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Será Otra Cosa: Inventario de la amistad

 

Especial para En Rojo

En la confianza del viento –no de huracán, sino de caricia– y al amparo del inagotable y denso tapiz de presencias que es la vida, hago inventario de la amistad como inesperada y siempre renovada maravilla. A mis amigues me unen amores raros, indispensables, vivificantes, amores capaces de salvarme de la Junta y de LUMA, de los partidos y la ruina, de la crueldad y la cizaña, del desaliento y la desolación. Son las dimensiones de nuestras miradas. La coreografía de nuestros gestos. El ritmo de nuestros espacios. La intimidad de nuestros tiempos. Los tonos de nuestras palabras. Las causas de nuestra risa. La textura de nuestros silencios. La hondura de nuestros encuentros…

Mi amiga me escribe que ella se había olvidado de jugar; que ahora lo ha recordado; que se propone no volver a olvidarlo; y que me invita a mí a hacer lo propio.

Así que hacemos cita para buscar San Pedritos mañana en el sendero.

Otra amiga me dice que a sus _____ años, puede asegurarme que uno o dos meses de tristeza no son nada en el contexto de una vida; que nadie espera lo que yo quería hacer, así que, si no lo hago, en fin, guarebel; y que, después de todo, seré mejor poeta.

Resoplo, pues yo nunca me he imaginado poeta.

Ella insiste, confía.

Sobre Aparecida (Api, de cariño), la minúscula jicotea que llegó al patio de casa y sobre la que armé tremendo melodrama, me dijo la amiga que se disputa con otra el trofeo a los mejores mensajes de voz: ¡para ser tan lenta, se fue bien rápido!

Habilidosa como es para chistes mongos, consiguió mi risa, por supuesto.

En sus mensajes de voz esa amiga también me ha:

cantado aguinaldos

contado los pasos

di-vi-di-do-en-sí-la-bas-las-pa-la-bras-que-pien-sa-de-bo-es-cu-char-muy-pe-ro-que-muy-bi-en

repetido lo mismo, pero diferente

postulado preguntas muy serias

ofrecido respuestas hilarantes

reído profundo

reído light

hablado en algo que suena muy muy como italiano

hablado en algo que suena muy muy como alemán

tarareado enrevesadas jeringonzas

ofrecido recomendaciones de cura.

Para respirar, mi amiga me ofrece la finca donde vive y cuida. También me manda videos de orugas, en vista de que se le ocurrió al despertar –si disculpo su voz fría porque hoy aún no ha hablado con nadie– que las orugas deben pensar “¡guátdefok!” cuando están en la crisálida sin la más mínima idea de por cuánto tiempo ni con qué resultado.

La amiga que se disputa con la previa el trofeo a los mejores mensajes de voz me dice en uno de ellos que barthes escribió que la amistad es el amor sin el miedo; que no me excuse por mis intensidades porque ¡¡¡nosotras somos asíiiiiii, pasionariasssss!!!

Yo estoy jalta de pedir perdón, añade. Y ríe. Mucho, mucho.

Esa misma amiga es capaz de conjugar mensajes de cariño con pérate-deja-doblar-aquí-porque-yo-no-quiero-coger-este-tapón-bródel.

Se escuchan bocinazos.

Sí-sí-pero-dame-un-breaaaaaak-que-yo-voadoblar-por-aquí-más-ná… Nada, cogiendo otra ruta, Bea… Es que estoy aquí en el expreso de camino pa mi casa y ¡no entiendo por qué hay tanto carro!

Yo tampoco, bródel querida, por lo que, como tú, busco otra ruta.

Mi amigo me confiesa lo que hace en sus peores momentos. Nombra el mar de sus dudas, el valle de sus miedos, la estepa de sus angustias. Yo lo escucho por el teléfono en la distancia de estos tiempos y siento que se me calientan las manos, agarradas como me las tiene.

Una amiga posa su mirada en la mía, que está anegada. Procede: “tú sabes, [nombre de su cariño por mí], que yo siempre estoy.” Mientras, comemos cantitos de queso con galletitas.

Otra amiga me dice que yo la quiero mejor que ella a sí misma. No es cierto. Yo sólo la quiero como deben quererse

esa voz grave,

esa risa ronca,

esas manos arte,

esos ojos casa.

Mirándome cómplice, un amigo me desea “rodadas profundas, cuerpa enfocada, risas liberadoras.” Sí, querido mío, el teatro raro-otro-nuestro podrá salvarme muchisísimo más rápido que cualquier chapulín.

“Celebro contigo,” me escribe una amiga, cuando le contesto a su mensaje amoroso

que hoy pude completar una tarea.

Buscando en mí una sonrisa, también envía una fotito de su hija haciendo monerías.

La encuentra.

Para la amiga a quien le encantan los GIFs –ella le dice GIFTS–, hago extensas investigaciones. En honor a la verdad, sometería propuestas a entidades filantrópicas para que paguen como es debido por encontrarle a ella más regalos.

“Prepositions are hell,” le confieso a otro amigo sobre mis incesantes dudas con las preposiciones en inglés. “Jaja. Get out from in between them!,” me contesta, al tiempo que corrige mis páginas con cuidado relojero.

Una amiga envía una postal por correo que dice, entre otras cosas, que nosotras “completamos” su mundo.

Otra amiga está conmigo en la playa contemplando el horizonte a media tarde, acompañando mi llanto quedo, y diciéndome cosas bellas que no recuerdo.

Pero sí lo hago. En el cuarto de atrás las alojo.

No podría hacer otra cosa ante su mirada que tanto se esfuerza, arresmillada por el sol, en llegar a mí.

La amiga que me dice poeta me espera una tarde lluviosa con un platito individual –los tiempos del covid– con meriendas varias y un eventual platote con pastel vegetariano y sorullitos de maíz hechos por sus manos.

Me quito la mascarilla a prudente distancia y llegan colibríes a las flores de sus arbustos.

Mucho más tarde en la velada, me he puesto su sombrero de jardinería; me he sentado en un sillón de pajilla sin sentadera; y estoy posando para fotos, rastrillo en mano y muerta de la risa, quién sabe a cuenta de qué.

(Bueno, concedo que hubo tequila de por medio.)

Una amiga muy reciente me confiesa que hoy ha escrito en su cuaderno, “¿cómo se puede ser tan insegura?”

Yo, que por los tiempos en que ella me confió tal intimidad, hacía apenas dos o tres cositas aparte de llorar, escribí en el mío, “¿cómo se pudo alguna vez ser tan segura?”

Con mi amiga con quien no hablo por meses, hablo todos los días.

Otra amiga muy reciente se llena el regazo de carambolas y me las regala.

Unos días antes, vimos videos proyectados en una sábana.

Unos días después, habló de “trasiego de afectos” en un chat compartido.

Enjundiosa, mi amiga me explica su teoría sobre el fin del amor romántico. Todo es tan convincente que, a la pesada carga de “pos” que llevo en la espalda, me resigno a añadir otro.

Al poco tiempo, esa misma amiga me cuenta que ordenó una entrega a domicilio de trufas, champaña y flores.

No puedo evitar el asomo de una sonrisa: fin de la teoría, beibi.

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