confusas, noticias esperanzadoras, muchas muertes, mucho miedo, estupideces, encuestas, estadísticas, griterías, turistas, elecciones, más rumores, lo de siempre, algo nuevo y las vacunas. Vivo el mismo día con variantes. Entonces es noviembre y llegan las fiestas.

Me regalé una silla alta para velar la tarde. La gata está muy contenta porque puede acompañarme y mientras tanto pasear por el pasillo, su actividad favorita desde siempre. Los gatos son así, saben bregar con el confinamiento. No se angustian, no se desesperan, toman las cosas como vengan.

No tengo espejuelos puestos, así que no puedo distinguir las caras de quienes llegan hasta acá, así que a todos les sonrío desde lejos. Me he vuelto muy simpática. Luego me doy cuenta de que es un gesto indescifrable bajo la mascarilla. Pasan de largo. Nos evitamos como si fuéramos radioactivos. Es mejor así.

Desde acá arriba parece como si unos vecinos allá abajo tuvieran un pequeño jardín privado. No es tan privado para mí porque puedo ver todo lo que sucede a la distancia. Se están riendo y no sé si ríen porque los miro o parezco mirarlos desde aquí. Hay un perro, eso puedo distinguirlo bien. Hace unos meses pusieron una piscina para los niños y el espacio ha mutado varias veces. Han puesto toldos para el sol, una parrilla y una mesita para pasar el rato. No supe cuándo vaciaron la piscina y la guardaron. Las tardes son más frescas. Ahora se ve la ropa tendida y los cuatro gatitos que nacieron en verano.

Mi casa parece un barco, un globo suspendido, un espacio seguro para viajar, acaso.

–  La fiesta improbable

Ya era diciembre y me preparé para una fiesta improbable. Tenía especias suficientes, una botella de ron casi completa y otros ingredientes sin expirar desde el año pasado, así que sin pensarlo mucho hice tres botellas de coquito por si acaso. Por si acaso qué, me dije inmediatamente después de que las puse en el fondo de la nevera. No hay invitaciones este año, así que no hay que buscar traje ni zapatos. Sigo descalza desde marzo.

Nochebuena no dejó sobras. Los tres participantes de la fiesta nos ponemos mascarillas, abrimos las ventanas y ocupamos alguna esquina de la sala. Somos tres, así que siempre sobra una. No es exactamente una fiesta, pero ese día armamos un almuerzo con obsequios varios que han llegado durante el día: pasteles de Vanessa, morcillas veganas de Mari, aguacate de Fior, tembleque de Úrsula. Pienso en la palabra «festín». Todo venía con cariño y estaba sabroso. Nos dio trabajo tomarnos una foto en la que saliéramos los tres. En la esquina me veo más gordita porque el lente es ancho. Ha sido un año ante las cámaras.

El final

Dicen que en el principio las fiestas se hacían para agradecer el buen tiempo, las buenas cosechas, las victorias, el regreso de la primavera, de la felicidad, de los combatientes en batalla, de las reconciliaciones, el amparo de las fuerzas ultraterrenas. Hay un poco de todo en estas fiestas del final.

El 2020 no tiene la culpa. Vino nuevecito como vienen todos los años, como viene por ahí el 2021. Vino tremendo, pero también con sus buenas ocurrencias, como antes el diecinueve y el dieciocho, con una estela indescifrable de buena fortuna entre desastres personales y nacionales que nunca parecen repartirse equitativamente entre sus días. Eso tienen los años, vienen envueltos en brillos y música festiva, y no podemos ver el contenido.

El 2020 tuvo sus cantitos buenos. Este año hemos sido testigos de esporádicas muestras de inteligencia, belleza, solidaridad, entre oleadas de mezquindades y estupidez. Se va acercando el final, y cuento: hay vacunas, gente buena, muchas ganas y la vida que se filtra en nuevas criaturas que nos llegan como emisarias de otras celebraciones.

Hay luna llena y pronto es la despedida. Espero la pequeña fiesta con la ilusión de un nuevo número, tan verdadero y engañoso como los anteriores. Que ardan las luces en la oscuridad, que por ahí vamos de nuevo.

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